Eva, la “primera” mujer, ha sido culpada por la caída del género humano. Fue a ella –dicen los que así piensan– por su debilidad y curiosidad, a quien la serpiente escogió para que comiera el fruto prohibido. Luego, y a su solicitud, Adán participó del pecado. Pero, revisemos la historia según los primeros capítulos del Génesis, pues quizá a otros les cabe una cuota de responsabilidad en el pecado original que, aunque no cometido por todos, lo hemos heredado.
Según Gn 2: 16-17 Dios dijo a Adán: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”.
Tentación. En el paraíso Eva fue tentada por la serpiente, que era “el más astuto de todos los animales” que Dios había hecho. Además de hablar, quizá caminaba sobre cuatro patas y hasta era amiga de Eva, quien no tuvo ningún reparo (ni miedo) en dialogar con ella. “¿Cómo es que Dios os ha dicho que no comáis de ninguno de los árboles del jardín?”, preguntó la serpiente. Pero Eva, mostrando ser cuidadosa de los detalles, le respondió que eso no fue lo que Dios dijo, sino que podían comer de todos menos del árbol que está en medio del jardín, al cual no debían siquiera tocarlo, so pena de muerte (Gn 3: 3). Nótese el texto en cursiva, que amplía la instrucción de Dios en Gn. 2: 16, y tal vez se deba a un agregado precautorio de Adán (que a la postre restó credibilidad al mandamiento), pues cuando Dios giró la instrucción Eva aún no había sido formada. Su formación, de la costilla de Adán, la relata el Gn 2: 23.
“De ninguna manera moriréis –le respondió la habilidosa serpiente–, es que Dios sabe muy bien que el día en que comieres de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Y como viese la mujer que el árbol podía ser tocado sin que se experimentara la muerte –pues la serpiente lo había hecho y seguía con vida--, que su fruto era apetecible y al decir de esta permitía lograr sabiduría, comió, y dio también a su marido, quien igualmente comió (Gn. 3: 6).
Para otros, la historia que relata el Génesis es más complicada, pues hay una aparente contradicción en el texto bíblico. En efecto, en un pasaje anterior a los citados (Gn 1: 27) se indica que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza: “macho y hembra los creó”. Pero, sostienen, fue a Adán y a una mujer que llaman Lilith a quienes creó en esa oportunidad. Lo que pasó es que Lilith, considerando que había sido creada en las mismas condiciones que Adán, sintió que no tenía por qué someterse a los dictados de su marido y en algún momento se rebeló, lo dejó, se alió a los ángeles caídos, que representaban un tercio del total, y de ellos aprendió todo tipo de maldades.
Cuando Dios consideró que “no es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2: 18) decidió crear a Eva de la costilla de Adán (Gn 2: 22), a quien Lilith llegó a envidiar. Según esta versión, apócrifa, fue Lilith, con cuerpo de culebra, y en nombre de las fuerzas del mal, la que tentó a Eva. Una representación de la caída que está en la entrada de Notre Dame en París coincide con esta interpretación.
Los pasajes comentados son objeto de muchas interpretaciones por parte de judíos (la serpiente del Génesis era solo una serpiente), cristianos (la serpiente era el diablo), musulmanes (al final Alá perdonó a la serpiente), feministas (la mujer es igual al hombre y Lilith la primera mujer “liberada”) y antifeministas (Eva fue hecha de la costilla de Adán y es la responsable del lapsvs hvmani generis). Sin embargo, razonablemente se puede afirmar que ni Adán ni Eva tenían ombligo, pues su nacimiento no fue como el nuestro. Adán comió del fruto prohibido y no murió ese día, sino que (según Gn 5: 5) llegó a vivir 930 años, lo que sugiere que si hubiera tomado una póliza ordinaria de vida con las condiciones típicas de hoy habría lesionado su flujo de caja; pero si se hubiera inclinado por una pensión de la CCSS, los problemas de plata habrían sido para esta. ¿Qué significó, entonces, que el día en que comiera del fruto prohibido moriría? Una posible respuesta es que ese día perdería la inmortalidad que tuvo en el jardín del Edén.
Maldición y condena. Con la caída, la humanidad perdió su inmortalidad; todos los seres llegarían eventualmente a convertirse en polvo, pues de él fueron hechos, y tendrían que ganarse el pan con el sudor de la frente. Ya no habría bienes libres y la Economía –como disciplina que ayuda a escoger ante escasez e incertidumbre– comenzó a contar. La mujer con dolor tendría los partos. Dios maldijo a la serpiente, la condenó a caminar sobre el vientre y puso enemistad entre la mujer y ella, y entre el linaje de unos y otros. Hoy una terciopelo difícilmente tienta a un hombre, pero –como ayer– algo con cara de mujer tal vez sí.
Libertad para elegir no implica que siempre se elegirá bien. El mundo como lo conocemos es el resultado de un mal uso del poder de elección. Con la caída Adán y Eva la humanidad fue expulsada del paraíso y Dios destacó a la entrada querubines con espadas de fuego para guardar el camino del árbol de la vida. Pero no destruyó el Edén (el jardín de Dios) y, por tanto, quedó abierta la posibilidad de volver a él, a disfrutar de sus goces y a la vida eterna. Para analistas autorizados, el bautismo y Cristo constituyen la vía para hacerlo.