Las palabras fluyen con naturalidad desde el alma de Editha Marín, quien empezó a escribir a los nueve años y sigue haciéndolo, a los 69, con la misma pasión de aquella niña que descubrió el mundo en la mágica tierra de Palmichal de Acosta.
El pasado jueves, ella ganó el concurso de Abuelos Cuentacuentos, en el marco de la Feria Internacional del Libro, con una obra propia: El reloj de leontina de mi abuelo Simón .
Con una gracia espontánea, ella fascinó al público con ese relato inspirado en el recuerdo de su abuelito.
Su primer cuento, El salvaje , se incluyó en una publicación de la Organización de Naciones Unidas titulada Costa Rica auténtica . Después de cultivar la poesía durante toda su vida, hoy es una abuela en busca de nietos que quieran escuchar sus cuentos.
¿Cómo nació su pasión por la escritura?
Mi mamá era maestra y, cuando ella se iba a dar clases, la casa se me hacía grandísima y hasta las gallinas se ponían tristes. Para llenar ese vacío, yo me ponía a escribir, sin saber que lo que hacía se llamaba poesía.
Y ahora que lo sabe, ¿qué es para usted la poesía?
Es una lluvia etérea que desciende del corazón y que mi mano se encarga de plasmar. Amo mis versos, son como mis hijos.
He escrito unas 3.000 poesías y las que más me gustan las recopilé hace ocho años en un libro que se llama Rojo y oro : rojo por la pasión y oro por la edad dorada.
¿Por qué decidió, después de tanta poesía, incursionar en el cuento?
Solo he escrito dos cuentos, pero tengo muchos hirviendo en la caldera. Yo crecí en un mundo en el que salían duendes, las leyendas eran parte de la vida cotidiana y los caminos eran tan malos que los enfermos morían mientras los sacaban en hamacas para llevarlos al hospital.
He vivido mucho y creo que tengo un gran potencial para escribir cuentos. Espero tener la vida y la capacidad suficiente para echar a volar esos pájaros.
¿Quiénes son los personajes de sus cuentos?
La mayoría son personajes reales, gente que conozco y que tiene un significado en mi vida. El reloj de leontina de mi abuelo Simón retrata muy bien a mi abuelo, aunque no se llamaba así: bajito, macuco, descalzo, con el chonete y los pantalones picapollos llenos de manchas, pero con un reloj de leontina de puritico oro, que no calzaba para nada con esa fachilla.
¿Esa cercanía le ayudó a narrar el cuento con naturalidad, frente al público de la Feria Internacional del Libro?
Yo me siento dueña y señora de ese cuento y lo ensayé bastante. Sin embargo, actuar frente al público me resulta fácil porque yo hice cursos de teatro en la Municipalidad de San José y durante seis años estuve en un grupo de la tercera edad que se llamaba Hilos de plata. También dirigí un grupo de teatro cristiano, en San Pablo de Heredia.
Teatro, poesía y cuento, ¿con cuál se queda?
La poesía es mi rama más fuerte y me gusta porque fluye solita, mientras que el cuento tiene que llevar un esquema, hay que pensarlo, pulirlo. El teatro también me encanta porque me permite expresarme de otra manera y tiene muchos recursos.
¿Se define como artista?
No, solo como una persona espontánea.
¿Es una abuela cuentacuentos?
Antes mis primos me rodeaban para que les contara historias y fui mamá cuentacuentos, pero ahora tengo 10 nietos que nacieron pegados a la televisión y no pretenden oír cuentos.