México D. F. ¿Qué onda, güey?, dicen los muchachos mexicanos al saludarse informalmente. ¿Qué pasa, tío?, preguntan los españoles. Los modismos, según el diccionario, son expresiones pluriverbales que se insertan en el lenguaje como una pieza única.
En el caso del español, la veintena de países donde se habla registra las suyas propias. El resultado es un deslumbrante mosaico idiomático.
En México, la profusión de vocablos indígenas en una población mayoritariamente mestiza -huaraches por sandalias, huipiles por túnicas, guajolotes por pavos-, y la existencia de un metalenguaje único denominado "albur""convierten el habla castellana en una experiencia fascinante.
Simetría pasional
"La cultura mexicana no se basa en el racionalismo", dice el escritor Carlos Fuentes, quien destaca la simetría pasional y barroca de sus gentes.
Esto se traduce en una lengua que fusiona lo entrañable y lo cruel, la ceremonia y la rudeza, la fina ironía con el sentimiento, pero rara vez con la blasfemia, a diferencia de España, donde maldecir lo sagrado está a la orden del día.
La lexicógrafa mexicana Luz Fernández Gordillo resalta que en Hispanoamérica suenan "chocantes y hasta ofensivas" algunas expresiones españolas que tienen que ver con la religión o la madre.
Por el contrario, la abundancia de diminutivos -"ahorita", "mamaíta"- o de exagerados superlativos -"preciosisísimo", "carisísimo"-, otorga un resonar cálido y afectuoso a los acentos.
"Se puede ser grosero o muy obsceno", dice, pero la Virgen, la madre, los santos y Dios "son intocables", incluso para los no creyentes.
Esta investigadora del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México cree que la tendencia española a la blasfemia puede atribuirse a la época en la que se radicalizó la actitud anticlerical, sobre todo con la creación del tribunal eclesiástico del Santo Oficio.
"Mi abuelo era español y detestaba tanto a la Iglesia que para despedirse en vez de decir "adiós" decía "salud", recuerda Fernández Gordillo.
"España -continúa- siempre se ha movido entre los dos extremos, la imposición del catolicismo o el rechazo radical del mismo, mientras que el mestizaje hispano suavizó las posturas antirreligiosas".
Fernández Gordillo ahonda también en ese lenguaje de dobles sentidos que se practica en México y que se conoce como "albur".