El parroquiano que busca sombra pagana un viernes por la noche y se acoge al beneficio del salón de baile El Tobogán, se dispone a ... ¡A lo que vinimos!: grito de guerra bandera del grupo salsero Los Brillanticos, que retumba para zambullirnos en una gran piscina de ritmos salpimentosos, donde se multiplican los peces sin necesidad de los panes, y también los pulpos: brazos que secundan pies; las anguilas, sinuosas de cintura, y hasta los ondulantes delfines, tan dotados para el baile que armonizan con sus dibujos curvos la pista submarina. ¡Quisiera ser un pez, para mojar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor por donde quiera... Pasar la noche entera... bailando así...!
No más llegar, el infaltable guarda domador de carros va juntando dóciles los vehículos en una saludable promiscuidad de sudorosos camiones de carga, cabezales recién bañados y sedanes sin corbata a la salida del brete, entre los cuales no faltan mercedes y be-eme-dobleús últimos modelos, e indica lugares quebrando la cintura al paso de un merengue que se cuela desde adentro. Mientras, un hormiguero de taxis deposita su carga de azúcar danzante ...¡azúúúcarrrr, papá...!, a la mera puerta del salón.
Sin quitarse la camisa recién planchada ni la brillantina, los tacones, el glamour despechugado o de lentejuelas, o el comodín de bluyines, amigo mío y amigaza, deje afuera el sentido lógico de sus sentidos, pues una vez dentro del salón estos se agolpan en los pies, y no de barro, sino de alumbre mágica y mercurial. Los ojos se trasladan a vivir a la punta de los zapatos, el oído se hace túnel por donde fluye un río de tentaciones a la ley de la gravedad -sin ningún respeto a la gravedad, sino al gozo y al meneo-.
Allí -depende de si se le metió el diablo hasta el tuétano o apenas se le desliza de vez en cuando por la suela- se antoja sumarse a nadar ritmos con ellos o quedarse viendo el espectáculo de los que bailan como si en ello se les fuera la vida para gozarla.
Lo que sí les digo es que al Tobogán van los asiduos y algunos curiosos, que muy pronto se vuelven asiduos: todo sucede en torno a la música de un grupo que ya es fiebre para los fiebres del baile caliente: Los Brillanticos. Anda a su cola musical toda una variopinta muchedumbre de seguidores, capaces de irse bailando con ellos a los confines del mundo. Y mientras esperan -Los Brillanticos se hacen desear-, se desquitan un rato con La Tropicana Internacional.
Candela pura
Democracia pura. Allí no hay primacía de viejos ni de jóvenes: hay de todo, como en baile de pueblo: ricos y pobres, extranjeros y criollos, negros y pálidos, guapas y feas, gordos y bajitos, rellenas, curvílineas y escobíneas. Y según sus facultades y lecciones aprendidas en el baile de la vida, todos diseñan florituras particulares en el suelo y en el aire. Y una llega hasta blasfemar pensando que en el salón de baile, pero solo allí, reivindicaría el machismo: ese de dejarse llevar por un buen bailarín que marca con pasos de nube los vericuetos de la canción.
Se ve al viejillo viudo, ¿o tal vez mal portado?, pelo blanco y pequeño que saca a bailar con donaire a cuanta fémina se le atraviesa, y la empleadita que se viste de lentejuelas y vuelos porque esa será su noche, y el gordo que con todo y su panza es capaz de tirarse un bolero pirateado por todo el salón, llevando a la chica como el timonel de un navío en alta mar, con quiebres de perfil estilo egipcio o pasos congelados que casi casi destilan tango; la gorda vestida para matar que se roba el show con sus pícaros saltitos de cumbiambá; o el mulato, puro azogue, de seguro Merecumbazo profesor que lleva a su merced a sus suspirantes alumnas, una de ellas la rubia guarachera boreal, que en los brazos de ese caballero deslizante se concentra con el ceño como en clase de matemática, mientras él parece flotar sobre patines transparentes. Y la que se desatornilla los prejuicios y baila sola, aunque raudos se descuelguen a acompañarla los solitarios, o el cuarteto de niñosbién que inventan coreografías colectivas y se intercambian las parejas tras el bastidor de la música caliente, y aquellos enamorados que parece que nacieron bailando desde siempre y para siempre: ella la parte más expresiva de la anatomía dinámica del joven, y él su tercer brazo o pierna. Ya vendrá la vida, ella tan aguafiestas, a desarmonizar tanta armonía. Pero no ahora ni allí, en ese mar danzante.
Y no hay desperdicio: Los Brillanticos acomodan bajo los pies, con soltura y desenfreno musical, salsas, boleros, guarachas, cumbias, merengues, reggaes, pasodobles, otra vez salsas, y los pies allí abajo, adueñados de sus dueños, pasan de un ritmo a otro sin preferencias hasta que el de más arriba aguante.
En su salsa
La portada de Los Brillanticos se llama este trío: Iván Blanco, Alexánder Esquivel y Gerardo Díaz, los cantantes que suben los ánimos no solo con la voz sino con su entusiasmo y sus pasos meneaditos. Detrás, 15 músicos les sacan notas chispeantes a los instrumentos de una orquesta con más de una docena de años de calentar pistas.
Iván tiene cinco años de brillar y Aléxander fue llamado hace seis meses; aunque formaron parte de otros conocidos conjuntos, ahora se sienten en su salsa.
"Aun cuando cantaba en otro grupo yo era de los seguidores de Los Brillanticos, pues después del toque me venía los viernes a bailar con ellos, porque me encanta la salsa", cuenta Alexánder, de 24 años.
"Los Brillanticos tienen muchos seguidores y a ellos les damos las gracias", anota Iván. Hay algunos que no se pierden ni un día de baile con el conjunto: no solo en El Tobogán, los siguen a Salsa 54, Coyote, y otros sitios. No falta quien se fugó con ellos en sus giras a Nueva York, Panamá... También opinan que hay verdaderos artistas entre estos fiebres: desatan piruetas, malabares, pasos sofisticados, estilo... Los conocen por el nombre y en El Tobogán los saloneros les reservan mesas intocables: son fieles que nunca fallan.
"Como cara del grupo uno tiene que comunicarse mucho con la gente desde la tarima. Creemos que el éxito de Los Brillanticos se debe a su calidad y a su constancia", aseguran los cantantes.
"Es un sueño realizado llegar a la orquesta que toca mejor salsa en Costa Rica", expresa Alexánder.
Notas altas
"Hay gente que nos dice a menudo: "Mae, cómo están tocando de bien, por qué no se van de aquí...", pero no es fácil, Costa Rica no es una plataforma como lo puede ser Dominicana, Puerto Rico, Venezuela, Nueva York..." Sin embargo, sus presentaciones en Estados Unidos, Panamá, han causado sensación.
La mayoría de los músicos del grupo son profesionales: docentes de música y hasta directores de reconocidas bandas. "La línea que le queremos dar hacia lo internacional es salsera, pero en el mercado costarricense tocamos de todo".
Sus discos compactos Más brillantes que nunca y Curubandé se han vendido como pan caliente. Ahora preparan un tercero con varios temas que ya se promocionan en la radio, como El Chancero.
El grupo cuenta con varios compositores, y entre ellos un músico excepcional: el joven Vinicio Meza, clarinetista de la Orquesta Sinfónica Nacional, quien por sus composiciones ha ganado el Premio Nacional J. Echeverría en Música. Son suyos los temas Pacurubandé, Tus ojos y Te regalo este bolero. También destacan en este rubro Carlos Gutiérrez (Pitusa hijo, director del grupo), Napoleón Zapata y Carlos Cruz.
Eduardo Pasapera fue uno de los famosos cantantes de Los Brillanticos y todavía se lanza con ellos más de una pieza, pues hay gente que llega a verlo solo a él; es un gran animador, carismático y entrador. A él se debe la frase emblemática de Los Brillanticos: "¡A lo que vinimos!"