Los 18 años de gobiernos conservadores, música popular y moda británicas han pasado del virulento punk rock, con The Sex Pistols, su Anarchy in UK y su estrafalario estilo, a sonidos y prendas más diversos, pero en conjunto más conformistas y presuntuosos.
"Si tuviéramos que resumir el estilo de los 90, diríamos que vivimos en un mundo karaoke. Todo cabe y la única moda es que no hay moda", declaró Malcolm McLaren, "inventor" de los Pistols y ex "papa" vestimentario de los punkies.
Al final de la década de los 70, cuando la estirada Maggie Thatcher aterrizó triunfalmente en el 10 de la calle Downing, la rebelión de los punk, con sus rudas estridencias, sus inverosímiles cortes de pelo y sus alfileres en la carne, estaba en todo su apogeo.
"El punk-rock se dirigía a una juventud abandonada a su suerte. Dábamos importancia a cualquier criatura despojada de sus derechos, de empleo, de oportunidades", evoca McLaren. Sin embargo, el blanco de su agresividad no era todavía la Dama de Hierro, sino el blando reformismo de los años 60, percibido como inmovilismo, comenta a su vez Dominic Wells, jefe de redacción del semanario Time Out.
La resistencia punkie perduró. Junto a los emblemáticos Sex Pistols, estaban grupos como The Clash, The Brat o The Specials, sin olvidar los ecos de reggae y del ska jamaicanos con sus letras coléricas, reveladoras de un malestar racial que culminó en 1981 con los disturbios de Brixton.
Llegan los años 80
Los años 80, cansados de vociferación y suciedad, vieron la reaparición de cierto "romanticismo", muy acorde con el romance y la boda del príncipe Carlos de Gales con la esbelta y un poco sosa Lady Di, mientras, al amparo del tatcherismo, pasaban a primer planos los yuppies (jóvenes profesionales urbanos), con su panoplia de faxes y teléfonos móviles. Y su carrera desesfrenada en pos del éxito.
Grupos musicales como Duran Duran y Spandau Ballet, de cuidado atuendo y moderada extravagancia, vehiculan tácitamente la aceptación de ese mundo de individualismo y enriquecimiento, opina John Mulvy, jefe de redacción del New Musical Express, "biblia" del pop-rock desde 1952.
Y mientras tanto, estallaba el fenómeno de la dance music (house, techno, acid y derivados) estrechamente vinculado, según Mulvy, al consumo de éxtasis y otras drogas de síntesis.
"La píldora de E reemplazaba a las litronas de cerveza, cuyo consumo bajaba. Los hooligans del fútbol enterraban el hacha de guerra. Y las discotecas proliferaban imparablemente", agrega.
¿Era una nueva rebelión? Todo lo más al principio, cuando se organizaron los primeros raves (delirios, bailes multitudinarios) clandestinos en el campo. Luego ya no. Con drogas o sin ellas se trataba de alienarse o más bien de desaforarse, obnubilarse, buscar una orgía de sensaciones: "otra forma de individualismo, de egoísmo", sentencia el periodista.
Exito provocativo
En los 90 todo está reabsorbido y el éxito se ostenta acaso provocativamente, aunque a veces envuelto en una rebeldía de buen tono, como la del grupo Oasis, no en vano partidario del nuevo Laborismo.
En la actualidad muchos estiman que lo mejor es que no hay un estilo definido. Se circula libremente de un género al otro, "no hay dictadura de la moda", destaca el modista John Galliano.