Doriam Díaz. 19 enero
De cuando el murciélago le ayudó a Sibú a crear las plantas
Murciélago del Pacífico Sur (700-1550 después de Cristo); es un colgante con cascabel. Foto: Diana Méndez.
Murciélago del Pacífico Sur (700-1550 después de Cristo); es un colgante con cascabel. Foto: Diana Méndez.

Sibú creó el mundo, que era un lugar rocoso. Del excremento nació un árbol de balsa; Sibú se dio cuenta, quiso cubrir las rocas y se imaginó todo tipo de animales y de plantas, por lo cual quiso encontrar al causante. Lo descubrió: era el murciélago.

Sibú le preguntó qué comía para que del guano salieran plantas. El murciélago confesó que se alimentaba de la sangre de un jaguar pequeño, apenas su madre estaba lejos. El refugio del cachorro era el fondo de las rocas.

Ni con la ayuda de Trueno, Sibú logró sacar al pequeño jaguar, por lo cual engañó a la madre, con ayuda del mono congo y de un venado.

De esta forma, Sibú logró traer tierra al mundo y la esparció con el fin de que la gente pudiera sembrar.

Con algunas variaciones y transmitido de forma oral entre generaciones, así han contado nuestros indígenas el mito de la Madre Tierra y del murciélago del que nacieron las plantas; en especial, se contaba en Talamanca, donde los pobladores originarios resistieron más el avance de los españoles en estas tierras.

La arqueóloga Doris Stone recogió estas historias en Las tribus talamanqueñas de Costa Rica (1962), que constituye no solo un clásico de la literatura indigenista, sino también uno de los más completos estudios de las etnias indígenas del país.

Aquel es el mismo murciélago que representaron nuestros antepasados precolombinos en oro y que encontramos resguardado en una urna del Museo de Oro Precolombino. Una pieza a la que acompaña el rumor de una cosmogonía que prácticamente desconocemos y el sonido de un bosque ancestral que se elevó sobre las piedras.

El vuelo del ave poderosa
Colgante de ave (700-1550 después de Cristo) que tiene una cabeza de felino en el cuerpo. Foto: Diana Méndez.
Colgante de ave (700-1550 después de Cristo) que tiene una cabeza de felino en el cuerpo. Foto: Diana Méndez.

El chamán se convirtió en ave, emprendió el vuelo mágico y llevó el alma hasta el inframundo, el lugar que habitan los muertos.

Un ave con las alas extendidas, eternizada en oro precolombino, recuerda aquella historia heredada, pero casi que solo contada por algunos indígenas y especialistas en estos temas.

Esta es una poderosa águila arpía. Su cabeza está coronada por dos lagartos, sus ojos son dos cascabeles y, en el centro de su cuerpo, emerge la cabeza de un felino, una mezcla bastante inusual. ¿Un animal mitológico u otra leyenda? Quizá, pero su historia se ha perdido en el tiempo y ahora poco o nada sabemos de él.

Los cascabeles son importantes, ya que su sonido le servía al portador, un personaje de alto rango como un chamán, para ponerse en contacto con los espíritus.

Las alas están subrayadas por unas bolitas, que las emparenta con la zona de Panamá. Esta decoración parece marcar características de las águilas arpías reales: la división de colores en la parte baja de las alas y el entretejido de las plumas en la parte inferior, como anotaba Carlos Aguilar en su libro Los usékares de oro (1996).

Águilas, zopilotes, guacamayas, el gavilán tijereto son algunos de los que componen el séquito de aves que pueblan el oro de los indígenas precolombinos.

La casa cósmica que construyó Sibú
Una explicación de los materiales y simbolismos de la vivienda tradicional indígena. Foto: Diana Méndez.
Una explicación de los materiales y simbolismos de la vivienda tradicional indígena. Foto: Diana Méndez.

Sibú convocó a ocho animales (mono, serpiente, jaguar, águila, araña, jabalí, escarabajo y armadillo) para poder construirles una casa a los seres humanos, a los cuales había creado a partir del maíz (cuentan los bribris) o de la arcilla (dicen los cabécares). A los animales los engañó para poder utilizar sus destrezas en aquella tarea: la fuerza del jaguar, el vuelo del águila, el tejido de la arañas...

Levantar la casa cónica fue un trabajo comunal. Para ello, el jabalí (danta) limpió el terreno, el zopilote puso el poste central –volando y sosteniéndolo desde arriba– junto con el jaguar, el armadillo cavó los huecos de los ocho pilares periféricos (los ocho clanes), el zopilote metió la cabeza en los huecos y se peló el pescuezo, el jaguar colocó los otros postes alrededor, el zopilote puso las varillas inclinadas que dan a la cúspide, el mono los amarró con serpientes y puso tres aros, la araña tejió las varillas más delgadas y la estructura interna, las águilas (gavilanes) volaron en círculo y trabajaron en la rueda de la casa, y el escarabajo cortó los sobrantes.

La construcción de aquella casa cósmica es una metáfora de la forma en que Sibú construyó el mundo, con cuatro estratos hacia arriba y cuatro hacia abajo, y, a la vez, una representación del mundo indígena, manifiesta la arqueóloga Priscilla Molina.

El trabajo de Sibú y los animales se revive cada vez que en Talamanca, la comunidad levanta una vivienda de este tipo. Y debido a la importancia de esta historia y legado, el Museo de Oro Precolombino se detiene ampliamente en este apartado y hasta nos permite viajar –de forma interactiva– hacia los diferentes niveles del mundo de Sibú y de nuestros indígenas. Una experiencia que hay que vivir, sin duda alguna, ya que la vista, el oído y el tacto están convocados.

En un espacio interactivo, desarrollado por Pulse, se pueden experimentar los diferentes estratos del mundo de Sibú. Foto: Diana Méndez.
En un espacio interactivo, desarrollado por Pulse, se pueden experimentar los diferentes estratos del mundo de Sibú. Foto: Diana Méndez.