
Cuarenta y cuatro años separan los estrenos de Malas tierras (Badlands, 1973) y Song to Song (2017), la primera película de Terrence Malick y el que hasta ahora se considera su último filme.
Además del tiempo, a ambas películas las separa la recepción crítica: una es apreciada como una pieza clave del llamado New Hollywood, mientras la otra es considerada una colección de hermosas imágenes que apenas componen un relato.
Ninguna de las dos afirmaciones agota la riqueza y la coherencia de la cinematografía de Malick, ese misterioso director que traduce del alemán a Martin Heidegger –pensador de expresión nada simple–, o que se da el lujo de no rodar durante dos décadas, no permitir fotografías ni conceder entrevistas, o de reducir a una decena de minutos el papel de un doble ganador del Óscar como Sean Penn en El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011).
Pese al tiempo y la dispar recepción, cuando se revisa la filmografía de Malick, en un principio escasa (dos películas en los 70) y después demasiado prolífica (seis largometrajes desde el 2011), descubrimos una continuidad de recursos formales y de inquietudes filosóficas que merece una breve revisión.
Terrence, el escurridizo
Malick pasó por la filosofía antes de llegar al cine: obtuvo el bachillerato, pero no continuó sus estudios de posgrado, supuestamente a causa de diferencias con su profesor consejero, el conocido epistemólogo Gilbert Ryle. Comenzó, entonces, su andadura fílmica, primero como estudiante del American Film Institute y después como guionista.
Cuando daba sus primeros pasos como cineasta, contó con el apoyo de otro director con formación filosófica: Arthur Penn, prestigioso director de Bonnie and Clyde (1967). De hecho, su primer largometraje, Malas tierras, sobre una pareja de forajidos adolescentes (Kit y Holly) parecía ligar el argumento del famoso filme de Penn con la rabiosa frescura del New Hollywood, en el que descollarían figuras como Francis Ford Coppola y Martin Scorsese.
En este primer filme se encuentran ya las constantes formales de la coherente filmografía de Malick: una cuidada fotografía, una voz en off que es central en la presentación de los personajes, un estudiado uso de la música (en este caso, de Carl Orff), una cámara que en ocasiones parece olvidar el drama humano y deposita la atención en una naturaleza serena y misteriosa.
El surco que abre Malas tierras y que lleva hasta el Malick más contemporáneo, el de El árbol de la vida y Hacia las maravillas (To the Wonder, 2012), se vuelve más notorio en Días de cielo (Days of Heaven, 1978), su segundo largometraje.
En Días de cielo, bellamente fotografiado por Néstor Almendros, Malick adopta uno de los rasgos más característicos de su cine: el empleo de luz natural y la inclinación por las sutilezas tonales que ofrece el sol cuando acaba de surgir en el horizonte o poco antes de esconderse.
Es también en esta película cuando Malick parece descubrir que el cine se hace en la sala de montaje. Se tomó en serio la lección, pues dedicó casi dos años en la edición del largometraje, haciendo una incomparable amalgama de imágenes, voces y música.
Premiada en Cannes (mejor dirección) y ganadora de un Óscar (por la fotografía de Almendros), Días del cielo marca el inicio de la leyenda de Terrence Malick, quien desapareció de la esfera pública y no volvió a rodar en dos décadas. Cuando regresó, lo hizo con una de las películas más ambiciosas de la década de 1990, mezcla de superproducción bélica y misticismo: La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998).

La naturaleza y la gracia
Después del asesinato del papá de Holly, los jóvenes criminales de Malas tierras se refugian en el bosque, donde construyen una choza, viven de la pesca y son felices, hasta que son localizados por las autoridades.
En los primeros minutos de La delgada línea roja, el espiritual soldado que la protagoniza encuentra el secreto de la felicidad en los inocentes nativos de una minúscula isla melanesia, poco antes de enfrentar el horror de la muerte durante la batalla de Guadalcanal.
Semejantes maravillas descubren los colonos ingleses en El nuevo mundo (The New World, 2005), apenas la cuarta película de Malick en más de 30 años, una revisión de la historia de la aborigen Pocahontas y su relación con John Smith y John Rolfe. La belleza de lo inefable (la naturaleza, los deseos y los recuerdos) se ofrece como un consuelo para lo terrenal y presente.
Malick presenta un curativo vagabundeo en medio de la naturaleza no solamente a través de los personajes sino de la cámara, que se regocija en la abstracción de las líneas, las figuras y los colores que descubre en rocas, ríos, árboles, bandadas de pájaros y caminos, así como de la solemne voz en off que confirma las pretensiones trascendentales de las imágenes.
Este estilo narrativo que, para algunos espectadores parece profundo y para otros resulta más bien pretencioso y superficial, estaba ya esbozado en Malas tierras, se consolida en Días de cielo, La delgada línea roja y El nuevo mundo, pero es en El árbol de la vida, y en los filmes que lo siguieron, que alcanza cumbres delirantes.
El origen de El árbol de la vida se encuentra en un proyecto en el que Malick trabajó a finales de los años 70, después de Días del cielo: un filme (¿ficción? ¿documental?) sobre el origen de la vida que tuvo por título Q. El director recuperó algunas ideas 30 años después en El árbol de la vida y en el documental Voyage of Time: Life’s Journey (2016).
En su última etapa, Malick abandona cualquier disimulo y pone todo relato (intriga, personajes) al servicio de sus inquietudes existenciales. En los primeros minutos de su quinta película, una voz en off explica que hay dos caminos: el de la naturaleza y el de la gracia. Se puede escoger el segundo, como hacen los protagonistas (un joven matrimonio con tres niños), pero no por ello la naturaleza dejará de imponer sus reglas, cuando uno de los hijos muere. Y ante la finitud, surge la pregunta por lo infinito: de eso trata El árbol de la vida.
A partir de este filme, la tensión entre lo inmanente y lo transcendente, que ya era parte de Días del cielo y El nuevo mundo, se posiciona en el centro de toda operación narrativa, de tal forma que el origen del cosmos, la coexistencia de los reptiles en el período jurásico y la muerte de un joven en la guerra no son más que variaciones de una sola interrogante por el sentido.
La pregunta por el sentido se desplaza a las relaciones de pareja en los siguientes filmes, mucho menos aplaudidos que los precedentes: el semiautobiográfico Hacia las maravillas, Caballero de copas (Knight of Cups, 2015) y Canción a canción (Song to Song, 2017), así como el documental mencionado. Es probable que la recepción tan distinta se deba a que aquello que era novedoso en El árbol de la vida, parece repetitivo y autocomplaciente en estos nuevos trabajos.
Unas palabras a favor del último Malick: sus relatos han evolucionado, trasladándose al presente y al mundo urbano, si bien parecen cada vez más interesados por encontrar las imágenes y los sonidos que expresen lo inefable, y menos por la consistencia argumental.
Por otra parte, se han acentuado rasgos como la fragmentación de las unidades temporales, el uso persistente de la voz en off y el preciosismo fotográfico.
Sin embargo, si bien radicalizada, se trata de una búsqueda cuyas líneas generales ya estaban en Malas tierras y La delgada línea roja. Es decir, aunque un tanto delirantes en su búsqueda de lo trascendente, las películas más recientes de Terrence Malick apuntan a las mismas búsquedas formales y conceptuales que las anteriores, mucho más conocidas.
El último Malick
Uno de los más recientes filmes de Terrence Malick, Hacia las maravillas (To the Wonder, 2012), se exhibirá este miércoles 4 de julio a las 6 p.m., en el marco del proyecto Espectadores/Creadores, en el Museo Rafael Á. Calderón Guardia y coorganizado por el Instituto de Investigaciones en Arte (IIARTE), de la Universidad de Costa Rica.
Presentará el filme el poeta y fotógrafo Esteban Chinchilla, quien lo escogió debido al diálogo que encuentra entre la obra de Malick y sus propias creaciones literarias y gráficas. La entrada será gratuita.