
En el ciclo de exposiciones inaugurado en Abra el pasado febrero, se establece un diálogo entre dos muestras con orientaciones temporales opuestas. Esta tensión entre modos de habitar el tiempo potencia la energía propia de cada cuerpo de obra: una expansiva y disruptiva; la otra contenida y pausada.
En Anamorfosis: pequeñas fracturas, instalada en la sala principal, el artista Emmanuel Rodríguez Chaves explora la imprevisibilidad del futuro. En contraste, punto de encuentro, la exposición de la ceramista Camila Capra en la sala <vértice>, dirige la mirada al pasado, navegando la historia familiar como una intersección entre revelación y secreto. Ambas exposiciones se pueden visitar en Abra, ubicado en Condominio Las Américas, San José.
Con 44 obras, Anamorfosis se articula a partir de una acumulación de estímulos visuales, enlazada con “escenarios” domésticos de épocas pasadas que parecen desbordar las composiciones pictóricas. En las paredes se despliegan collages realizados con imágenes encontradas, varios traducidos a pintura al óleo. Se exhiben también reinterpretaciones de una misma obra y piezas construidas con objetos recolectados.
La multiplicidad material y espacial responde a un estado interno del artista, que percibe la sobrecarga mediática como una “violencia cognitiva” de poder casi imperceptible. En este contexto, la anticipación, la incertidumbre y la duda dan lugar a la especulación como posicionamiento político y herramienta creativa.

Emmanuel fragmenta, reconfigura e irrumpe la imagen, debilitando los regímenes visuales predominantes y abriendo paso a nuevos imaginarios del porvenir. Sus rupturas técnicas trascienden lo perceptivo, abordando ideales familiares, lógicas del campo artístico, narrativas políticas y mitos culturales.
Tras atravesar este entramado cromático y gestual, el público llega a <vértice>, un mundo en sepia donde se entrelazan memoria, agencia y lo femenino. La muestra de Camila reúne diez obras en cerámica gris, porcelana y terracota, cuyos tonos neutros, reiterados en el piso y la pared, crean un ambiente delicado y silencioso, deteniendo el tiempo en una nostalgia heredada.
La exposición surge de la confesión íntima de su abuela materna (y también la mía), quien escribía en el periódico bajo el seudónimo de “Vértice”, secreto que guardó por más de cincuenta años. A partir de la carga afectiva de ese gesto, Camila transforma lo personal en un espacio de resonancia universal, a la vez que explica el origen del nombre de la sala.

Su mirada al pasado consolida la obra en una sola voz, exponiendo una fragilidad emocional y material que invita a ablandarse. La instalación, guiada por la fuerza vital que emana de la esquina, transmite resguardo: todo parece conservar algo preciado, parcialmente revelado y protegido. El espacio propio se convierte en un lugar simbólico, donde la contemplación del detalle se encuentra con la introspección.
Pese a la disonancia entre sus aproximaciones —Emmanuel especula con la imagen hacia futuros inciertos, mientras Camila la revisita para construir un pasado inaccesible— ambas coinciden en que la ficción es innegable como modo de supervivencia existencial.



