Aurelia Valentina Dobles. 13 abril
Nació en San Antonio de Belén. Fue el sexto de los diez hijos de Carmen Rodríguez Solera y Miguel Dobles Sáenz. Colección de la familia Dobles.
Nació en San Antonio de Belén. Fue el sexto de los diez hijos de Carmen Rodríguez Solera y Miguel Dobles Sáenz. Colección de la familia Dobles.

Papá al mismo tiempo de nosotras sus hijas, de sus personajes y de sus luchas sin mengua por la justicia social junto a mamá.

Desde sus manos nos procuró jardín sembrado por él, la dulzura de guayabas y mangos, la humildad del apio y del perejil, arbolones donde colgaba nuestros largos columpios, gallinas con nombre propio –recuerdo a la Melancólica-, perro y limonero imprescindibles, casita de muñecas fabricada en el taller del hermano escultor (tío Alejo, quien vivió siempre muy cerca) y, adentro, el cuarto de Tata Mundo con sus libros autografiados: sus obras naciendo a la biblioteca del mundo.

Ese “cuarto de Tata Mundo” y otros con nombre de sus personajes que él remodelaba -trabajar la madera apaciguaba su espíritu sensitivo-, no los usó tanto para escribir en soledad, su quehacer fue sencillo y en familia: “para escribir hay que calentar la silla”, aconsejaba, y él lo hacía a brincos y a saltos cuando podía; no quiso un busto en el paseo de los artistas del Teatro Nacional: “Solo la vida que se mueve, no paralizarme en piedra”.

¿El primer recuerdo en que coincidimos las cinco? Muy niñas nos enseñó a recitar de memoria el poema de Martí: “cultivo una rosa blanca en junio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca… y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo, cultivo una rosa blanca".

Además de nuestra alma, abrían mamá y papá la casa hasta volverla al revés para acoger a los amigos exiliados de las dictaduras de Centroamérica primero, lo vivieron mis hermanas mayores, y luego del cono sur, lo vivimos las menores: Joaquín Gutiérrez, toda su prole y amigos escoraron en casa en aquellos aciagos días; en navidades invitaba a algún zonto solitario y desfilaban tras su consejo escritores en sus comienzos como Jorge Debravo, Alfonso Chase, Gerardo César Hurtado, José León Sánchez, el Abel Pacheco de Más abajo de la piel y hasta el Pepe Figueres de Cubaces tiernos en abril.

Y aunque vinieran escindidos del 48, muchos amigos lo admiraban y querían: Beto Cañas y Carmen Naranjo, por ejemplo, con los cuales intercambiaba manuscritos para retroalimentarse, y las tertulias en casa con Calufa (Carlos Luis Fallas), Juan Manuel Sánchez, Juan Rafael Chacón, Manuel de la Cruz González, Francisco Amighetti, su querido Adolfo Fofa Herrera García, Mario Picado, con el cual escribió un poemario al alimón (Yerbamar, 1965), Mano Joaquín (Gutiérrez), Isaac Felipe Azofeifa y otros de tal madera.

Sospecho que mientras desyerbaba nuestro jardín de hadillas primero en Zapote y luego en su predio en San Isidro de Heredia, tejía en su mente personajes, tramas, juguetes idiomáticos y nos enseñó así, tan sencillamente, la práctica de separar el trigo de la paja.

También la libertad, no solo con responsabilidad ética sino como mujeres. En estos días de dilemas feministas me acordé que nos dio a leer en la adolescencia la biografía de Madame Curie y la historia de Tania la guerrillera, y Valentina me llamo por su admiración a la cosmonauta Valentina Tereshkova.

Quería que voláramos. Con razón la dulce reciedumbre de sus personajes femeninos: la Dolores Vega de El sitio de las abras, Mercedes Retana de Ese que llaman pueblo, y la confisgada Mamita Maura, por citar solo tres de sus valientas.

Sus obras

En su literatura tanto amor por su gente, por su pueblo, por los sencillos e invisibilizados. Amor hacia la naturaleza de su país, vivía sembrando plantas nutricias y arboledas y conocía como nadie los nombres de cada árbol, hoy los siento mudos en medio del paisaje incierto. Y amor por el castellano, Fabián hijo erudito de su lengua materna ahora que tanto descuido campea en el manejo del lenguaje; fue miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.

Plasmó esa fe en la humanidad con mirada que no discriminó, no despreció, atento a los asuntos de quienes menos tienen.

Sus letras todas reflejan el profundo respeto por una identidad costarricense fundacional sin caricaturas, sin burlas, sin lejanía, quizás solo con sabia ironía, señal de las mejores obras de la literatura universal.

Aguas turbias (primera edición 1943), novela escrita al albor de los 22 años y publicada cuando contaba 25, escarba en la psicología de un joven del campo agreste, y es este gañán uno con el paisaje en el tormento que siente por dentro, al par que la vida campesina desfila sin antídotos por las páginas, suavizada por una inevitable poética como en toda la narrativa de Dobles.

Esta novela primeriza fue escogida por un jurado, entre quienes figuraban Joaquín García Monge y Roberto Brenes Mesén, para representar a Costa Rica en un concurso latinoamericano de novela.

Es interesante que la escribió casi al tiempo de su otra novela de primera juventud, Ese que llaman pueblo, distinta en tono y asuntos. Ese que llaman pueblo (primera edición 1942), novela coral de variopinta muchedumbre de pobres deambulando por la urbe, es considerada por muchos la primera novela costarricense de temática urbana.

¿Por qué novelas tan logradas temprano en su andar? Fabián fue precoz; aprendió a leer a los cuatro años y en las pulperías de su pueblo de crianza, Atenas, compraba con pocos céntimos, junto a su hermana Margarita –otra gran intelectual ella misma–, libritos de cuentos que luego ambos leían subidos a un palo de aguacate y que luego él reinventaba en corro para otros chiquillos.

Quiso aprenderse de memoria el diccionario entero en su pubertad, lo logró hasta la letra g, y a los 15 años se leyó el Quijote, libro al que volvería a menudo.

Papá pergeñaba también poesía desde jovencillo; vinieron luego las joyas Tú, voz de sombra (1944) y Verdad del agua y del viento (1949), con la cual ganó el Premio Centroamericano de Poesía 15 de setiembre (1948), que reeditó la Editorial de la UNED (EUNED) en el 2015 y acaba de publicar la editorial del Ministerio de Cultura de Guatemala.

En sus Obras completas, tomo V, en bella reedición de la Editorial de la Universidad de Costa Rica (EUCR) para su centenario, paladeamos esta significativa veta suya. Y en este 2018 el poemario inédito De lejos vengo, edición crítica de Leonardo Sancho Dobles, será un hito que deparará la Editorial Costa Rica.

Diríase que la vena social de Fabián es indeclinable incluso en la poesía, esa necesidad suya de visibilizar las congojas de su pueblo al que empezó a conocer de cerca cuando niño en Atenas, en el consultorio de su padre, el doctor Miguel Dobles Sáenz, médico rural.

Por la crudeza de las vidas de sus personajes, por las injusticias en su sobrevivir hay quien lo ha clasificado en el naturalismo o en el realismo social a secas, pero hay más en Dobles: realismo matizado por la esperanza, por una poética del paisaje, por la mira siempre en la valentía y solidaridad de sus gentes.

Vendrán los cuentos de La rescoldera (1947), también de temática campesina, situaciones de sobrevivencia acordes con las experiencias que observó de niño y complementaría a su paso por los inicios del Patronato Nacional de la Infancia y de la Caja Costarricense del Seguro Social, como abogado principiante, profesión que dejó por el llamado a luchar hombro a hombro con los necesitados más que por buscarle ganancias a su profesión.

La vida diaria de Fabián y su familia fue difícil, la guerra del 48 lo dejó en el bando de los perseguidos y no huyó al exilio.

En nuestro país hubo macartismo y persecución, lo echaron como profesor de la Universidad de Costa Rica, humillado y exhibido públicamente en un camión de carga por la avenida central, hecho que le dolió siempre muchísimo. De esa experiencia, incluso de cárcel, surgiría su novela posterior Los leños vivientes (1962).

Luego fue profesor de inglés en el Liceo de Costa Rica, memorable al estilo del de La sociedad de los poetas muertos al decir de sus exalumnos, y también fue echado de allí por “comunista”, sempiterno para descalificarlo por su lucha social. Paradójicamente, admirado: a sus 50 años le fue otorgado el Premio Magón de Cultura.

Así que Fabano, como le decían sus hermanos, literalmente fabricó colchas y cobijas, vendió leche a domicilio, hizo puertas y ventanas, corrigió junto con mamá infinidad de libros y galeras de imprenta para las principales editoriales costarricenses… “Una vez por ir a vender un cuarto de litro de leche en medio aguacero, se me vino el carricoche encima. Me malmaté todo, me senté en un caño y pensé: ¿Y así vos te creés escritor?”, recordó en entrevista para una tesis doctoral de universidad norteamericana.

Conversamos con la escritora y editora Aurelia Valentina Dobles a propósito del centenario de su padre, el reconocido escritor Fabián Dobles. A su obra dedicamos este domingo 15 de abril el suplemento 'Áncora' completo, y repasamos hoy con su hija el legado de uno de los mayores autores costarricenses. Si tiene preguntas puede realizarlas en los comentarios. Lea el especial dedicado a los 100 años de Fabián Dobles en este enlace: https://bit.ly/2JR2QDx

Posted by nacion.com on Monday, April 16, 2018
Sello identitario

Fabián Dobles se las arregló para fabricar puertas a la literatura con identidad propia, abrió ventanas creadoras al lenguaje vernáculo y nos legó la leche de una sensibilidad social y una honestidad a prueba de todo, incluso de las tentaciones del poder y del dinero; sus letras ayudaron y siguen ayudando a corregir las líneas torcidas de la injusticia y lo que ha estado mal escrito por la historia, y nos cobijó con esos personajes inolvidables que le surgirían en aquella etapa difícil: el Ignacio Ríos de Una burbuja en el limbo (1946), novela singular grito de rebeldía por un ambiente aldeano que sofocaba al escritor; y los personajes enjundiosos de sus dos grandes obras de madurez, El sitio de las abras (1950, Premio Centroamericano de Novela Certamen 15 de Setiembre, Guatemala), e Historias de Tata Mundo (1955), dos clásicos por muchas razones, entre ellas porque no cesarán de significar creación de identidad y de belleza, riqueza de nuestro acervo cultural.

En ambos libros el escritor, en pleno dominio y juego de su materia –el español vernáculo–, decanta las aventuras y desventuras de sus campesinos, en el caso de Tata Mundo con fisga y bonhomía, y en su novela más épica, El sitio de las abras, narrando la odisea de abrir montaña para intentar vivir en la brega del trabajo y la paz, y verse en ello despojados por la avaricia y el poder económico.

Historias de Tata Mundo fue traducida al inglés por Joan Henry, ahora la EUCR las reedita en ese idioma para el Centenario. Para culminar las celebraciones de este, El sitio de las abras subirá al escenario del Teatro Nacional en setiembre, en adaptación teatral y dirección de Tatiana de la Ossa dentro del programa Érase una vez, del Ministerio de Educación.

En la primera edición de la novela posterior, En el San Juan hay tiburón (1967, Premio Aquileo J. Echeverría de novela), un homenaje a la lucha sandinista, figuran los dibujitos de sus dos hijas entonces de edad escolar, Paula y Aurelia, que él nos pidió. Pero mucho antes hubo poemas a las mayores, Natalia rayo de sol, Catalina agua serena, y cada día uno cotidiano en su cuidado por Cecilia, la menor, con el mismo nombre de mamá. El escritor con su familia, a pesar de sus desazones y tormentos existenciales, que los tuvo y los vivimos.

Desde niño, cuando compraba compraba libros y melcochas, Fabián Dobles fue un gran lector. En la adolescencia se devoró El Quijote en dos meses. Manuel Vega/Archivo de La Nación.
Desde niño, cuando compraba compraba libros y melcochas, Fabián Dobles fue un gran lector. En la adolescencia se devoró El Quijote en dos meses. Manuel Vega/Archivo de La Nación.

Su obra literaria la completarían cuentos magistrales, como los más bien urbanos de El violín y la chatarra (1966), y otros que figuran en antologías de lo mejor de la literatura hispanoamericana, como El puente, El jaspe, Los hombres no lloran, El ayote, entre otros, o gozosos cual divertimentos del lenguaje y hasta de ciencia ficción.

Asimismo, dos obras de teatro, El barrilete y La pesadilla, que publicó la EUNED recientemente, editorial que también recopiló este año cuentos destacados en el libro El puente y otros cuentos.

Su última novela Los años pequeños días (1989, Premio Áncora de Literatura), escrita a sus 70 años, fulgura por su prosa vital y contemporánea, reconciliación final de papá con su vida. Fue traducida al inglés y publicada en Inglaterra por Peter Owen Ed, y la EUCR la publica este año en ambos idiomas.

Con el verdadero sentido de la compasión -el de sentir con los demás-, Fabián escribió sobre la gente de nuestro país con el corazón de ser uno con ellos, uno con sus afanes, y así se volvió universal.