Áncora

Solo se venden libros

Las librerías son lo más cercano a una iglesia para laicos. En sus pasillos encontramos el mismo silencio devoto, la misma fe compartida. A una librería no entramos a comprar libros, sino a venerarlos

Como variante de la sentencia según la cual un país es su gente, podríamos aventurarnos a afirmar que un país es sus librerías. Argentina, por ejemplo, sería inconcebible sin esos insignes locales bonaerenses de la Calle Corrientes que, a fuerza de anudarse unos con otros, conforman un único y tupido laberinto en el cual es imposible no hacer las veces de minotauro.

Las librerías son algo más que un lugar: en ellas palpita, como lo diría Jorge Carrión, toda una “topografía emocional” en la que podemos encontrar las huellas de nuestras preguntas, el itinerario de lo que nos importa. Si un alienígena quisiera entender la especie humana, cabría sugerirle que recorra la mayor cantidad de librerías posibles, pues si hay un objeto capaz de registrar un país, una idiosincracia o una época determinada, ese objeto es el libro. Vale decir: los libros son archivos en los que depositamos nuestras aspiraciones colectivas, los reservorios en los cuales consignamos historias para luego reflejarnos en ellas.

Por eso las librerías son el corazón desde el cual las ciudades imantan su pasado y futuro. Patrimonio delator, el libro dice más de la cultura que lo vio nacer que todos los monumentos juntos.

Las librerías son lo más cercano a una iglesia para laicos. En sus pasillos, como en los reclinatorios de los templos, encontramos el mismo silencio devoto, la misma fe compartida. A una librería no entramos a comprar libros, sino a venerarlos.

De ahí que el librero o librera tampoco sea un vendedor propiamente dicho, sino un amigo. Nada más decepcionante que una librería en la cual los dependientes no conocen lo que venden.

En Costa Rica, por mucho tiempo, hubo algunos cuantos libreros. La mayoría de ellos resistieron contra viento y marea amotinados en tiendas de segunda mano. Otros se las vieron con emprendimientos fugaces a falta de lectores que estuvieran a la altura de sus quijotescos empeños.

Hace unos años, sin embargo, el hábitat cambió. Vaya a saber uno si empujada por camadas más recientes de lectores, por el surgimiento de talleres o por las modificaciones del propio paisaje editorial independiente, una nueva generación de libreros redobló la apuesta y se propuso componer catálogos más globalizados y ambiciosos capaces de construir su propia demanda. Emprendimientos como Libros Duluoz, Buhólica, la Librería Francesa o la desaparecida Frantz & Sarah crearon un nicho paralelo al de las librerías comerciales a punta de seducir a los lectores con textos que ni estos sabían que querían leer.

De esos comercios, no hay duda de que la Librería Andante se ha constituido como uno de los puntos de referencia vallecentralinos más importantes de los últimos años. Su fundador, Francisco Víctor, es un raro espécimen que combina lo mejor de dos mundos aparentemente irreconciliables: la cultura literaria y el mundo empresarial. En contra del estereotipo de que las artes y las letras riñen con la ganancia, Francisco montó su librería en pleno corazón de San Pedro sin contar con más capital que sus propias lecturas.

Pero su historia es mucho más que la de un emprendedor con afanes de superación de esas que tanto sacan los suspiros a los equipos de campaña de los políticos. Francisco comenzó su librería, según él mismo confiesa, porque en su condición de desempleado recién graduado de la carrera de Filosofía era lo único que se le ocurría para sobrevivir. Su librería empezó más por desesperación que por vocación empresarial.

Así, diseñó un modelo de negocios discreto pero seguro: compraba puñados de libros usados que, como lector, sabía que se cotizaban bien en el mercado universitario. Lo de “librería andante” era literal, pues cargaba los libros en una mochila por varios edificios de la Universidad de Costa Rica.

Luego vino un pequeño puesto cerca de la Facultad de Letras de la propia UCR y otro más cercano a la Calle de la Amargura, hasta acabar en el elegante local que ahora regenta 50 metros norte de la Municipalidad de Montes de Oca, en cuya entrada un rótulo, que hace las veces de aviso y de declaración de principios, advierte que “solo se venden libros”. Se dice fácil, pero detrás de esta librería nómada no solo hubo arrojo y trabajo de parte de su dueño, sino también incontables horas de lectura.

La punta de lanza de la Andante, como ocurre con todas las buenas librerías, estriba en su catálogo. Con ediciones cuidadas de muchos géneros distintos, el negocio ofrece títulos para todos los públicos que, no obstante, muchas veces no se consiguen en ninguna otra parte. Desde literatura hasta filosofía, pasando por textos infantiles, nacionales y una cuidada selección de ediciones en inglés y de libros de segunda, un tácito criterio curatorial atraviesa todos los estantes de la librería. Es ese criterio lo que ha conseguido conformar una clientela.

Los textos infantiles, por ejemplo, no cuentan la típica historia complaciente que presupone niños caprichosos sin interés en la lectura. Los libros sobre política o historia tampoco son el clásico manual o texto de interés general propio de las librerías comunes y corrientes. La narrativa está compuesta de un selecto grupo de autores internacionales con una voluntad renovadora. En otras palabras, no se trata de una tienda convencional que ofrece lo que el lector ya quiere, sino más bien de una tienda que le plantea al cliente el desafío de cambiar la ruta de lectura que traía planeada.

Lo mismo ocurre con los libros importados. En su mayoría, las editoriales que componen el catálogo son en sí mismos emprendimientos arriesgados, con una estética cuidada y con temas muchas veces excéntricos o novedosos como la historia de la gordura, la práctica de caminar, el feminismo o el cuerpo. Asimismo, el catálogo nacional tiene un claro énfasis en los sellos independientes. Todo esto se corona con libreros que, como Adriano Ramírez, Byron Salas o Ismael Murillo, parecen haber leído en sus veintes más que muchos profesores universitarios consumados en sus sesentas.

Dentro del hábitat cultural costarricense, por suerte, existen empresas para el fomento de la lectura, talleres de escritura, fondos de apoyo para la edición de textos y algunos premios literarios, pero no hay duda de que sin librerías (y sin buenas bibliotecas, todo hay que decirlo) nunca seremos un país lector. No faltará quien señale que en un mundo cada vez más dominado por lo digital, el acceso a los libros hoy depende cada vez menos de las librerías y cada vez más de las pantallas. Pero no nos adentremos en ese debate bizantino, pues todo el mundo sabe que el libro físico, su olor y su textura, son insustituibles. En todo caso, lo cierto es que, si un país es sus librerías, hoy los costarricense podemos respirar tranquilos y ver hacia el futuro.

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