Áncora

‘Roberto Zucco’: Cuando una persona cualquiera se convierte en asesino

El 17 de mayo de 1996, la Compañía Nacional de Teatro estrenó un montaje paradigmático para la historia del teatro costarricense: ‘Roberto Zucco’, de Bernard-Marie Koltès

Para Alfredo Catania, director del montaje, Roberto Zucco no era una obra derrotista, tampoco una apología de la violencia, ni un canto a la esperanza. Simplemente el personaje central “es producto de una sociedad preocupada únicamente por la eficiencia, que hace de la persona un número”. Por lo tanto, en su opinión, la pieza era un llamado contra esta época cargada de violencia y consumismo.

Fabricio Gómez, quien hizo el papel de Roberto Zucco, dijo: “…en cada uno de nosotros se encuentra el origen y la solución de la violencia”; por consiguiente “somos parte del problema y [también somos] la respuesta”. Para Gómez, Roberto no era un monstruo, sino alguien como nosotros. Para él, “nadie está a salvo, todos somos violentos”.

El periodista Manuel Bermúdez se refirió tanto a la obra como a la puesta: “Esta es una historia verídica, pero el homicida, parricida, matricida, infanticida, ¿´autoricida´?, eleva un discurso brutal de escepticismo, crudeza y extraña lucidez que le lanza al público en la cara”.

Luego agregó: “Alfredo Catania, director de la obra, asume este trabajo con responsabilidad, en un montaje sincero enraizado en un teatro de actores. Roberto Zucco es una obra compleja, de gran fuerza teatral, de elocuencia en el discurso, no complaciente, pero tampoco deliberadamente difícil”.

El dramaturgo español Alberto Conejero ha dicho que Koltès, ya enfermo de sida, convirtió “la vida del criminal [el personaje histórico en el cual se basó] en una travesía mística, una pasión sin resurrección ferozmente contemporánea”.

En el pasado, el público costarricense se había enfrentado a piezas muy fuertes, por ejemplo Delito en la Isla de las Cabras (1957), cuyo montaje dirigido por Jean Moulaert, generó una polémica que hizo decir a un comentarista, algo molesto por el asesinato que se producía en escena, que ese teatro no enseñaba ni divertía, no suspendía ni entretenía; lo que hacía era mortificar, angustiar y herir. A lo que alguien le contestó: “El crimen salva la obra de la mediocridad” y otros añadían que no se planteaba nada que no estuviera dentro de lo humanamente posible.

Con La visita de la vieja dama (1968), dirigida por Daniel Gallegos, el público salía de la sala pensando qué partido tomar, pues no estaba claro si se encontraba ante un caso de justicia o de venganza frente a la moral acomodaticia del pueblo de Güllen.

Luego vino En el séptimo círculo, en 1982, en la cual se llevaba la violencia al extremo. Gallegos Troyo, el autor, dijo que retrataba a una sociedad basada en el materialismo que había dejado atrás los valores espirituales. Con Roberto Zucco: “Ahora la escena es la del crimen, el drama es la violencia, el protagonista un asesino, la única salida es la muerte”, según palabras de M. Bermúdez. Esta obra podría considerarse, entonces, como una recapitulación de los temas abordados por los directores mencionados.

Aun así, no aprendimos. Todo se quedó, al parecer, en un incidente algo anecdótico, como si no nos incumbiera. ¡Qué pena! Como sociedad, hoy tenemos que lamentarlo porque las personas violentas y asesinas se han multiplicado. O será, como yo decía en el 2011, rememorando esta misma puesta de Catania, que aquel prófugo de la justicia, asesino confeso, también éramos nosotros, pasivamente, desde la butaca. Salí del teatro con un miedo que me nacía en las entrañas, causado por el terror de que a cualquiera la vida podría convertirlo en asesino…, ¿o no?

El investigador Bernal Herrera acotó que “Roberto Zucco nos cuenta, de modo fragmentario pero lineal, algunos días claves en la historia de un hijo de vecino convertido en asesino. Lo desconcertante de la obra, entonces, no reside en la estructura de la representación de los hechos, sino en la ausencia de explicaciones fehacientes para estos. La acción es siempre clara, no así sus motivos. El texto mismo postula, en boca de sus personajes o de la acción misma, posibles razones para lo que sucede”.

En el programa de mano se reprodujeron las palabras de Peter Stein, director teatral alemán que hizo el estreno mundial de Roberto Zucco en Berlín en 1990: “Dos cosas me interesan de esta pieza: La primera, es una interrogación sobre la existencia humana y esta ignorancia en que nos encontramos, finalmente, del origen de esta agresividad… Mi segunda interrogación es: ¿Qué rol juega la violencia, o el criminal y su acto criminal, digamos el ‘actor criminal’, en el acomodo psíquico de nuestra sociedad?” ¿Habrá respuesta?

Igualmente, el programa de mano recogió el resultado de un “juego creativo” realizado durante un ensayo de la obra; varias expresiones de los participantes merecerían quedar aquí transcritas, pero por las limitaciones de espacio, consigno únicamente estas: “Para los actores, un reto frente al arte; para el público, un reto frente a la violencia”; “Un trabajo profundo y analítico, que nos hace replantearnos como actores”; “Nunca antes me había sentido más cerca de la muerte”.

El crítico Andrés Saénz Lara anotó: “En su concepto, composición y trascendencia, la puesta de Alfredo Catania no tiene parangón en el país y me ha parecido el trabajo más enjundioso y logrado jamás hecho por él y sus colaboradores: Pilar Quirós, cuya monumental escenografía combinó hermosura y funcionalidad, pero también cedió el espacio a los actores sin sobreponerse a ellos; Jody Steiger, quien iluminó la acción mediante insinuantes intercambios entre claridad y penumbra; Rolando Trejos, cuyo vestuario acentuó el claroscuro de la iluminación con tonalidades grisáceas y sombrías; Adrián Goizueta, cuya música incidental complementó los incidentes escénicos con una ambientación sonora de marcado perfil dramático”.

De las 22 personas del elenco –algunas con doble o triple papel–, indicó que lograron dar la impresión de conjunto y cada uno había estado convincente; no obstante, le hizo justicia al trabajo de Fabricio Gómez, Ana Clara Carranza y Gladys Catania.

Un montaje paradigmático para la historia del teatro costarricense, sin duda; albergo la ilusión de que no sea solo eso.

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