Fernando Chaves Espinach. 5 octubre
Proyección al aire libre de 'A Lullaby to the Sorrowful Mystery' (2018, Lav Diaz) durante la madrugada, entre el castillo y la playa. Crédito: Erika Stevenson / BFMAF 2019.
Proyección al aire libre de 'A Lullaby to the Sorrowful Mystery' (2018, Lav Diaz) durante la madrugada, entre el castillo y la playa. Crédito: Erika Stevenson / BFMAF 2019.

La perezosa Cherry se balancea un tronco en medio del bosque, a su ritmo. La vemos en blanco y negro; luego, a través de filtros de separación de colores, su movimiento se marca en la película de 16 mm, lento, casi imperceptible. Irrumpe en la selva Unchained Melody (Melodía desencadenada): “Time goes by, so slowly / And time can do so much…”. Con el filme now, at last! (2019, Ben Rivers) hay que pasar bastante tiempo, pues premia emular la paciencia de la perezosa. Ella no sabe que ahora la vemos en el town hall de Berwick-upon-Tweed, al norte de Inglaterra, muy lejos de su hogar en Puerto Viejo (Limón, Costa Rica).

Con 15 años de historia y cinco bajo la dirección de Peter Taylor, el Berwick Film and Media Arts Festival (BFMAF) ha tallado un espacio para obras como la de Rivers, uno de los artistas audiovisuales más emocionantes del momento. Exprogramador en el Festival de Rotterdam –semillero de talentos inusuales–, Taylor y su equipo han convertido este pequeño encuentro, en la frontera en Inglaterra y Escocia, en un espacio para la reflexión y el disfrute; un festival que se arriesga.

Berwick, atravesada por su carácter fronterizo, ha pasado de manos entre un país y otro al menos una docena de veces. Con menos de 12.000 habitantes, atrae a discretos turistas que se asoman al mar, comen frente a la fría playa y caminan por las empalizadas y puentes que han visto siglos de guerra, paz y silencio. Es zona intermedia, área de transición, un puesto fronterizo; idóneo para un festival consagrado a celebrar el cine del futuro mientras excava su historia. ¿Qué puede decir un pequeño festival como este a la cultura cinéfila en Costa Rica?

El BFMAF incluye proyecciones en el centro cultural local, exposiciones en las múltiples edificaciones antiguas de la ciudad y eventos para niños y familias, profesionales y artistas. El corazón del festival es la New Cinema Competition, que exhibe cortometrajes “distintivos e inesperados” de todo el mundo, sin importar el género; mejor todavía, deliberadamente buscando aquellas piezas que trastornan las convenciones narrativas. Hay sitio para creadores consagrados, como Steve Reinke (con tres videos poéticos y eróticos) y Deborah Stratman, quien con Vever (For Barbara) rinde homenaje a la recién fallecida Barbara Hammer y a la legendaria Maya Deren mezclando material de la primera, filmado en un viaje a Guatemala en 1975, con referencias, citas y música conectadas con la segunda.

'the names have changed, including my own and truths have been altered' (2019), de Onyeka Igwe, fue la ganadora de la competencia. Cortesía: BFMAF 2019
'the names have changed, including my own and truths have been altered' (2019), de Onyeka Igwe, fue la ganadora de la competencia. Cortesía: BFMAF 2019

Compiten también voces emergentes como la de Onyeka Igwe, cuya pieza ganadora del concurso, the names have changed, including my own and truths have been altered, elabora una autoficción de la diáspora nigeriana mezclando archivos familiares, grabaciones televisivas, danza y alusiones literarias. Otra destacada fue Distancing, de Miko Revereza, quien decide regresar a Filipinas tras vivir desde su niñez en condición migratoria irregular en Estados Unidos. Filmada en 16 mm y a color, es una obra que camina por el abismo, al borde de una nueva vida, capturando en la fugacidad del ahora los recuerdos del futuro.

La “novedad” fragmentada de muchos cines contemporáneos dificulta aventurar explicaciones o pronósticos que engloben su alegre diversidad. Sin embargo, dos grandes temas del arte de hoy destacaron en BFMAF. Primero, la búsqueda de autorretratos –autobiografías– alterados, alternativos, por ejemplo interviniendo archivos reales (phenomenon, de Anya Tsyrlina y Sid Iandovka, echa mano de video en Hi8 de una banda industrial y noise de los años 90) o ficticios (la vida imaginaria de Lenore, recordada en el 2040, en You Were An Amazement on the Day You Were Born, de Cooper Batterby y Emily Vey Duke).

Por otra parte, y más distante (por ahora) de exploraciones en Costa Rica, se enfatiza la materialidad de la imagen contrastando distintos formatos audiovisuales, de filme de 16mm y 8mm o VHS a video digital en 4K y animaciones en 3D. Las implicaciones políticas y estéticas de una y otra práctica ameritan lecturas detalladas de obras que abrazan la diversidad dentro de sí mismas, la inasibilidad al lado del humor, la sensualidad al lado de la densidad de pensamiento.

Otros futuros
Fotograma de 'Passions' (1994), carnavalesca película de Kira Muratova donde despliega su maestría. Cortesía de BFMAF 2019.
Fotograma de 'Passions' (1994), carnavalesca película de Kira Muratova donde despliega su maestría. Cortesía de BFMAF 2019.

Cualquier festival de cine que utilice un castillo medieval como escenario entra ganando, pero, sin un sólido entramado conceptual, ninguna pintoresca decoración se sostiene. El triunfo de la edición 2019 del festival fue aprovechar espacios como las antiguas torres de vigía y edificios gubernamentales. La poderosa videoinstalación Fireworks (Archives) (2014), de Apichatpong Weerasethakul, ocupó una bodega de hielo de 1796, donde el chispeo de la pólvora que estalla entre las figuras animales de un templo tailandés se multiplicaba en las paredes de piedra. Otra proyección, Douma Underground (2018) colocó al espectador en estrecha cercanía con un refugio subterráneo bombardeado en Damasco, grabado sin temor por Tim Alsiofi.

Algunas de las intervenciones más estimulantes estuvieron a cargo del proyecto multidisciplinario Animistic Apparatus (coordinado por May Adadol Ingawanij), que explora los vínculos entre cierta espiritualidad animista del sudeste asiático y la proyección de la imagen. La segunda noche del festival, mostraron A Lullaby to the Sorrowful Mystery (2018, Lav Diaz), épica de la independencia filipina de ocho horas, a lo largo de la madrugada, en medio del parque entre el castillo y el mar. La pantalla solitaria, como una hoguera, brindaba una ofrenda a los espíritus y a la naturaleza, como los artistas itinerantes en la patria del director o en Tailandia y Malasia. En una de las torres de vigilancia (Coxon’s Tower, siglos XIV-XVII), Tanatchai Bandasak mostró Central Region (2019), video donde monolitos prehistóricos del norte de Laos aparecen y desaparecen como espectros invocados fugazmente por el proyector. La sensación que sobrecoge al visitante es la de ser desplazado del centro, colocado frente a frente a lo no humano, a una ecología que no emana de su visión; incluso, frente a lo espiritual.

Otros pasados
En pantallas así se presentaron las 204 horas de Cinématon (1978-continuo) de Gérard Courant. Crédito: Erika Stevenson / BFMAF 2019.
En pantallas así se presentaron las 204 horas de Cinématon (1978-continuo) de Gérard Courant. Crédito: Erika Stevenson / BFMAF 2019.

Una debilidad del sistema de circulación del cine hoy es el poco oxígeno que brinda al pasado, tanto o más frágil ahora como cuando se temía que el patrimonio fílmico se incendiara de la noche a la mañana. Aunque por año se estrenan múltiples restauraciones valiosas, pocas se destacan, y aún esas suelen circular en pocos cines y formatos caseros. Por ello, siempre se agradece la confrontación sostenida con una obra recuperada que permiten retrospectivas como la dedicada en BFMAF a la ucraniana Kira Muratova (1934-2018).

De Brief Encounters (1967) a Eternal Homecoming (2012), la selección de la académica Elena Gorfinkel recalcó la atención al artificio y a la multiplicidad de voces y estilos que la directora utilizaba para ver la mecánica teatral de la sociedad soviética. Cierta crítica, según Gorfinkel, dice que “su forma es demasiado salvaje y poco fija como para ser contenida, al borde de una ilegibilidad polisémica”. No obstante, hay momentos en su filmografía que, por secos que parezcan, rebosan sensualidad y abruman con su precisión. Al cierre de la delirante The Asthenic Syndrome (1990), un profesor narcoléptico se sumerge en el metro, donde miles de sus compatriotas, quizá un muestrario del “homo sovieticus” descrito por Svetlana Alexiévich, parecen dormidos, fantasmas suspendidos en la gran ciudad gris. Esta prolongada escena es un grito ahogado, una protesta solitaria de una mujer reacia a ser encasillada; es hora de volver a oírla.

Otro tipo de visitas al pasado puede redibujar los mapas. En la sección Fantastika, el curador Herb Shellenberger mapeó una curiosa y fértil historia de filmes que reimaginan cuentos de hadas, relatos folclóricos y fábulas en fantasías despegadas de las leyendas “reales”. El mayor descubrimiento fue Un rêve plus long que la nuit (1976), de la célebre escultora Niki de Saint Phalle, psicodélico y perverso sueño erótico que, por supuesto, solo pudo haber nacido en la década más rara del siglo XX. Empieza con la niña Camelia lanzada a un cuento de hadas para adultos, justo al lado de un dragón de papel maché y una bruja que cumple su deseo de hacerse adulta. Crecer conlleva no solo la visión de la muerte (a través de una fantástica estructura como una pesadilla del escultor Jean Tinguely), sino también los peligros del sexo: Camelia acaba en una escuela erótica donde los clientes portan falos punzocortantes que estallan en remolinos de papel. Todo acaba en una guerra de cañones-penes, sangre real y una niña arrepentida de haber deseado perder la inocencia.

Central Region (2019), de Tanatchai Bandasak, proyectada en Coxon's Tower. Crédito: Erika Stevenson / BFMAF 2019.
Central Region (2019), de Tanatchai Bandasak, proyectada en Coxon's Tower. Crédito: Erika Stevenson / BFMAF 2019.

Inclasificable e irrepetible resuena, sin embargo, con otros “cuentos de hadas” como Story of the Hare Who Lost His Spectacles (1973), lisérgica expedición al mundo de la banda Jethro Tull, o la sensual The Cat (1971), animación italoyugoslava de Zlatko Bourek, así como registros folclóricos como el de un festival húngaro animado por extraños gigantes peludos. Si el folclor puede parecer de otro mundo hasta para sus herederos, este cine “fantastik” se abstrae de la historia, se inventa una propia. ¿Es una forma de violencia contra la memoria popular? ¿Es una celebración de su belleza y su fertilidad a la vez que un ataque a sus agresiones ocultas? El programa aventuró una serie de inquietudes que ameritan una revisión en cada región, no menos en la nuestra, donde esa sensación de lo legendario y lo folclórico ligeramente alterado invade algunas películas de estima variable.

En algunas vitrinas desocupadas el pueblo se exhibían, en pequeñas pantallas, las 204 horas (hasta ahora) del Cinématon de Gérard Courant, una serie de retratos de artistas iniciada en 1978 y sin final proyectado: un ejercicio de ver, seguir viendo. El cine, que hemos domesticado a fuerza de repetición, es en realidad “los cines”, las imágenes, una ecología más amplia que la grama bien recortada de la industria predominante. A veces parece que desde espacios pequeños, como Berwick, tal vez como Costa Rica, no se puede ampliar esta perspectiva. Sin embargo, ocurre. Al menos 3.000 festivales de cine se celebran cada año en el mundo, pero si uno entrecierra los ojos, al menos dos tercios se ven iguales. Señales diferentes: eso es lo que ha ofrecido, desde la frontera, Berwick recientemente y cualquier persona, atenta a las imágenes de ayer, hoy y mañana, haría bien en fijarse en ellas. En algún momento podríamos responder con las propias.