
Hace unos días me topé, como de rayo, con un ejemplar de Ángel salvaje de Carlos Rafael Duverrán. Se trata de la primera edición, limitada a 500 ejemplares, que salió bajo el sello Aurora. Hasta acá, digamos, sería una feliz curiosidad. Pero resulta que el libro llevaba, además, una dedicatoria de puño y letra del autor dirigida al pintor Jorge Gallardo, quien precisamente había elaborado una ilustración para esa publicación.
Este hallazgo, más allá de las obvias presunciones, me hizo pensar en esa misteriosa relación que surge entre las ilustraciones y los textos escritos: un sentido elusivo que estalla quién sabe dónde. Recordé entonces aquellas ediciones añosas de El domador de pulgas de Max Jiménez, con sus tumultuosos grabados. Recordé Cuentos de barro de Salarrué y las imágenes de su amigo, José Mejía Vides. Recordé, por supuesto, a Carlos Salazar Herrera, que en Cuentos de angustias y paisajes consiguió crear obras capaces de existir simultáneamente en dos reinos sensoriales. Y recordé que, tiempo atrás, tal vez hace un año, yo le había regalado a Jurgen Ureña un bello libro de don Paco Amighetti titulado Francisco y los caminos.
Menciono toda esta seguidilla de súbitas asociaciones porque, dentro de pocos días, Jurgen presentará su primer libro de cuentos, El aire tiene memoria, y este, justamente, viene con ilustraciones del artista costarricense José Pablo Ureña.
Es un libro que lleva como subtítulo “Los cuentos que me contaba mi abuelo”. Y ese no es un dato menor.
El abuelo como puente con lo que ya no existe.
Y la voz de ese abuelo como dispositivo narrativo.

En varias ocasiones les he dicho a varios amigos que empecé a amar la literatura de Carlos Luis Fallas, sencillamente, porque suena igual que mi abuelo. En los relatos de Fallas se habla de barreteros, de peces bobos, de la Línea Vieja, de precoces escorrentías y de palos que caen en la selva sin la necesidad de que alguien se plantee preguntas epistemológicas.
Mi abuelo no me hablaba de fantasmas, sino que conjuraba horrores y me decía, como “el señor” de ese poema de César Vallejo titulado Fosforescencia, que las luces de muerto no son más que una reacción química.
Porque, claro, mi abuelo no creía en fantasmas.
Contaba las cosas con una pretensión de verdad casi positivista y en eso, también, se parecía a Carlos Luis Fallas. El abuelo de Jurgen, en cambio, siempre habla desde una dimensión fantástica. La Historia y las historias están concebidas como elementos narrativos que se sublevan ante la anodina superchería fáctica.
Ramón, que así se llama el abuelo de Jurgen, se parece a Tata Mundo en su imaginación desmesurada. Pero a diferencia del personaje de Fabián Dobles, Ramón llega como un murmullo.
No es un abuelo tiránico en el sentido de la organización del relato.
Es un soplo en el frío.
Es un abuelo ido.
Vivo, sí.
Pero ido.
La voz de Ramón, o Chía, como se le conocía en Puriscal, llega impregnada de neblina. Es una voz difusa. Y por eso se vuelve una heredad, no un fardo.
En uno de los cuentos se habla de su nacimiento. Y si Cifar, el personaje de Pablo Antonio Cuadra, nació entre aguas y tiburones alborotados, Ramón, que también fue artífice de una épica humilde, nació entre crecidas de río y pájaros mojados.
Tuve el gusto de leer varios de los relatos mientras Jurgen los iba produciendo. Me pasaba un Word por Whatsapp, lo leía y luego, invariablemente, le devolvía un “Mae, me encanta”. Y puedo asegurar que con cada uno me surgía la misma pregunta: ¿qué será lo que cuentan los abuelos de hoy?

En los últimos años asistimos al colapso de toda una milenaria forma de aprehender el mundo a partir de abuelos que urdían epopeyas. Abuelos que, como Ramón, deambulaban por todo el país en busca de pan y hogar. Abuelos que convertían los rigores de la vida (que no eran pocos) en historias.
Abuelos andariegos.
Abuelos pata de perro.
Porque está muy claro que el viaje del héroe no ocurre detrás de un escritorio ni en un sofá ni frente a una computadora. La hazaña implica desplazamiento: de Ojochal a Grifo Alto, de Mansión de Nicoya a Guápiles.
Constantino Láscaris decía que las brujas ticas no pertenecen al imperio del horror. Son brujas buenas. Brujitas, decía él. En uno de los cuentos de Jurgen eso pareciera acreditarse, cuando el propio Ramón interpela a las brujas y las espanta: “Entonces comprendió que las brujas no buscaban hacerle daño: querían robarle el asombro”.
De nuevo me pregunto, ¿qué contarán los abuelos de hoy? Es más, ¿qué contarán los abuelos del futuro?
Creímos haber expulsado las brujas y los espantos. Pero, en realidad, los sustituimos con algoritmos e insustanciales cifras. Un hombre como Ramón era capaz de elaborar por sí solo buena parte de las herramientas necesarias para su trabajo y, al mismo tiempo, creía en fantasmas. Creía en fantasmas seriamente.
Hoy, cuando creemos no creer en fantasmas, la mayoría de nosotros no es capaz de realizar una labor tan crucial como sembrar o reparar el más trivial adminículo. Y, por si fuera poco, le entregamos el destino de nuestras vidas a los espectros ominosos de las compañías tecnológicas.
Por lo menos no lidiamos con brujas, diría alguien. Pero tampoco tenemos los arrestos para espantarlas, como hiciera Ramón con un sencillísimo foco de pilas.
‘El aire tiene memoria’ se presentará el próximo miércoles 13 de mayo, a las 7 pm, en el Centro Cultural de España en Costa Rica, ubicado en Barrio Escalante. La entrada es gratuita.
