
Con este artículo, pretendo cerrar mis referencias a la presencia de Valle-Inclán en los escenarios costarricenses.
En 1981, en medio de una crisis económica sin precedentes, la ministra de Cultura, Juventud y Deportes, Marina Volio, se empeñó en que se presentara en el país Divinas palabras, de Valle-Inclán, bajo la dirección de José Tamayo, quien ya a esas alturas contaba con una reconocidísima trayectoria en escenarios internacionales. Tamayo estaba presente en el imaginario costarricense, por el impacto que treinta años atrás había producido en nuestro ambiente cultural su Compañía teatral Lope de Vega.
La puesta en escena, con elenco nacional, sería una producción del Ministerio citado, la Compañía Nacional de Teatro (CNT) y el Teatro Nacional (TN).
Divinas palabras fue puesta en escena en vida de Valle, en el Teatro Español, por la compañía de Margarita Xirgu bajo la dirección de Cipriano Rivas Cherif. Como lo documentan algunos investigadores, Valle-Inclán estuvo cerca del montaje y asistió a los ensayos, incluso hizo la lectura del texto ante el elenco, algunos amigos, periodistas y críticos teatrales.

La pieza se estrenó el 16 de noviembre de 1933 y fue un éxito de crítica, no así de público “por razones políticas circunstanciales muy concretas [España estaba en plena campaña electoral], en todo ajenas a la calidad artística del montaje o a la personalidad del dramaturgo y su creación”, como lo indica José María Paz Gago, quien también nos recuerda que durante la dictadura franquista, la censura fue despiadada con el texto, pero “Tamayo no desmaya ni se rinde, iniciando una dura y larga negociación… mano a mano con Carlos del Valle-Inclán, hijo del dramaturgo, hasta lograr estrenarla en su nuevo Teatro Bellas Artes de Madrid”, en 1961.
En nuestro país, cuando trascendió el costo de la contratación del afamado director y del trabajo encargado, sonaron las alarmas. Se trataba de un proyecto pretensioso que abarcaba, por una parte, el montaje de la obra valleinclaniana en el Teatro Nacional y su presentación durante un mes, incluidas funciones para estudiantes; por la otra, el de la ópera Carmen de Bizet, en el Teatro Melico Salazar, con el mismo director, con la participación de dos cantantes españoles y de la Compañía Lírica Nacional, previsto, asimismo para 1981.

Pero en este caso, se requerían una serie de mejoras en el Melico, las cuales se encargarían a dos técnicos españoles especialistas en maquinaria, luz y sonido escénico; también la confección del diseño de la embocadura y telón de boca con los respectivos gastos de transporte internacional y nacional, alojamiento, alimentación y otros.
Nada detuvo el proyecto. El 18 de marzo de 1981, llegó el esperado estreno teatral. Tan solo el elenco lo componían más de cincuenta personas, y podrían haber sido más, pues Valle no indica cuántos elementos componen, por ejemplo, la tropa de rapaces, o el grupo de “mujerucas” que acompañan a Marica del Reino. El programa de mano, presentado por la ministra Volio, incluyó interesantes apreciaciones sobre Valle-Inclán y su obra, con la rúbrica de Gastón Gaínza, Víctor Julio Peralta, Alberto Cañas y Daniel Gallegos.
La prensa escrita destinó suficientes espacios a tan sonado espectáculo y también a los que se oponían a semejante gasto. Tamayo Rivas dijo que “únicamente le cobraré a Costa Rica una tercera parte de lo que cobraría en otra parte”, lo cual caldeó aún más los ánimos. El 3 de abril, el elenco, casi al completo, hizo un paro por falta del pago de sus salarios y Ana Poltronieri, antes del inicio de la función, leyó un manifiesto alusivo. La CNT argumentó que la subvención con la que se pagarían no había entrado a tiempo.

Oscar Castillo, bastante molesto, se explayó en detalles sobre el rumbo que había venido tomando el movimiento teatral en el país. De esta puesta en escena dijo: “Todo el millonario esfuerzo económico, artístico y técnico (sin paralelo en la historia del país) se hunde en un espectáculo superficial, brillante como el oropel, falso, arcaico y zarzuelero” y les reclamó a los integrantes del elenco “no haber denunciado públicamente como grupo contratado o por medio del sindicato, su oposición a este montaje”.
Responsabilizó de “esta noche de pesadilla” a los directores y juntas directivas de la CNT y del TN. Según dijo, este montaje traicionaba las luchas que se habían venido dando por un “Teatro Costarricense”.
Alberto Cañas hizo una enjundiosa crónica que cerró de esta forma: “Baste decir que se ha gastado dinero, y que el resultado del gasto está visible, en el escenario, en la suntuosidad de la producción. Y que por encima de todo, tenemos una gran obra, una de las obras capitales del teatro del siglo XX, convertida en un espectáculo de gran tamaño por el director que la desenterró y la colocó en el mapa teatral del mundo, y servida con gran dignidad por un reparto multiestelar sumamente capacitado”.

Víctor Valembois aportó sus conocimientos sobre Valle-Inclán y el teatro contemporáneo, en tres entregas, más dos adicionales de crítica al montaje, que centró en tres aspectos: el desacierto de la escogencia de la obra, los desequilibrios entre fin (fondo) y medios (forma) del montaje y la poca contribución al desarrollo del movimiento escénico del país.
Andrés Sáenz en “La zarzuelización de don Ramón” arremetió contra el director que había “preferido concentrarse en los aspectos espectaculares en detrimento de lo esencial y medular”. Según anotó, este montaje significaba “un revés para el desarrollo global del teatro costarricense”, pero no señaló por qué.
Mimi Prado, directora de la CNT, dijo: “Si esto hubiera sido dos años atrás, no nos hubiera desquiciado tanto… Divinas palabras es una obra excelente, calza bien en el repertorio de la Compañía, y tiene uno de los textos más hermosos que se puedan montar, pero es una locura hacerlo en tiempos de crisis”.
Quizás en otras circunstancias y con las luces que han aportado muchos investigadores, dignos de tomarse en cuenta, posiblemente se hubiera apreciado distinto el montaje. El estado de ánimo y la rabia obnubilan el entendimiento, ¡y mucho!
La ópera Carmen se presentó en diciembre de 1981.

