Áncora

‘La metamorfosis’ de Kafka: De la literatura a la escultura en manos del artista tico Néstor Zeledón

El escultor asegura que Franz Kafka pone en evidencia cómo los seres humanos están conscientes de la necesidad de librarse de la opresión, el egoísimo y la falta de solidaridad

Cuando Gregorio Samsa se despertó́ una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró́ sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo.

El texto anterior ha rondado por la mente de Néstor Zeledón por muchos años; por fin, el escultor se decide y empieza su tarea transformadora. Una lámina de grueso metal le espera en su taller y cincel en mano, é comienza su labor de forja: golpea y golpea, el metal empieza a ceder, lo calienta, vuelve a golpear y, poco a poco, logra que se insinúe una forma tridimensional.

La espalda parecía ser fuerte, seguramente no le pasaría nada al caer sobre la alfombra.

Néstor sigue dando golpes al metal para ablandarlo y dominarlo. Surge, entonces, el caparazón deformado y doliente.

Se produjo un golpe fuerte, pero no fue un auténtico ruido. La caída fue amortiguada un poco por la alfombra y además la espalda era más elástica de lo que Gregorrio había pensado; a ello se debió́ el sonido sordo y poco aparatoso.

En el proceso creativo, el artista forja una pata que soldará al cuerpo.

Hubiera necesitado brazos y manos para incorporarse, pero en su lugar tenía muchas patitas que, sin interrupción, se hallaban en el más dispar de los movimientos y que, además, no podía dominar.

Golpe a golpe, surgen otras extremidades. Toma el soplete y las adhiere a los lados.

Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas.

La forja es para Néstor Zeledón una técnica ampliamente conocida ya que, a lo largo de su vida artística, la ha empleado varias veces. Vuelve a ella para recrear un tema aparentemente inusual, un personaje de Kafka va transformándose en sus manos poco a poco y, en la metamorfosis del hierro, surge Gregorio.

Quería de verdad abrir la puerta, deseaba sinceramente dejarse ver y hablar con el apoderado; estaba deseoso de saber lo que los otros, que tanto deseaban verle, dirían ante su presencia.

Ser sensible

Zeledón es respetuoso del material con el que trabaja y lo considera un ser sensible. Logrará que lo que resulte de ese material sea sublime y, en muchos casos, cuando él así se lo proponga, impregnarlo de sentido ideológico. Asegura el escultor que “el tema debe ser noble, hermoso y digno de ese material ya que estamos frente a un pedazo cósmico”.

Forja y martillo surten su efecto, mandíbulas y antenas surgen del caliente y retorcido metal.

(...) y ya creía Gregorio que el alivio definitivo de todos sus males se encontraba a su alcance; pero en el mismo momento en que, balanceándose por el movimiento reprimido, no lejos de su madre, permanecía en el suelo justo enfrente de ella, esta, que parecía completamente sumida en sus propios pensamientos, dio un salto hacia arriba, con los brazos extendidos, con los dedos muy separados entre sí, y exclamó:¡Socorro, por el amor de Dios, socorro!–. Mantenía la cabeza inclinada, como si quisiera ver mejor a Gregorio.

El tema de Gregorio es aparentemente inusual en el artista; sin embargo, podemos ligarlo a Hombre, mundo y caída, realizado en 1967.

“Es el hombre cayendo. Diría que es el hombre actual. Y, en un sentido universal, el hombre entero cayendo angustiosamente hacia donde no sabemos qué final le espera. Lo que muestra es la terrible angustia del hombre que todos conocemos. La figura tiene parte de nosotros. Cae constantemente, lanza un grito, su boca es abierta, sus manos crispadas, tratando de abarcar algo y no coge nada más que espacio”, explica.

Este ser del que habla el escultor cae en garras de la desesperanza, de la falta de fe. La hace caer la guerra, el hambre, el odio de los hombres y la ambición de los poderosos.

En 1981, expresaba el artista: “De pronto se volvió tan atractiva para mí la técnica de la soldadura en hierro, tan atractiva, que continué desarrollándola. Un Cristo es mi obra fundamental, y el hierro al rojo vivo es tan dúctil, tan suave…, aunque el concepto de hierro es dureza, pero si lo tenemos al rojo vivo se ablanda. Si se martilla por un lado, por el otro se abomba. Y ese es el principio de toda forma escultórica”. Cuando el creador lleva al rojo vivo el hierro, lo ablanda, lo martilla, los pedazos se trasmutan en patas, garras, alas y emerge esta escultura simbólica.

"Esta técnica me permite hacer cualquier tema ya que puedo inventar el volumen que quiero, el tamaño que quiero, la altura y el grueso que quiero. Es decir, no solo soy dueño de la creación artística sino, también, del volumen y la forma. Esa es la diferencia. Esa diferencia fundamental es la que da una inmensa libertad de creación”.

Vital y enérgico

Su expresionismo, según expresa, está influenciado, en parte, por obras de Barlach que vio expuestas en el Club Alemán, el cual estaba situado cerca de la Escuela de Bellas Artes en los tiempos en que él era universitario. Sin embargo, ese expresionismo se debe mucho a su carácter vitalista y enérgico; no es de extrañar, entonces, que una de sus lecturas favoritas, desde esa época, fueran las obras del autor austrohúngaro Franz Kafka.

“Mi capacidad creadora me permite crear obras desde lo místico a lo terrible pasando por toda la gama intermedia de la naturaleza humana”. Sin embargo, confiesa Néstor, esos seres poseídos se los saca de adentro, para tratar de arrancar sus propios demonios. A su vez, como en el caso del personaje de Kafka, utiliza esas figuras para enunciar otros hechos como la humillación ante el poder de los demás, la soledad en sociedad, el aislamiento o el sentimiento de vergüenza por lo que los otros puedan pensar de él.

Piensa el artista que en La metamorfosis, Kafka pone en evidencia cómo los seres humanos están conscientes de la necesidad de librarse de la opresión, del egoísmo y de la falta de solidaridad con los demás, como es el caso de este personaje.

El espacio en el cual se desenvuelve la historia es limitado, reducido a la casa de los Samsa, el comedor, y, más específicamente, a la habitación de Gregorio, donde sufre la metamorfosis y aprende a adaptarse a su nueva vida hasta morir. Sin embargo, el escultor Néstor Zeledón tiene una propuesta distinta a la del literato: el cuerpo de coleóptero, arrugado, herido y mutilado de Gregorio es, en sí, su liberación.