Por: Andrés Fernández.   17 febrero
Ceremonia de inauguración de barrio México, el 21 de octubre de 1923, con la presencia del presidente Julio Acosta García. Fotografía de Manuel Gómez Miralles, aparecida en el 'Diario de Comercio' (24 de octubre de 1923).
Ceremonia de inauguración de barrio México, el 21 de octubre de 1923, con la presencia del presidente Julio Acosta García. Fotografía de Manuel Gómez Miralles, aparecida en el 'Diario de Comercio' (24 de octubre de 1923).

Con el título “Los barrios de la ciudad deben deslindarse”, una nota periodística aparecida en 1924, detallaba: “Se ha presentado un conflicto entre varias Juntas Progresistas de los barrios de la ciudad.

“Alegan jurisdicciones y hacen tal alboroto que nadie los entiende. Así, por ejemplo, los vecinos de barrio México creen que su sección abarca el Paso de la Vaca, el Paseo Colón, y los opositores, como es lógico, no comulgan con tales pretensiones” (Diario del Comercio, 17 de mayo de 1924).

Barrio y origen

El barrio como forma de habitación agrupada de la urbe es tan viejo como la ciudad misma, pues apareció con ella, allá en el Oriente Próximo. Ya en los restos de las primeras ciudades, distinguen los arqueólogos conjuntos socioespaciales construidos, a los que no han podido denominar sino “barrios”.

Sin barrio y sin vida de barrio, claro está, no hay ciudad…; sin embargo, ¿qué es un barrio? El barrio es la célula madre de la vida ciudadana, es una parte apenas, un fragmento, un trozo, un pedazo de ciudad con características propias, un sector que más allá de su mera espacialidad también es momento vivido, tiempo íntimamente vinculado a la evolución histórica urbana y a su naturaleza artificial, construida física y vivencialmente, día a día, por los seres humanos que lo habitan.

Hablamos entonces de barrio para nombrar en particular a la comunidad que forman los habitantes de una cierta parte de la ciudad, parte dotada de una fisonomía propia y de rasgos distintivos que le brindan su unidad e individualidad en el conjunto ciudadano; trozo caracterizado por cierto paisaje urbano, cierto contexto social y, por lo general, por una función específica.

Ciudad de barrios también, nuestra capital no es una excepción a tal fenómeno. Todo lo contrario: ya en sus orígenes, vivían los vecinos principales de La Villita, en el entorno de su plaza, en el centro; mientras que los más humildes, por el contrario, se ubicaban hacia el suroeste, en el lugar llamado La Puebla.

De esos incipientes “barrios”, entonces, partió la división socioespacial de la futura ciudad capital.

De hecho, ya consolidada su capitalidad, hacia 1841, San José se dividía, partiendo de la Calle del Comercio como eje este-oeste, en dos distritos: Merced al norte y Carmen al sur, por encontrarse los santuarios dedicados a dichas advocaciones marianas –contrario al día de hoy– en las actuales esquinas de avenida Central y calle 4, el primero, y en la de avenida 4 y calle 3, el segundo.

De oeste a este, el distrito de Merced lo componían los barrios o “cuarteles” (del francés quartier) del Paso de la Vaca, Factoría, Ballestero, Cabildo y Laguna, mientras que, en igual sentido, el distrito de Carmen lo componían los de Panteón, La Puebla, Plaza Mayor, Parroquia y El Chorro.

Una calle de barrio Amón a mediados de la década de 1920. Al fondo, los lavaderos del padre Umaña. Fotografía de autor no determinado. Andrés Fernández para LN.
Una calle de barrio Amón a mediados de la década de 1920. Al fondo, los lavaderos del padre Umaña. Fotografía de autor no determinado. Andrés Fernández para LN.
Límites y barrios

Veinte años después, en 1862, partiendo de la avenida Central de este a oeste y de la Calle Central de norte a sur se segmentó la ciudad en los cuatro distritos urbanos –el resto eran rurales– de Carmen al noreste, Merced al noroeste, Hospital al suroeste y Catedral al sureste.

Fue ahí donde se concentraron, ya en el siglo XX, los barrios históricos de San José tal y como los conocemos desde entonces.

No obstante, durante la segunda mitad de ese mismo siglo, el decrecimiento de la población josefina en el casco central y en los barrios periféricos fue dramático. Eso acarreó, de paso, que se desdibujara la rica memoria colectiva capitalina, enraizada en su paisaje urbano y edilicio, así como en los lazos comunales que caracterizaron la vivencia barrial y hasta en una cierta idiosincrasia que algunos se atreven a llamar, incluso, la “josefinidad”.

Por esa razón, se impone recobrar el josefino concepto de barrio y sus límites. Porque en ocasiones se denomina solo como “barrio” a una división administrativa de la ciudad, pero, en realidad, el barrio suele ser independiente de cualquier límite burocrático usual y su alcance tiene mucho que ver con el arraigo emocional de sus habitantes, quienes, en última instancia, definen su territorialidad.

Por ejemplo, en San José, podemos distinguir tres tipos de límites barriales; a saber: el histórico, el administrativo y el emocional. Histórico será el límite que nos imponga la crónica urbana, el cuándo se creó el barrio y con cuáles linderos dentro o fuera del cuadrante ciudadano, qué fincas le dieron origen y de dónde deriva su nombre.

Administrativo será el límite que le imponga el municipio, que casi siempre tiene más interés pecuniario que precisión histórica, interesada en el cobro de los impuestos a sus vecinos.

Mientras que emocional será el límite que le impongan sus vecinos, los históricos y los otros: los que desean vivir ahí o cerca de ahí; aquellos, en fin, a quienes la emoción de la vivencia o el deseo les genera un arraigo, más deseado que real, sobre su espacio urbano.

Patrimonio urbano

Hoy, como hace casi un siglo, se impone deslindar los viejos barrios josefinos para mejor conocerlos antes de plantear siquiera rehabitarlos. Es en la fluidez de la dinámica histórica y social de los barrios sobrevivientes de nuestra ciudad en la que se inserta este texto con ansias de ser una contribución.

Una buena cantidad de esos barrios, sobre todo los ubicados al sur, nacieron tras el terremoto de 1910 que destruyó la ciudad de Cartago. Fue con emigrados del Valle del Guarco y construidos casi enteramente en madera, que se erigieron esos “barrios de ampliación” de la ciudad, como se les llamó.

Vinieron a sumarse a otras barriadas urbanas ya existentes: barrios burgueses o de “clase alta”, proletarios barrios o de “clase baja”, mientras que, en el medio, como ya se sabe, la “clase media” también habitaba en barriadas.

En eso, como en tantas otras cosas, el San José de antaño se asemejaba mucho a otras tantas ciudades del mundo.

En cambio, lo que hizo particular a nuestra ciudad, fue el que sus barrios no fueran socialmente homogéneos del todo, sino que fueran espacios donde se mezclaran las clases sociales de acuerdo a la índole republicana del país y, en consecuencia, de su estructura urbana. De ahí, su riqueza social e histórica, cultural y estética, mucha de la cual sobrevive aún.

Quedan sus calles y algunas de sus casas, les quedan texturas y detalles, algunos usos y costumbres, y, si se sabe verlos, le quedan habitantes a casi todos esos capitalinos barrios.

Cabe fijarnos en ellos con ánimo ciudadano: pueden ayudarnos a estar más cerca de una realidad urbana que, por cercana, se nos ha ido volviendo extraña, lejana, como la ciudad que dejamos atrás.

Adelante, la ciudad que queremos en el futuro, pensada en función de sus barrios de hoy, no solo como las sobrevivencias de antaño que son, sino como el patrimonio cultural urbano que todavía representan: sensibles manifestaciones de un fenómeno plural que por social, por urbano, por humano, es el del barrio, nuestro barrio josefino.