Jean Pierre Guillermet, (1921 -2017) fue un artista cuya vida y obra dejaron una huella profunda en quienes lo conocieron. Nacido en Suiza en 1921, creció en un entorno marcado por el rigor artístico y las innovaciones que definieron la pintura, la teoría del color y el diseño en el siglo XX. En un periodo de gran efervescencia creativa, Europa vivió la coexistencia de movimientos como el simbolismo, el cubismo, el surrealismo y el expresionismo, mientras surgían nuevas corrientes que impulsaron la abstracción y la integración del arte en la vida cotidiana.
Su formación en la Escuela de Bellas Artes y la Escuela de Artes Decorativas de Ginebra, combinada con este contexto vibrante, definió su enfoque artístico: meticuloso, técnicamente sólido, siempre guiado por un compromiso con la calidad y la experimentación. A partir de la postguerra, Suiza se posiciona como un epicentro de tendencias artísticas y gráficas, con movimientos como el Arte Concreto y el Estilo Tipográfico Internacional, reconocidos por su precisión y funcionalidad, la búsqueda de equilibrio entre técnica y estética.

Desarrolló una carrera versátil, desde restauraciones arquitectónicas hasta escenografías para la televisión de Suiza Romanda, pasando por diseño gráfico y reproducciones de tapicerías de gobelinos franceses, asimismo enseñó en su alma mater en Ginebra durante un período. Fue reconocido desde muy joven con importantes galardones en su país natal como Bourses Fédérales des Beaux-Arts, que recibió en dos ocasiones consecutivas en los años 50.
Tuvo un taller en Provenza, específicamente en Arles, donde mantuvo una estrecha relación con la región a lo largo de su vida. La influencia de Provenza no solo se reflejó en su obra artística, sino también en las relaciones que cultivó allí. Entre ellas, destaca su profunda amistad con el poeta Max Philippe Delavouët, con quien colaboró en la ilustración de sus poemarios.

Su acercamiento con el arte y la pintura se vislumbra como un compromiso firme y reflexivo; un ejercicio intelectual que exige dedicación. Una de sus frases quedó indeleble en mi memoria, siendo estudiante en la Escuela de Bellas Artes, recuerdo, me dijo: “la pintura es un compromiso serio”.
Lo expresó con tal contundencia que, aún hoy, puedo escuchar sus palabras con la misma claridad. Con el tiempo he logrado comprender mejor lo que me quiso decir. Crear una imagen pictórica es un acto análogo al de escribir poesía: sin conocer las palabras y sus usos, difícilmente se podría construir un poema. En la pintura sucede lo mismo: solo quien alcanza una comprensión plena de los recursos del lenguaje visual puede estructurar una imagen que sea clara, asertiva y capaz de transmitir algo verdaderamente significativo. La estructura plástica, entonces, no es un mero soporte técnico, es un campo dinámico donde la técnica y la sensibilidad artística se entrelazan para dar vida a algo único. Es allí donde la pintura despliega su magia, porque cada trazo, cada tonalidad y cada detalle resuena con una intención y un propósito. Ese compromiso intelectual y emocional con la pintura es el núcleo que confiere coherencia a la pluralidad de sus creaciones.

Jean-Pierre Guillermet fue un artista arraigado a su entorno, un creador que trabajó desde lo local, pero cuya mirada abarca múltiples localidades. Es universal y autóctono en el sentido más esencial de la palabra, porque su arte nace de una conexión íntima y genuina con los lugares que habitó. Es helvético en esencia, su obra refleja la tierra que lo vio nacer, con su luz, su geografía y su cultura; también fue y se hizo en cada lugar que descubrió e incorporó a su universo. Cada sitio en el que vivió se convirtió en parte de su imaginario pictórico, paisajes minuciosamente observados o abstracciones que destilaban la atmósfera y la energía del lugar.
Un maestro del color, con excelente dominio del dibujo, su habilidad se refleja en sus figuraciones, también en la manera en que concibió y planteó los contrastes. Su pintura capta y traduce con precisión los matices y tonos, convirtiendo una imagen en una experiencia sensorial vibrante.

Llegó por primera vez a Costa Rica en 1959, al casarse con Lola Fernández, mi abuela, relación que lo vinculó estrechamente a la intelectualidad y el entorno artístico de su generación. Gracias a su aguda sensibilidad, captó la esencia de cada lugar y cultura.
En nuestro país, reconoció de inmediato la riqueza estética del arte precolombino y creó réplicas exactas de piezas originales para su difusión internacional. Además, desarrolló otros proyectos innovadores, como juegos infantiles de modelos arquitectónicos para armar, los cuales fusionan arte y aprendizaje. Sin embargo, estas iniciativas no alcanzaron una producción a gran escala. Hoy, tanto este proyecto educativo como su esfuerzo por difundir el arte precolombino costarricense se revelan como visiones adelantadas a su tiempo.

Innovó en el medio con su propuesta plástica, creando una amplia variedad de tapices murales en colaboración con artesanos locales. Con el tiempo, su paleta de color se volvió más tropical. El proceso creativo de cada tapiz seguía una metodología precisa, con atención y cuidado en cada paso, también transformó la cabuya -material tradicionalmente empleado para los sacos de café– en un soporte innovador para su propuesta artística y gráfica, fusionando su sensibilidad y creatividad del uso de materiales locales como recurso plástico.
Así mi abuelo dividió su tiempo entre Costa Rica y Suiza, manteniendo su taller en Ginebra durante más de siete décadas, tanto como su taller en San José, este vaivén constante entre ambos países marcó profundamente su vida y su obra, permitiéndole nutrirse de las influencias de dos culturas distintas y consolidar una visión artística única, que celebra la universalidad de lo local.
Fue un gran ser humano que supo entender y valorar los pequeños detalles de la vida en el mejor sentido de la palabra, sabía vivir. Recuerdo que siempre tenía con él un pequeño radio, su compañero con el que escuchaba música clásica. Lo llevaba al jardín después de almorzar o a su taller, donde pasaba largas horas sumergido en su trabajo creativo. Una persona discreta y observadora. Mis recuerdos están cargados de su presencia y sus enseñanzas, de sus gestos, imposibles de resumir con palabras.

La memoria de Jean-Pierre Guillermet trasciende la figura del artista; fue un verdadero puente entre culturas, un creador cuya obra refleja una visión del arte como un lenguaje sin fronteras. Desde sus figuraciones hasta sus abstracciones, su trabajo abarcó una vasta gama de formas, plasmándose en lienzos, murales, tapices, serigrafías sobre cabuyas, vestuarios y hasta en innovadoras propuestas para la educación infantil donde el arte se vuelve objeto, herramienta y juego.
Sus obras son la geografía de su vida, los lugares que habitó y las atmósferas que lo envolvieron. Puedo asegurar que creaba desde un lugar lleno de amor, alegría y conmovedora ternura. Su legado vive en su obra y en la inspiración que dejó en quienes tuvimos la fortuna de conocerlo. Intuyo que su arte será una revelación para aquellos que aún están por descubrirlo.
*La autora de este artículo es artista.