Alí Víquez (ALI.VIQUEZ@ucr.ac.cr). 22 agosto
Don Quijote y Sancho Panza en el monumento a Miguel de Cervantes, en Madrid. Foto: Shutterstock
Don Quijote y Sancho Panza en el monumento a Miguel de Cervantes, en Madrid. Foto: Shutterstock

Es 1575. Faltan tres decenios para que el Quijote salga a recorrer los caminos del mundo. Un soldado joven aún, pero ya con seis años de experiencia en las guerras, vuelve a España por el Mediterráneo, en una nave llamada Sol, parte de una flotilla de galeras. El nombre del barco resultará una ironía. Miguel de Cervantes ha salido de Nápoles, confiado en que la suerte le sonreirá a su regreso, pero el destino tiene por hábito reírse de nuestros planes. Una tormenta ensombreció el horizonte y alejó al Sol de las otras naves.

Frente a la costa francesa, los piratas berberiscos atacan a este barco oscurecido, solitario e incapaz de ofrecer resistencia. Matan al piloto y capturan a Cervantes. Entre las posesiones del soldado, va una carta dirigida al rey español y firmada por don Juan de Austria y el duque de Sessa, en la que se recomienda concederle una capitanía por su destacado servicio. El documento, que debía proporcionarle un ascenso, se convierte en soga para su propio pescuezo. Los turcos leen la carta y deciden creer que aquel era un importante personaje en España, cuyo rescate debía fijarse muy alto. Nunca pudo pagarlo su humilde familia: cinco años de cárcel lo aguardaban. Para alguien como él, que en varias ocasiones pone en boca de don Quijote que la libertad es el mayor bien del que puede disfrutar un ser humano, el encierro es la más dura de las experiencias.

La literatura suele dar segundas oportunidades, aunque sea tarde y a un enorme costo. De este episodio extraerá Cervantes la historia del Cautivo, que consta en tres capítulos de la Primera Parte del Quijote. Eso es el Quijote: una brillante lección, llena de humor, acerca de cómo convertir la derrota en una obra maestra.

Vivimos siempre expuestos a la derrota. Los enemigos son numerosos. Bien lo entendió Alonso Quijano el Bueno, que antes de ser don Quijote ha leído todos los libros de caballerías y conoce al dedillo la lista de villanos propensos a la ruindad envidiosa, y sospecha la presencia de otros más, renovados, innombrados, ocultos a la vista: turbios hechiceros que aguardan sin revelarse, deseosos de ensombrecer la vida. Un día se harán sentir y habrá destrozos. Pero no podemos rendirnos de antemano: eso lo sabe don Quijote, cuya valentía no disminuye ante el poder maligno con el cual se enfrenta.

Ahora bien, lo cierto es que don Quijote no experimenta únicamente fracasos. Un conteo minucioso nos revela que, a través de los 126 capítulos de las dos partes del libro, don Quijote se ve envuelto en cuarenta disputas violentas. El marcador final es un empate: el de la Triste Figura vence en veinte ocasiones y es vencido en otras tantas. Así que no asumamos que este personaje es el eterno perdedor: Sansón Carrasco, trasmutado en el Caballero de la Blanca Luna, conseguirá tumbarlo hacia el final, pero eso no quita que varios capítulos atrás limpiamente don Quijote lo hizo morder el polvo.

La relación de don Quijote con la derrota es más compleja que una simple contabilidad de los casos en que el personaje participa. Implica la esperanza, porque un valiente sabe que primero le quitarán la vida que el coraje, y si la voluntad de ofrecer resistencia se mantiene, ninguna batalla está perdida hasta que la muerte la hace desaparecer. Si estoy, estoy luchando, y si ya no estoy luchando, es porque no estoy: la muerte no logra vencerme en la batalla, solo puede hacer que ya no exista la batalla. Implica la desesperanza, exactamente por las mismas razones: al final, no habrá poesía que no sea borrada por el largo brazo de la muerte, no habrá libro capaz de resistírsele, ningún arte escapará de sus tinieblas.

Leer el Quijote es habitar el mundo en que el arte, consciente de su propia fugacidad, se niega a admitir la derrota antes de tiempo. Aquí me he limitado a narrar uno de los episodios biográficos más dramáticos de Cervantes; lo cierto es que el fracaso lo visitó con frecuencia. Con el áspero material que le proporcionaron sus experiencias adversas, Cervantes construyó un monumento que, a la larga, será primero polvo y después nada. Pero es un monumento que celebra la capacidad de volver a levantarse, la renovada posibilidad de obtener algunas victorias momentáneas, el coraje de enfrentarse al enemigo sin más armas que la voluntad de instaurar la belleza. Nos cuenta la historia de un personaje decidido a que la Mancha se convierta en el lugar de sus sueños más hermosos.

Es un monumento que, en estos tiempos oscuros, de encierro, podemos visitar libremente.

El autor es escritor y catedrático de la Universidad de Costa Rica.