Áncora

Incitación a visitar la Mancha

Después de más de cuatro siglos de merodear por nuestras conciencias, El Quijote sigue siendo el héroe cultural por antonomasia de Occidente.

Don Quijote y Sancho Panza en el monumento a Miguel de Cervantes, en Madrid. Foto: Shutterstock
Don Quijote y Sancho Panza en el monumento a Miguel de Cervantes, en Madrid. Foto: Shutterstock
Don Quijote y Sancho Panza en el monumento a Miguel de Cervantes, en Madrid. Foto: Shutterstock

Es 1575. Faltan tres decenios para que el Quijote salga a recorrer los caminos del mundo. Un soldado joven aún, pero ya con seis años de experiencia en las guerras, vuelve a España por el Mediterráneo, en una nave llamada Sol, parte de una flotilla de galeras. El nombre del barco resultará una ironía. Miguel de Cervantes ha salido de Nápoles, confiado en que la suerte le sonreirá a su regreso, pero el destino tiene por hábito reírse de nuestros planes. Una tormenta ensombreció el horizonte y alejó al Sol de las otras naves.

Frente a la costa francesa, los piratas berberiscos atacan a este barco oscurecido, solitario e incapaz de ofrecer resistencia. Matan al piloto y capturan a Cervantes. Entre las posesiones del soldado, va una carta dirigida al rey español y firmada por don Juan de Austria y el duque de Sessa, en la que se recomienda concederle una capitanía por su destacado servicio. El documento, que debía proporcionarle un ascenso, se convierte en soga para su propio pescuezo. Los turcos leen la carta y deciden creer que aquel era un importante personaje en España, cuyo rescate debía fijarse muy alto. Nunca pudo pagarlo su humilde familia: cinco años de cárcel lo aguardaban. Para alguien como él, que en varias ocasiones pone en boca de don Quijote que la libertad es el mayor bien del que puede disfrutar un ser humano, el encierro es la más dura de las experiencias.

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