
De vez en cuando sucede que, visitando un museo, hay que frenar el recorrido un momento. Es cuando uno siente que una obra lo observa: que una pieza lo estaba esperando para hablarle. Recientemente, me sucedió en Cuerpo y permanencia, la retrospectiva dedicada a Francisco Zúñiga en el Museo de Arte Costarricense (MAC). La colección de obras habla tanto que hay que frenar a cada rato.
Por supuesto, no hay nada novedoso en decir que Paco Zúñiga (1912-1998) era un gran artista, y si hace falta convencerse, basta con contemplar un rato a sus contundentes mujeres —ora hieráticas, ora sensuales—. Ver a tantas reunidas en el MAC constituye, aunque parezca mentira, un acontecimiento excepcional esperado por 40 años.
Cuerpo y permanencia (hasta el 29 de abril), bajo la curaduría de Esteban Calvo Campos y Ericka Solano Brizuela, reúne piezas de la colección del MAC y de colecciones privadas; considerando los costos de aseguramiento y transporte de obras como las esculturas y otras, muchas en México y otros países, es casi milagroso poder reunir esta cantidad en un museo estatal, aunque algunas exposiciones recientes han logrado reunir obras de excelente calidad.

La ventaja aquí, claro, es comparar y seguir una narrativa que, para Calvo, actualiza y renueva el interés por Zúñiga. “Siempre va a haber formas de de mirar, formas de interpretar, formas de exhibir (a los grandes maestros)”, dice el exdirector del museo.
“En el caso de esta muestra, es de una cantidad de obra de que conocíamos únicamente por catálogos, por libros, pues mucha está en manos privadas. La juntamos en esta ocasión, pero incluso esto no va a volver a pasar en mucho tiempo, no sé si, digamos, otros 40 años”, considera Calvo.
En busca de Francisco Zúñiga
Nacido en Costa Rica, Zúñiga empezó su trayectoria en el país, buscando un lenguaje propio que consolidaría en México a partir de 1936. Allí encontró un medio artístico en plena ebullición, que apreció sus acercamientos a la figura femenina, sobre todo aquella de comunidades que transitaban todavía hacia una modernidad ecléctica como es el México actual.
“No queríamos realmente reforzar la idea de que ya era un maestro cuando se fue de acá (como se mostró en la exposición del MAC de 1985, solo con obra hecha en Costa Rica), sino evidenciar el surgimiento, la consolidación de un artista importante”, dice Calvo. “Es un artista de talla internacional, latinoamericano”.
Como en todo, a lo largo de los años se fijaron algunas ideas como que se había ido por “resentimiento” o que hay un Zúñiga tico y uno mexicano. Según Calvo, en las conversaciones con su hijo Ariel encontró una relación más matizada, más de un tico trasplantado a México que conservaba muchas costumbres de acá, pero que también encontró una inspiración distinta allá.

¿Cuáles coincidencias o hallazgos hubo al contrastar esas piezas creadas en Costa Rica y las de México? “Son muchas. Desde relaciones formales, como elementos que tienen que ver con la composición que vemos en dibujos o pinturas tempranas que después vamos a ver en obra escultórica”, explica el curador.
“Y luego, entre elementos que se asemejan o se distancian, lo que tiene que ver con la paleta de color. Las obras realizadas en Costa Rica tienen lo que podríamos denominar una luz tropical, un color tropical, que se atenúa cuando llega a México. Las obras en México empiezan a tener tonos bastante uniformes, paletas más reducidas, muchas cercanas a tonos terrosos”, considera. “Creo que el impacto de ese terreno desértico lo hace ver un color y una luz diferentes”.
Asimismo, si bien la figura femenina aparece desde temprano en su creación, la iconografía indígena y mestiza no aparecen con tal claridad sino hasta los años 40, cuando se consolida como su sello personal.
“Mujeres erguidas, mujeres en la ventana, están desde obras tempranas en Costa Rica que veremos en obras posteriores. Una de las piezas que recibe al espectador, que forma parte de la colección del museo, son las Tres mujeres caminando, que es un recurso reiterado dentro de su producción, trabajando con las edades, siempre desde el punto de vista de la dignidad”, describe el especialista.

En ese sentido, las mujeres son protagónicas en la exposición; a lo largo de las salas, emergen como personajes de una vivacidad indeleble, distintas entre sí, sugerentes de una vida interna y a la vez, arquetipos provenientes de paisajes distintos.
Como explica el texto curatorial, “a través de la monumentalidad de sus figuras, el escultor otorga peso a la corporalidad y grandeza al gesto humano, transformándolo en un signo de universalidad que trasciende tiempos y culturas”.

Oportunidades para conocer a Zúñiga
En México, Francisco Zúñiga tuvo oportunidad de participar de un medio artístico nutrido, pero también oportunidades de crear obra pública y comisiones de mayor escala que las que pudo tener en nuestro país. Eso significó una colocación cada vez más firme en un panorama cultural que benefició su posición internacional.
De esa manera, su obra se empezó a vender y disgregarse, tanto en colecciones latinoamericanas como piezas colocadas en Estados Unidos, Europa o Japón. Es por ello que muchas de sus obras más grandes no necesariamente se han exhibido al público, y menos aquí en Costa Rica, aunque sí permanecieron varias piezas significativas en colecciones locales.
Para Calvo, incluso ese fue uno de los aprendizajes del proceso de producción de la obra. Con los cambios en tendencias de coleccionismo y de interés en tipos de arte, los coleccionistas nacionales ahora se inclinan más por temas que por artistas; en cualquier cosa, quienes tenían piezas de Zúñiga ahora irán cambiando, poco a poco, como todo.
Quizás eso signifique también otra oportunidad de ver al gran artista costarricense-mexicano de otra manera. Francisco Zúñiga es uno de esos gigantes cuya propia sombra lo puede oscurecer. Si ya sé que es genial, ¿qué puedo ir a aprender a una exposición de él? Bueno, por qué es quien es. Recorrer el Museo de Arte Costarricense estos días es sentir algo muy directo, muy claro: qué gran dibujo, qué gran pintura, qué gran escultura.
Pero toda admiración, para que valga la pena, debe ser complicada, y lo mismo sucede con las figuras de Zúñiga. Nada es tan secillo. La ventaja es que tenemos tiempo para descubrirlo en el museo.



