
Durante unos 2.700 años, millones de personas han leído La Ilíada y La Odisea como si fueran obra de un solo hombre: Homero. Eso es lo que dicen las portadas de las innumerables ediciones, eso reza la tradición y así se acomoda alfabéticamente en las bibliotecas, según el nombre del autor. Individuo. Un hombre. Un escritor.
Sin embargo, para los especialistas actuales, esa aparente certeza nunca ha existido. Desde hace más de dos siglos, la llamada “cuestión homérica” intenta responder una pregunta sencilla y tremendamente esquiva: ¿hubo realmente un poeta llamado Homero o ese nombre resume el trabajo colectivo de generaciones de narradores?
¿Describe un oficio, tal vez? ¿Es una forma de decir que es una herencia de narradores que llevaron de rincón en rincón el relato de Odiseo?
El renovado interés por la epopeya, impulsado por la adaptación cinematográfica de Christopher Nolan, devuelve esa discusión al primer plano, en particular por la guerra desatada en redes sociales en torno a traducciones del texto clásico.
Eso es materia de otro artículo. En todo caso, la autoría de Homero sigue en disputa. ¿Por qué?
¿Existió Homero?
Primero, debemos recordar que la llamada Europa occidental perdió memoria de las épicas de Homero por varios siglos. Tras la caída del Imperio romano de Occidente, el conocimiento del griego desapareció en buena parte de Europa y, con él, el acceso directo a La Odisea.
Mientras el poema siguió copiándose y estudiándose en el Imperio bizantino, donde nunca dejó de leerse (e incluso llegó a los grandes centros intelectuales árabes), en Occidente sobrevivió sobre todo a través de referencias y adaptaciones latinas.
Solo con el Renacimiento, gracias a la llegada de eruditos griegos que huyeron de Constantinopla y a la recuperación del estudio del griego clásico, la obra de Homero volvió a circular ampliamente entre los lectores europeos.
Hasta entrado el siglo XIX predominó la idea de que un poeta extraordinario había compuesto ambas obras hacia el siglo VIII a. C. Después aparecieron los llamados “analistas”, que sostenían que los poemas eran una suma de textos independientes reunidos con el tiempo.
Con los avances del estudio filológico, la arqueología y la historia, el asunto luce un poco distinto desde finales del siglo XIX y a lo largo del XX.
El helenista Gregory Nagy abordó el problema en el centro de su influyente libro Homeric Questions (1996). Un primer asunto es que los propios griegos proyectaban hacia el pasado sus formas de entender la sociedad y el arte: “Para los antiguos griegos, sin embargo, Homero no era solo el creador por excelencia de la poesía épica: era también el héroe cultural de la propia épica”.
Para Nagy, la evidencia apunta a que los poemas surgieron mediante un largo proceso de composición oral. Cada recital modificaba ligeramente la historia, hasta que siglos después una versión quedó fijada por escrito.
En ese sentido, “Homero” sería menos un autor individual que el nombre dado a una tradición poética. Naturalmente, el asunto académico es mucho más complejo, pero esto nos da una idea de las muchas inquietudes que despierta el debate.
Esa propuesta del “Homero” como una convención poética debe mucho al trabajo del filólogo estadounidense Milman Parry. En la década de 1930 demostró que las repeticiones, fórmulas y epítetos (como el célebre “la aurora de rosados dedos”) no eran defectos estilísticos, sino recursos propios de una poesía destinada a ser cantada y memorizada antes de existir la escritura.
En su ensayo “The Classicist Who Killed Homer”, publicado por The New Yorker, Adam Kirsch resume el impacto de aquella investigación: los poemas “eran producto de una tradición oral, interpretada por generaciones de bardos anónimos que gradualmente les dieron la forma que hoy conocemos”.
Un trabajo colectivo, llevado a cabo durante siglos: la empresa de una sociedad, un deber común de preservar los relatos originarios de su cultura.

Autoría colectiva de ‘La Odisea’
Eso no significa que Homero nunca haya existido. Muchos especialistas consideran posible que hubiera un poeta excepcional cuya figura terminó fusionándose con siglos de tradición oral: alguien real dio pie a leyendas y convenciones.
La propia traductora Emily Wilson, cuya versión de 2016 adapta ahora Nolan, recalca que fue un trabajo de siglos, posiblemente, lograr fijar un texto como el que sobrevive hasta hoy.
“El lenguaje (de La Odisea) es una mescolanza de muchos dialectos distintos, lo cual recalca el hecho de que los cantores y narradores griegos vivían y desarrollaban sus leyendas en distintas localidades a lo largo del mundo grecoparlante”, explica Wilson en su introducción al texto.
Para ella, siguiendo a investigadores como Albert Lord, quizás haya ocurrido lo siguiente: en el siglo VIII a. C., más o menos, quienes portaban la tradición oral trabajaron de cerca con uno o varios escribas, ahora que volvía la escritura, y fijaron un texto que ahora conocemos.
Es decir, que habría sido un trabajo colectivo. Aun si fuera un solo individuo, el texto evidencia que el autor (o autora o autores) sabía de la pluralidad de versiones de pasajes y personajes de la obra; por ejemplo, las aventuras de Jasón y los Argonautas, antiguas leyendas sobre quienes residían en la distancia y los monstruos que tienen a veces orígenes contradictorios.

Sin máquina del tiempo o alguna evidencia arqueológica que nos lo demuestre, solo podemos seguir trabajando en conocer más y mejor lo que tenemos a mano. Es probable que nunca sepamos si hubo “Homero” o no.
Pero el texto prevaleció y siguió cambiando con la cultura: ahora significa cosas que los antiguos griegos no podían imaginar, así como hay aspectos demasiado distantes para nosotros. El milagro es que La Odisea siga viva y continúe emocionándonos.
