
Al contrario que la voz meticulosa —casi quirúrgica— de sus personajes, la de Martín Kohan fluye a la manera de un río. Sus ideas corren caudalosas, cambiando de rumbo cada vez, pero volviendo finalmente a su cauce para arrastrar consigo certidumbres, sedimentos hechos de cómodas ideas preconcebidas sobre la sociedad y la literatura. “No soy un tipo relajado”, dice, “soy tenso”. Pero más que tenso, su decir es el de quien se sabe al acecho de ideas esquivas, contraintuitivas.
Con cerca de una veintena de títulos de narrativa, así como de varios ensayos marcados por su audacia reflexiva y su vocación formal, Kohan es hoy, según palabras del novelista español Andrés Barba, “uno de los dos o tres mejores escritores argentinos en activo”.
A propósito de la publicación de su última novela, La separación (Anagrama), Áncora conversó con Kohan sobre literatura, política y sobre su modo de encarar la escritura y la lectura.
- ¿Por qué te parece que sigue teniendo sentido el empeño de escribir en tiempos como estos?
-Creo que, en términos generales, si uno supone que necesita un impulso externo para escribir, o que depende de una motivación dada por las condiciones existentes, ya está haciendo una elección equivocada. Es verdad que las condiciones actuales son particularmente desalentadoras. Pero en ninguna de las épocas que me han tocado vivir —y ya por mi edad me han tocado varias— mi disposición o impulso de escritura quedaron sujetos a que las condiciones generales fueran más o menos estimulantes.
“El motor de la escritura es el deseo de escribir, el placer que escribir me produce. Me importa que haya buenas condiciones para que no solo mis libros, sino los libros en general, circulen y encuentren lectores. Pero no escribo por eso. Escribo porque me gusta hacerlo”.
-Para algunos autores contemporáneos, la literatura es la única capaz de decir la verdad precisamente porque suspende, mediante la ficción, el contrato que rige nuestras creencias habituales. En un momento en el cual la política es capaz de tornar verdadera casi cualquier mentira, ¿qué papel te parece que juega la literatura?
-Cuando pensamos las relaciones posibles entre literatura y realidad, ya no podemos pasar por alto el grado de trastorno que la realidad ha llegado a asumir.
“No me refiero solamente a la gravedad de lo que ocurre, sino al desconcierto que produce respecto de ciertos parámetros que creíamos relativamente estables, incluso para comprender las atrocidades. Una guerra mundial podía ser desgarradoramente terrible, pero respondía a cierta racionalidad. Incluso los hechos más abominables de la historia conservaban algún principio de inteligibilidad.Uno podía decir: esta es una guerra imperialista; esta es una guerra entre potencias disputándose mercados.
“En Argentina pasa algo parecido. Políticas de empobrecimiento general acompañadas por dispositivos represivos ya las vivimos. Eso ya ocurrió, tanto en dictadura como en democracia. ¿Estamos otra vez frente a eso? Sí. Pero hoy además está el componente de que todo está llevado a cabo por un presidente de la nación que dice que lo asesora el perro. Y ese elemento de delirio modifica el escenario".

-Y también modifica las posibilidades de éxito de los sectores democráticos, que históricamente partían del supuesto de que el otro lado atendía un cierto principio de racionalidad. Hoy eso pareciera haberse desmoronado.
-Sí. Estoy pensando en un cuento de Piglia, La loca y el relato del crimen. Hay una mujer que delira y, quien termina resolviendo el caso, parte de una idea muy interesante: dentro del delirio también hay una lógica.
“No se trata de una lógica que desactive el delirio; no consiste en decir: “en realidad no estaba delirando”. Al contrario. Se trata de descubrir cuál es la lógica interna del delirio.Porque no es nuestra lógica.
“No podemos juzgar el delirio desde afuera, con nuestros propios parámetros. Hay que detectar la racionalidad que organiza ese delirio. Con Milei pasa algo parecido. Hay una lógica. El problema es descubrirla. Una vez que lográs codificarla y entender cómo funciona, recién ahí podés empezar a pensar cómo desarticularla. Pero, efectivamente, la realidad cambió. Y eso obliga a replantear la vieja pregunta por la relación entre literatura y realidad.
“Hasta hace unos años uno podía discutir esa relación dando por supuesto que existía un determinado pacto de verosimilitud acerca de lo real. Hoy eso mismo está alterado.Los pactos de verosimilitud que organizan la ficción siempre dialogan con los pactos que organizan la realidad. Pero si esos pactos, en la realidad misma, se trastornan, entonces la pregunta por la literatura necesariamente cambia de forma.
-En La separación hay, sin embargo, un deseo de realidad, una demora con respecto a los detalles más concretos, más materiales, más específicos de lo real.
-Eso tiene que ver con Saer. Porque creo que tu pregunta por la relación entre literatura y realidad está muy bien planteada, pero yo me siento —ante todo como lector, aunque también cuando escribo— bastante desapegado de la tradición realista.
“Creo que una de las grandes virtudes de la literatura argentina del siglo XX es que su canon terminó organizándose alrededor de una tradición que incluso podríamos llamar antirrealista. Si uno trazara esa línea, empezaría con Macedonio Fernández; seguiría con Borges; después podría pasar por Cortázar y Saer.
“Son escrituras que no subordinan la literatura a la representación de la realidad y eso me interesa mucho. No porque el reverso del realismo sea necesariamente lo fantástico. Borges y Cortázar escribieron literatura fantástica, claro. Pero la cuestión es otra. Lo que me interesa es pensar una relación con la realidad que no dependa de que la literatura esté al servicio de dar cuenta de ella. Porque, si ocurre eso, la literatura queda subordinada a aquello que pretende representar”.
-De ahí que en La separación la realidad aparezca, pero no simplemente para ser reproducida.
-Exactamente.No para dar cuenta de ella. Entonces enseguida aparece una objeción bastante habitual: “Bueno, ¿eso significa escapismo?” Yo diría que no.Es otra manera de construir esa relación. Y ahí hay algo que Saer hace extraordinariamente bien(al igual que Proust) y es algo que tiene que ver con la percepción. Hay una fórmula al respecto—creo que fue Beatriz Sarlo quien la utilizó al hablar de Saer— que siempre me resultó muy iluminadora: narrar la percepción.

-Lo que lleva a un problema colindante, que es el de la atención. En tu novela se lleva a cabo una especie de estudio acerca de la atención…
-La palabra “atención”me parece fundamental. La cuestión es justamente en qué se detiene la mirada. ¿Cuánto se hace durar esa mirada? Ahí cambia completamente el problema. La percepción deja de ser un instrumento al servicio de la narración y pasa a convertirse en el objeto mismo de la narración. Entonces ya no se trata de representar una realidad social, como en cierta tradición realista.
“Lo que entra en el texto son materiales de la realidad, sí, pero transformados por la narración de la percepción. Y eso produce un efecto muy fuerte sobre quien lee. Porque cuando terminás de leer y volvés al mundo, ya no mirás igual”.
-Este es el caso, justamente, de la experiencia de lectura que se plantea en tu libro: tras la lectura, uno retorna desplazado, se descubre uno percibiendo la realidad de otra manera…
-Claro, porque incorporaste un dispositivo perceptivo que antes no formaba parte de tu relación con el mundo. Y ahí la literatura modifica algo. Desacomoda. Quiebra un régimen de percepción. Aunque no sea exactamente lo mismo. Lo importante es esa intuición de que existe un régimen perceptivo propio de la vida cotidiana y de que la literatura puede intervenir sobre él.
“Entonces ya no tenemos una literatura subordinada a reproducir la percepción ordinaria. Tenemos una literatura que altera esa percepción”.
-En ese sentido, La separación no se comporta como la novela de viajes que aparenta ser, sino como una especie de estudio de la percepción.
-Es más bien una especie de novela de transporte habrá que decir: de desplazamiento. O de quietud.
-Tampoco es un relato iniciático.
-Yo te diría al revés: es un relato de desenlace. No es la iniciación amorosa: es el final. O el temor al final.
-Quizá porque su tema es el final, la novela avanza sin prisas.
-Exactamente. El apuro hubiera destruido el libro. Había que sostener esa temporalidad. Porque justamente el viaje permite eso. En la vida cotidiana siempre sentimos que falta tiempo. En un viaje largo, en cambio, el tiempo se dilata. Y esa dilatación permite que aparezcan otras cosas. Recuerdos. Asociaciones. Pequeñas observaciones. Todo aquello que normalmente queda tapado por la urgencia.

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