
¿Les ha pasado que se encuentran ante un escenario gigantesco, una cordillera montañosa, el mar, y se sienten diminutas? Esa sensación sublime es un espacio de potente reflexión porque nos da perspectiva de nuestro lugar y momento en el mundo: me sucede cuando intuyo que ahí hay algo más de lo que una vista rápida puede ofrecer, cuando sé que hay miradas profundas posibles.
Algo de esa sensación me acompañó al entrar a Los territorios que habitamos en los Museos del Banco Central de Costa Rica. Al bajar las gradas del edificio subterráneo, me detuve admirando el panel de ingreso que cae hacia el suelo como si quisiera advertirnos que lo que viene no cabe en una definición sencilla de territorio.
La muestra no está interesada en el territorio como mapa ni como borde administrativo. La curaduría de María José Monge organiza el recorrido en tres núcleos que cuestionan los lugares comunes sobre el paisaje, los efectos de la urbanización sobre él y su lugar como hábitat compartido. A eso se suma una selección amplia de técnicas, épocas y artistas, que obliga a mirar el arte costarricense como una conversación larga, no como una sucesión de estampas aisladas.
Esa amplitud hace que la exposición sea menos una lección cerrada y más una invitación a transitar. Y la palabra importa: algunas investigadoras como Maribel Boyacá-Muñoz et al. han propuesto que transitar es recorrer, venir, ir, observar y reobservar; incluso perder el rumbo puede convertirse en una forma de conocer.
Esa idea me parece fundamental para leer la exhibición: no se avanza por ella como quien “consume” imágenes, sino como quien prueba una relación con el espacio. El territorio deja de ser un objeto afuera de nosotros y empieza a aparecer como una trama de signos, afectos, memorias y disputas.

Relación con el territorio
Esta noción, y el disfrute de las imágenes que nos refieren al territorio, está estrechamente relacionada con la definición de Gastón Bachelard de la topofilia: el amor por los lugares, o más precisamente, el valor humano de los espacios que sentimos como propios, defendemos o queremos. Lo interesante es que, en esta exposición, ese afecto por el lugar no se presenta de manera ingenua. Se trata de celebrar el paisaje costarricense y preguntarse qué tipo de relación hemos construido con él, y quiénes han podido habitarlo realmente como refugio, como derecho o como pertenencia. Ejemplo de esto es que hoy conversar sobre vivienda es hablar de imposibilidad e incertidumbre, por lo que la muestra toca una fibra muy actual.

Entre mis personas cercanas es común percibir el acceso a la tierra con una mezcla de humor negro y cansancio: ¿quién logró alquilar; quién tuvo que irse más lejos para vivir en un espacio que cumpliera sus necesidades; quién todavía sueña con una casa que tenga patio? En un ejercicio imaginativo sobre cuánto terreno le correspondería a una familia costarricense en un reparto igualitario, me sorprendí descubriendo que hay tierra más que suficiente para quienes habitamos este país.
Sin embargo, lo verdaderamente revelador no fue el número de m2 que corresponderían a cada familia, sino otra cosa: incluso cuando jugamos a fantasear, nos cuesta imaginar la tierra como vínculo y no solo como propiedad. Tal vez por eso la exposición incomoda en el mejor sentido: porque nos recuerda que el territorio no debería ser únicamente lo que se posee, sino también lo que nos constituye.
En esa línea, me resultó iluminador recordar la formulación de Luis Durán sobre el paisaje: lejos de ser un objeto preexistente o una simple postal, es una manera particular de participar del mundo. Vista así, Los territorios que habitamos no nos pide admirar imágenes de montañas, ciudades o cuerpos en relación con la naturaleza; nos pide revisar de qué modo hemos aprendido a mirar y sentir esos espacios.

El paisaje se vuelve experiencia e intervención. Y una experiencia, como bien sugiere esa lectura, compromete cuerpo, historia, memoria y movimiento.
Si la primera exposición me hizo pensar en dónde estamos, la segunda me obligó a preguntarme desde dónde miramos. Reflejos en ojos ajenos parte de una operación muy sugerente: Giorgio Timms selecciona obras de la colección del Banco Central que le resultan significativas y produce, a partir de ese diálogo, un conjunto de fotografías nuevas.
No se trata, según explica el proyecto, de ilustrar ni de “actualizar” las obras, sino de dejar que la mirada del fotógrafo se cuele entre ellas. En sala conversan fotografías de Timms con obras de la colección, en relaciones que remiten a la historia del arte, de la fotografía y del cine, pero también a recuerdos de la propia biografía del artista.
Eso nutre la experiencia del visitante. Las imágenes ya no son solo lo que muestran, sino también el modo en que otra mirada las ha elegido, encuadrado y puesto a resonar. Hay algo profundamente contemporáneo en esa operación: mirar nunca es un acto inocente; siempre llegamos a las imágenes cargando una memoria visual, un archivo íntimo, una historia personal.

Reflejos y límites
Por eso me parece acertado que la curaduría hable de “reflejos” y de tensar los límites entre lo público y lo privado. En esa exposición, lo ajeno nunca permanece del todo lejano. Las fotos y las obras terminan actuando como espejos oblicuos: no nos devuelven a nosotros de frente, pero sí dejan ver qué tipo de observadores somos.
Tal vez ahí reside el mayor mérito de ver ambas muestras juntas. Los territorios que habitamos cuestiona la manera en que imaginamos nuestros vínculos con la tierra, el paisaje y el hábitat; Reflejos en ojos ajenoscuestiona la manera en que imaginamos a los otros y, por extensión, a nosotros mismos.
Una desestabiliza la ilusión de que el territorio es solo una superficie disponible, un recurso ante el que el arte se ha rendido a representarlo pasivamente; la otra desmonta la ilusión de que mirar es un acto neutro. Entre ambas exposiciones se abre una pregunta ética que va más allá del arte: ¿cómo habitamos este país y cómo aprendemos a ver a quienes lo habitan con nosotros?
Salí de los Museos con la impresión de que estas exposiciones no tranquilizan, al contrario, nos sacan de relatos cómodos sobre la naturaleza, la identidad y la imagen. Y en esa incomodidad hay un regalo. Porque habitar de verdad un territorio no consiste en poseerlo ni en repetir sus postales más conocidas, sino en aceptar que nos transforma, nos discute y nos obliga a mirar otra vez. También mirar mejor.