
La obra de Alessandra Sequeira Garza no nace del vacío, sino del impacto. Su práctica artística es la respuesta directa a una situación adversa y desgarradora vivida a los cinco años; un evento que no solo fracturó su narrativa personal, sino que se alojó físicamente en su brazo izquierdo, convirtiéndose en un trauma silente pero omnipresente. Esta «vivencia sustancial» es el registro de una disociación: el momento en que el cuerpo, para sobrevivir al dolor, se fragmenta. Lo que hoy vemos en sus textiles es el mapa de un regreso; la travesía desde ese quiebre hasta la reconexión con un cuerpo sensible que clamaba por ser escuchado.
Utilizando el arte como catarsis, Sequeira recurre a la aguja y la fibra para iniciar un ritual de reparación. Apoyada en procesos terapéuticos de vanguardia, como la técnica de Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares, la artista utiliza el movimiento rítmico del tejido para «reprocesar» el dolor estancado.
El trauma aparece bajo la forma de la célula primigenia. No se trata de una entidad biológica, sino de una «célula mental» aprisionada. Técnicamente, esto se manifiesta en nudos de materia densa y oscura de donde brotan luz y sombra simultáneamente. Es la representación visual de la parálisis: un núcleo que absorbe la energía vital y refleja la tensión física y psíquica de la crisis.
En sus series precedentes, Sinapsis (2013) e Interconexiones (2016), Sequeira articuló una morfología de dendritas y entramados sinápticos que emergieron inicialmente como visiones oníricas. Aunque entonces no se vinculaban conscientemente con el trauma, estas redes operaban como representaciones de la destrucción, sugiriendo una psique que intentaba cartografiar su propio colapso antes de poder nombrarlo.
A diferencia de sus etapas previas, en esta propuesta —y con especial énfasis en su instalación Enraizada— la trama se erige como un sistema de sostén donde el hilo trasciende su caída natural para entrelazarse en complejas arquitecturas neuronales. Esta evolución formal dialoga directamente con la materialidad del brazo, transformando la fibra en una terapia de movimiento genuina.
Dicha pulsión se traduce en obras donde las composiciones emergen de un centro denso y se expanden hacia los bordes en un crecimiento centrífugo que sugiere liberación emocional. Es a través de este gesto manual que el brazo izquierdo —epicentro de su memoria traumática— logra una reintegración somática, recuperando su potencia absoluta como herramienta de creación y resiliencia.
La narrativa cromática actúa como un barómetro de la herida. El rojo vibrante se manifiesta con fuerza visceral, evocando la urgencia de la herida abierta. En contraposición, los tonos negros introducen una dimensión de silencio y vacío; representan lo que ha sido consumido por el fuego del trauma, utilizando líneas oscuras sobre fondos claros para delimitar el dolor.
Finalmente, la irrupción de azules y turquesas señala un cambio de paradigma hacia la calma espiritual y la fluidez acuática, sugiriendo que la materia ha entrado en sus etapas más avanzadas de regeneración profunda. Sus obras son una «alquimia del dolor» que busca sensibilizar sobre la importancia de la salud mental y la prevención.
Sequeira Garza logra que el arte abandone la pasividad estética para convertirse en una exploración táctica de la conciencia. La serie Enraizada se exhibe actualmente en la sala de las Garantías Sociales del Museo Rafael Ángel Calderón Guardia y estará disponible hasta el 11 de abril de este año.