
Quienes disfrutamos de la lectura no solo como de un pasatiempo sino como una forma de vida, y en particular quienes amamos el terror sobrenatural, no podemos más que concordar con la afirmación de Isabel Gamboa, autora de Llegaron las visitas, cuando dice que este género “puede ser la salvación de una vida espantosa”.
La afirmación podría referirse a la salvación de la persona que escribe, pero si solo fuera así estaríamos negando el papel de la literatura como un vehículo que comunica algo más que una historia real o ficticia de manera superficial. Difícilmente podemos negar que una de las funciones de la literatura es lograr una comunión entre quien escribe y quien lee que alcanza el nivel de los afectos y emociones.
Salvar vidas es algo que necesariamente pasa por el mundo de las emociones, pero también estas están presentes en los genocidios, los prejuicios y todas las formas que habitan el reino del odio. En particular, cómo es posible que emociones negativas generadas a partir de un cuento puedan generar placer.
¿Cómo es posible que derivemos un estado positivo a través de la tragedia o del terror? Ya Aristóteles plantea una posible respuesta, la literatura se fundamenta en la imitación o mímesis y la mímesis nos causa placer, aun cuando lo que se imite sean estados emocionales y afectos negativos. Se ha interpretado que la mímesis estaría acompañada en estos casos por una fuerza catártica: al enfrentarnos a situaciones de tristeza y de terror, sin estar directamente implicados en estas, experimentamos una especie de alivio psicológico.
En los últimos dos siglos se han planteado desde la filosofía objeciones y contrapropuestas a la tesis aristotélica. En particular, se ha discutido el efecto de la literatura sobre las emociones. Las concepciones contemporáneas en psicología consideran que una de las características principales de las emociones es que nos preparan para la acción. Así, el sentir miedo puede prepararnos para enfrentar una posible amenaza; por ejemplo, al escuchar los ladridos de un perro esta emoción podría tener un efecto para preparar la huida o la evitación del peligro.
Kendall Walton ha señalado que la literatura de terror no tiene esta vinculación con la acción, leer a Poe no parece facilitar un determinado un rumbo de acción para evadir el peligro. Por ese motivo este filósofo ha propuesto que el terror en el arte más que emociones provoca quasiemociones.

Por otra parte, la filósofa Susan Feagen trata de explicar el placer que provocan las ficciones del terror o la tragedia proponiendo que, si bien estas provocan emociones negativas como el dolor, la tristezan el enojo o el miedo, existe una especie de metarespuesta positiva en la persona lectora o espectadora al auto percibirse teniendo las reacciones correctas ante ciertas situaciones, por ejemplo, enojo ante la injusticia o miedo ante el peligro.
Si bien estas distinciones parecen muy sutiles, creo que son relevantes para evitar que la afirmación de Isabel sea interprete desde una perspectiva ingenua.
Pensemos en la literatura, sea de terror o no, que genera estados emocionales negativos y el desenlace de la vida de quienes la escribieron. De algún modo parece cierto que la literatura salvó la vida a H.P. Lovecraft, ¿pero estaríamos de acuerdo con que hizo otro tanto por la de Silvia Plath o Alejandra Pizarnik? Pienso que deberíamos entender la frase de Isabel Gamboa en el sentido de que “salvar vidas” es caer en un estado superior a la felicidad aun en medio del desastre.
Parodiando a Sábato, quisiera proponer que el terror nos conduce a un estado en el que somos casi felices, pero lo somos inmensamente.
Ya sea que aceptemos que el terror sobrenatural provoque en las personas lectoras un efecto de catarsis, lo cierto es que los nueve cuentos de Llegaron las visitas nos hacen viajar por ese estado de cuasifelicidad inmensa que se genera a partir de los más terribles habitantes de la imaginación y lo hace como desde una especie de catálogo por distintas tradiciones del terror sobrenatural.

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Sin ser estrictamente terror sobrenatural, La cura es el fin del mundo es desde mi perspectiva uno de los textos mejor logrados de la colección. El cuento se enmarca en el género de la ciencia ficción postapocalíptica, dentro de la tradición de una novela como La carretera de Cormac McCarthy.
En este caso se trata de una pareja de mujeres en un automóvil en el contexto de una peste, quienes exhiben sin problema su crueldad en busca de la supervivencia. Publicado a pocos años del fin de la pandemia, el cuento tiene resonancias claras en las personas lecturas y el giro que toma es realmente inesperado: más que remitir al tradicional final propio de las nociones milenaristas el texto sugiere una suerte de historia cíclica y lo terrible parece ser más bien, como reza el título, que el mundo no se acabe.
“Nada mejor que alucinar” se inscribe en cambio en la tradición de los cuentos de fantasmas. Es interesante que, a pesar de que hoy estos se recuerden más por la obra de escritores como Benson y Henry James, este género se desarrolló de manera importante por parte de escritoras anglosajonas de la época victoriana, como es el caso de Elizabeth Gaskell y quizás esto tiene que ver con el hecho de que fuera muchas veces considerado un género menor.
Tradicionalmente los cuentos de fantasmas recurren a la narración en primera persona. Este recurso genera cierta inestabilidad al relato que oscila entre la subjetividad y la objetividad. Es frecuente que la narración esté a cargo de un caballero educado y sobrio cuya credibilidad inclina la balanza hacia la objetividad. Por otra parte, siempre la perspectiva de la primera persona hace inevitable que se introduzca la sombra de la duda.

Esto genera una cualidad de extrañeza e incertidumbre propia de lo fantástico. Isabel Gamboa nos propone en su texto una vuelta de tuercaen ese binomio objetividad-subjetividad. Casi todo apunta hacia la interpretación objetiva y eso destruye en principio la ambigüedad típica del género: no solo la narración parece estar a cargo de una entidad omnisciente, sino que la protagonista es una investigadora académica que se sumerge en el mundo de un hospital psiquiátrico, colocándose claramente del lado de la objetividad, en contraste con las personas internadas y en particular con las historias de los expedientes de mujeres que ella analiza.
De este modo, la aparición de un fantasma parece no permitir a la persona lectora dudar. Si nos salimos del ámbito de la ficción, es evidente que el cuento nos remite a la labor realizada por la misma autora en su papel de investigadora académica que analiza las no menos terroríficas historias, en este caso no ficticio, en el ámbito psiquiátrico con su libro El sexo como locura.
En este sentido, regresando a “Nada mejor que alucinar”, la ficcionalización no parece provenir del relato de una aparición sino de la invención fantástica y perversa de las patologías. Son los expedientes los que se colocan del lado de la ficción. La lucidez termina aquí siendo tratada como alucinación, y a pesar de las consecuencias, como sugiere el título Nada mejor que alucinar.
Entre los mejores textos de la colección se encuentra también Dentro de la montaña. Lo que parece ser una especie de narración criptozoologíca concluye con un cierre inesperado donde lo sobrenatural deviene natural. Esto recuerda a los cuentos de Chesterton en los que un hecho aparentemente inexplicable termina dando paso a una explicación racional.
Sin embargo, mientras que el Padre Brown logra siempre cerrar los vacíos para mostrarnos que habitamos en mundo estrictamente racional, en el cuento de Isabel Gamboa siempre quedan hilos sueltos. La investigadora que persigue a esa extraña y elusiva criatura por parajes recónditos no puede reducir el universo a los estrechos límites de la mente humana.
Una solución similar aparece en “El maleficio de una buena familia”. En cambio, “Un exorcismo para Arneo”, transita de principio a fin en un ámbito sobrenatural. A pesar de ello, la materia sobre la que construye este cuento es la de las relaciones de poder que se manifiestan mediante el colonialismo, las asimetrías por género y la religión.
En general, los cuentos de Isabel Gamboa van oscilando entro el plano de la realidad y la fantasía, precisamente allí donde el límite es el mundo de lo onírico. En este tenso equilibrio es donde la autora nos muestra tanto el sin sentido de la realidad como la tenacidad de la fantasía. Y es precisamente allí donde es posible encontrar una cura, un salvavidas en medio de los mares de la cordura y la locura.