
El rey de este cuento desarrolla su acción en un mundo de opereta. Usa sombrero en lugar de corona de oro, bastón en reemplazo del cetro áureo –símbolo del poder concedido por Dios–, indumentaria de paisano bávaro y un par de sólidas botas de montaña. Se desplaza a pie, sin escolta ni carroza, y parece encontrar un maligno placer en desafiar precipicios, cuidadosamente escogidos entre los sitios agrestes de sus bellos bosques.
En intervalos aislados –que él cree de lucidez– asume su verdadera personalidad: es un rey del Medioevo, revestido de una túnica bordada en hilos de oro que cubre a medias una cota de malla y una armadura de hierro. Ocupa una embarcación de mediano calado, que utiliza un cisne blanco a guisa de motor fuera de borda. Su yelmo –llamado de la salvación– ostenta un par de gráciles alas, mientras su mano derecha ciñe una espada forjada sobre el más puro metal. Es Lohengrin –hijo del artúrico Parsifal– quien transita por un lago inaccesible y mítico.
Resolvamos el enigma
No sigamos ocultando el enigma a nuestro público lector: la inmensa mayoría sabe ya que hablamos de Luis de Baviera (Ludwig II), monarca que vive en un mundo de irrealidad, y a quien muchos súbditos –sus médicos entre ellos– apodan el Rey Loco. Por sus venas circula la más pura sangre de los Wittelsbach y de los Hohemzollern, cuyos ancestros –el uno bávaro y el otro prusiano– son evidencia de una endogamia que acabará con ambas estirpes y que es acaso la causa de un redundante trastorno mental. Sus miembros, sin embargo, saben poco de Gregor Mendel, estudioso monje cuyos estudios no serán conocidos sino hasta 1865.
En un primer momento, los extravíos del joven monarca no trascienden de algunos gastos, juzgados excesivos por el Consejo de Administración de Baviera, y que son aprobados a regañadientes. Una vez que nos encontremos en la mitad de una guerra francoprusiana –en la cual el soberano bávaro interviene forzadamente a favor de Bismarck– los enormes gastos no admitirán justificación política o económica.
Inicios de una relación histórica
Hacia 1864, Richard Wagner permanece exiliado bajo cargos de anarquismo e intentona revolucionaria. Su relación con Bakunin, y los actos sediciosos perpetrados en Dresde en 1948, lo han puesto en la mira de la Policía Estatal. Desde 1849 ha hecho pública su doctrina estética, bajo el título de La Obra de Arte del porvenir.
Una intricada relación con Napoleón III le ha permitido, en 1859, que el emperador autorice el estreno parisiense de Tannhäuser, cuya ejecución dará paso a uno de esos escándalos a los que los franceses debieron acostumbrarse en el mundo del Arte. Baudelaire se estatuye en uno de los primeros prosélitos del wagnerianismo galo, cuya división perdurará hasta los alrededores de 1930.
Ya para 1849, Richard Wagner ha publicado en Leipzig Das Kunstwerk der Zukunft (La obra de arte del porvenir), declaración de principios estéticos que debería idealmente culminar con la construcción de un gigantesco teatro de ópera germánica.
Hacia 1860, cuatro años antes de su coronación, Ludwig de Wittelsbach finaliza la lectura de Música y drama, ideario sobre el drama cantado que Wagner ha hecho publicar y en el que asoman los principios fundamentales del Gesamtkunstwerk, u obra de arte total. El análisis de ambas obras –a las que suma su presencia en una producción de Lohengrin en Múnich– hunde al aristócrata en un estado febril: anhela conocer a Wagner.
El mismo año de su Coronación (1864), el monarca asiste a una función de Tannhäuser que le entusiasma particularmente. A partir de ese momento, encarga al propio Pfistermeier, su jefe de Gobierno, una tarea de corte detectivesco: encontrar a Wagner y llevarlo consigo ante su presencia.
La pareja que cambió la Historia
Examinar la correspondencia entre el misógino rey de Baviera y un compositor que no era visto con ojos de simpatía en la corte bávara es una tarea apasionante. El antecedente de escándalo sexual que había reunido a su abuelo Ludwig I con la aventurera y bailarina Lola Montes, era aún reciente. En 1848, Ludwig I se había visto impelido a abdicar, debido a las reacciones moralistas de sus súbditos.
Fresco aún el escándalo, la voz popular empieza a llamar a Richard Wagner con el apodo de Lolus. Este, a través de su amante Cósima Von Bülow –hija de Franz Liszt y esposa del célebre director de orquesta Hans Von Bülow–, pide al rey de Baviera una suma de 200.000 gulden para satisfacer todas las deudas que su estilo de vida ha ido acumulando.
La correspondencia entre Wagner y el joven rey de Baviera no tiene nada que envidiar a la habitual entre dos enamorados: «dulce amigo, belleza de mi vida, único amado, fundamento de mi existencia, encanto de mi vida, amor fiel, mi todo santo y divino, mi postrer sueño mundano» son ejemplos de la forma en que Ludwig se dirige a su protegido. La prosa lírica de Wagner no se queda atrás: «Desde el más fiel corazón, y bajo dulces lágrimas, eternamente amante hasta la tumba».
En medio de los improvisados lirismos, hubo también reproches y conflictos, provenientes en su mayoría de los estrenos de las obras wagnerianas. En la correspondencia del músico con Cósima von Bülow campean expresiones que aluden directamente a Ludwig como el casto loco. A raíz de que la relación adúltera con ella se volvió de dominio público, el rey restringió su relación con el músico.
Empero, para abril de 1866, Ludwig II visitó a Wagner en su casa de Tribschen para gestar su reconciliación merced a un obsequio de 8.000 francos de oro. Las viviendas costosas, el tren de vida oneroso y las excentricidades del genio obtuvieron el mecenazgo del monarca, para quien el arte no era sino una santa, purísima y sublime religión.
Consolidación del gran teatro alemán
La idea –genial idea– que esbozara Wagner desde sus primeros escritos acerca de un teatro nacional para el drama lírico fue harto difícil de consolidar. Las ideas del monarca con relación al tema tendían mayoritariamente hacia modelos de salas de corte versallesco. Después de ímprobos intentos y estériles discusiones, se aprobaron los planos de Otto Brückwald, que conciliaban la idea original con la fundación del II Reich.
Para el emplazamiento, no tan cercano a Múnich como hubiera sido de esperar, se escogió la solemne Bayreuth, llamada desde entonces la colina sagrada. La mística idea, cuya primera piedra fue colocada el 22 de mayo de 1872, no podía ser cumplida, empero, sin un presupuesto de 400.000 marcos.
Inútil y vacuo sería narrar los avatares de ambos protagonistas de este hermoso cuento para cumplir su idea: lo que estuvo al borde de ser un estruendoso fiasco se convirtió en el mejor fruto de una neurótica relación.
Una sala de dimensiones apreciables, con acústica irrepetible y democrática ubicación de los oyentes, alcanzó su materialización con la tetralogía wagneriana en agosto de 1876. En la recta final de la ejecución de la obra, el monarca desapareció de la escena política y los negocios públicos debieron ser resueltos por avezados cortesanos. Al mejor decir de Henry Valloton –quien describió el interregno muchos años más tarde–: El rey se esconde en Bayreuth...
(Este cuento de hadas tendrá su final)