Roxana Hidalgo Xirinachs. 19 octubre
Una de las escenas del montaje de 'Edipo rey', que se presenta desde esta semana en el Teatro Nacional. Aquí, Ether Porras (más joven) como Edipo y Raúl Arias como el sacerdote. Fotografía: John Durán.
Una de las escenas del montaje de 'Edipo rey', que se presenta desde esta semana en el Teatro Nacional. Aquí, Ether Porras (más joven) como Edipo y Raúl Arias como el sacerdote. Fotografía: John Durán.

El retorno a los orígenes míticos, a las oscuras y a la vez iluminadoras imágenes mitológicas, sigue presentándose como un camino apasionante para comprender la realidad contemporánea. La interpretación de los mitos griegos cultivada hace 2.500 años por los antiguos poetas trágicos sigue ofreciendo –aun hoy– formas cautivadoras para comprender los lazos que unen las experiencias subjetivas con el contexto histórico en una época determinada.

Un relato milenario

Edipo rey no solo es considerada por muchos especialistas la obra maestra de Sófocles, sino también la tragedia griega por excelencia. Parte de la fascinación que provoca viene de la estructura dramatúrgica que tiene, en la cual se pone en escena una especie de investigación criminológica mediante la cual Edipo, rey de Tebas, intenta averiguar quién es el asesino del antiguo rey; no obstante, al hacerlo, en realidad, está desarrollando un proceso de investigación sobre sí mismo.

El mito cuenta que Layo, rey de Tebas, recibe una profecía en la que se le advierte que su hijo lo matará y se casará con su esposa, Yocasta. El soberano decide abandonarlo en la montaña. Un pastor lo entrega a los reyes de Corinto, quienes lo crían como su hijo. Ya adulto, Edipo recibe una profecía en la que se le dice que está destinado a matar a su padre y casarse con su madre. Con el fin de evitar este destino, huye de Corinto. En el camino a Tebas mata, sin saber, a Layo, su progenitor.

Al llegar a Tebas, Edipo se enfrenta con la Esfinge, quien tiene a la ciudad sometida a una peste; al adivinar Edipo el enigma, ella se suicida. El pueblo acoge a Edipo como héroe y él se casa con Yocasta, la reina, con quien tiene cuatro hijos. La ciudad sufre de nuevo una peste y el oráculo exige que se expulse de la ciudad al responsable del asesinato del antiguo rey. Edipo asume la investigación y descubre que él mismo es el asesino de Layo y el esposo de su madre. Ante esta revelación, Yocasta se ahorca, Edipo se ciega a sí mismo y es expulsado de la ciudad.

En la tragedia, Edipo debe resolver ese otro enigma, sobre un asesinato del pasado, para poder levantar la maldición que pesa sobre la ciudad. En este proceso, su insistente búsqueda de la verdad lo lleva a enfrentarse con Tiresias, adivino ciego, y Creonte, hermano de Yocasta. Ante su tenaz interrogatorio, el adivino termina confirmándole a Edipo que él es el asesino de Layo, su padre; Edipo se enfurece y acusa a Tiresias de ser el instigador y cómplice del asesinato junto con Creonte.

Ante la llegada de Creonte, se produce otro fuerte altercado, en el que Edipo se niega a escuchar las explicaciones de su cuñado. Yocasta interviene y, ante sus sospechas, le suplica a su esposo no seguir con su investigación, ante lo cual el nuevo rey se niega rotundamente. En la disputa entre Edipo, Tiresias y Creonte se escenifica un enfrentamiento entre la búsqueda racional por la verdad y las profecías de los dioses que transmite el adivino.

Además, se pone en escena una tensión entre el saber y la ignorancia, entre la mirada y la ceguera, entre velar y develar, entre las pistas confusas de la investigación y el descubrimiento inesperado para todos.

“El extranjero de Corinto es, en realidad, nativo de Tebas; el que resuelve enigmas, es, el mismo, un enigma que no puede resolver; el dispensador de la justicia es un criminal; el clarividente es un hombre ciego; el salvador de la ciudad, su condena”, escribió J. P. Vernant (1972).

Edipo pasa de ser el héroe, soberano de Tebas, que salva la ciudad con su sabiduría, fortaleza y virilidad a ser el asesino, que encarna la maldición de la peste sobre la ciudad. Edipo es doble, enigmático. De acuerdo con Jean-Pierre Vernant (1972), Edipo encarna aquello que aparece como irreconciliable en el ser humano: “El extranjero de Corinto es, en realidad, nativo de Tebas; el que resuelve enigmas, es, el mismo, un enigma que no puede resolver; el dispensador de la justicia es un criminal; el clarividente es un hombre ciego; el salvador de la ciudad, su condena”.

Yokasta y Edipo son interpretados por los actores Ana Istarú y Ether Porras, bajo la dirección de Luis Carlos Vásquez. Fotografía: John Durán.
Yokasta y Edipo son interpretados por los actores Ana Istarú y Ether Porras, bajo la dirección de Luis Carlos Vásquez. Fotografía: John Durán.
Edipo como espejo

Retomemos el contexto histórico en el que aparece la tragedia griega para entender como esta surge como expresión dramática de una época impregnada por enormes confrontaciones culturales, religiosas y políticas.

La Atenas clásica remite a una época de transición, en la cual los poderes divinos del origen, representados en las antiguas imágenes míticas y las prácticas religiosas, se enfrentaron con los nuevos principios jurídicos, políticos y filosóficos que surgieron con el sistema democrático (Vernant, 1972).

La capacidad individual para la acción y la toma de decisiones, obtenida por el nuevo ciudadano de la polis, se vio confrontada con la antigua sujeción frente a los poderes personificados en las tradiciones y en los antiguos dioses de la mitología. La confrontación entre mito y subjetividad, parafraseando a Theodor W. Adorno (1970), constituye la condición sine qua non del discurso trágico, en la cual cobra vida la lucha irreconciliable entre la potencia de la fatalidad y el surgimiento de un sujeto adulto.

El hecho de nacer justamente en un espacio-tiempo intermedio, ubicado en la frontera entre mundos profundamente distantes, hace del sujeto trágico una figura de transición, personificación de una ruptura, de un abismo insalvable para aquella época. Una figura enigmática, ambigua, que pone en duda tanto su propia interioridad –como representante de una individualidad emergente– como los mundos irreconciliables que le dan vida.

En Edipo rey vemos aparecer una realidad social dominada por la incertidumbre, por una angustia ineludible y una sospecha constante de los personajes frente a los valores, normas y prácticas sociales legitimadas colectivamente.

Podríamos empezar preguntándonos qué implica hoy acercarnos a la tragedia griega Edipo rey, de Sófocles, cuando nos enfrentamos en Costa Rica con un proceso creciente de confrontación política y crisis económica durante las últimas dos décadas que ha desembocado en una polarización social dramática, la cual fue desencadenada por las elecciones presidenciales, la movilización social xenófoba y la disputa sobre el Plan Fiscal –que se desarrollaron durante el turbulento 2018 y cuyas consecuencias vivimos hoy día–.

En otras palabras, cómo la situación dramática que se escenifica en la tragedia griega podría servir como una clave para comprender sociedades en transición que, aunque se encuentran históricamente distanciadas, comparten experiencias sociales, culturales y políticas marcadas por profundos procesos de desgarramiento y de ruptura.

Tragedia en escena

Una interesante y provocadora adaptación de la obra se está presentando los días 20, 25, 26 y 27 de noviembre del 2019 en el Teatro Nacional. Los domingos, la función es a las 5 p. m. y el resto de días es a las 8 p. m.

Los tiquetes están a la venta en la boletería del Teatro Nacional, al 2010-1110 y en la página www.teatronacional.go.cr; la entrada general tiene un precio de ¢10.000 y habrá un 20% de descuento para estudiantes y adultos mayores con carné, pero solo se aplicará en la boletería o en el centro de llamadas.

*La autora es profesora catedrática de la Universidad de Costa Rica.