Doriam Díaz. 8 septiembre
En una de las excavaciones en La Trinidad, se localizó una bala Minié completa. Hasta ahora, los museos costarricenses solo contaban con reproducciones de este tipo de proyectil usado en la gesta heroica de 1856 y 1857. Fotografía: Cortesía de Virginia Novoa.
En una de las excavaciones en La Trinidad, se localizó una bala Minié completa. Hasta ahora, los museos costarricenses solo contaban con reproducciones de este tipo de proyectil usado en la gesta heroica de 1856 y 1857. Fotografía: Cortesía de Virginia Novoa.

Estos son los vestigios olvidados de una historia de guerra, que estuvo enterrada por más de siglo y medio, y ahora quedan al descubierto por una alianza privada y pública. Es un hito histórico ya que aporta, como nunca antes, evidencia material de la poco conocida Batalla de La Trinidad, dentro de la Campaña Nacional de 1856 y 1857, en que un grupo de soldados –mayoritariamente costarricense– toma por sorpresa un campamento filibustero y da una certera estocada en la lucha contra el estadounidense William Walker y sus fuerzas invasoras.

Se trata de un conjunto único de 47 municiones originales que se usaron en la guerra contra los filibusteros y se encontraron, por primera vez en nuestra historia, en el propio campo de batalla donde lucharon los costarricenses y los enemigos. Luego de tres años de trabajo en un área de más de 8.000 metros cuadrados en La Trinidad, Sarapiquí, se recuperaron balas minié (completas e impactadas), utilizados por los rifles ingleses y mosquetes del ejército costarricense, así como perdigones de los fusiles de chispa.

Todos estos proyectiles de antaño son de plomo, pesan entre 1 y 45 gramos, y están cubiertos por una pátina debido a la erosión, las inclemencias del tiempo y el paso de los calendarios.

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Trabajo pionero

En Costa Rica, esta es la primera investigación arqueológica en un campo de combate, que corresponde a la Batalla de La Trinidad (22 de diciembre de 1856).

FUENTE: GOOGLE EARTH    || C.F. / LA NACIÓN.

Tenían 160 años olvidados –sin ser buscados–, enterrados a unos 50 o 70 centímetros bajo sedimentos de inundaciones y la vegetación que logró crecer, allí en ese trozo de tierra entre los ríos Sarapiquí y San Juan.

Su hallazgo no es ninguna casualidad, sino resultado de una investigación arqueológica, nacida de una idea del empresario Mauricio Ortiz e impulsada por el aporte interdisciplinario de arqueólogos, geólogos, antropólogos y otros especialistas, con el fin de encontrar el lugar donde se dio la Batalla de La Trinidad, recolectar vestigios de aquel enfrentamiento armado y analizar la evidencia recogida sin perder su contexto social e histórico.

Este perdigón de plomo, cubierto por una pátina, tiene un diámetro 26,10 mm y pesa 22 gramos. Los fusiles de chispa disparaban esta munición. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.
Este perdigón de plomo, cubierto por una pátina, tiene un diámetro 26,10 mm y pesa 22 gramos. Los fusiles de chispa disparaban esta munición. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.

Luego de 149 excavaciones, coordinadas por las arqueólogas Maureen Sánchez y Virginia Novoa, se recuperaron 1.315 objetos que dan cuenta de más 1.000 años de historia, ya que se encontraron piezas desde los 900 después de Cristo hasta la primera mitad del siglo XX.

“Con esto se recupera la historia, sí, pero, sobre todo, se palpa, se muestra y se puede tocar la historia. La gente podrá ver cómo eran las balas, imaginarse cómo fueron los enfrentamientos... Esta es una importante recuperación de la evidencia material de las batallas del siglo XIX in situ, por primera vez en Centroamérica”, explicó Sánchez.

Hasta ahora, los museos costarricenses solo tenían reproducciones de objetos de esa guerra o contaban con piezas que llegaron a sus colecciones por medio de donaciones y casi siempre sin conocer su procedencia.

Debido a que lo desenterrado en esta investigación será entregado al Museo Histórico Cultural Juan Santamaría el 4 de diciembre, esta será la primera colección original de la gesta heroica de 1856 y 1857 que cuenta con contexto; es decir, con información científica que permite trascender la documentación histórica para entender y conocer mejor los hechos ocurridos en la guerra.

Según el artículo 3 de la ley 5319 de creación de esta entidad, “formarán parte del patrimonio del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, con excepción de los documentos que pertenezcan al Archivo Nacional y al Museo de la Hacienda Santa Rosa, todos los objetos y documentos relacionados con la gesta heroica de los años 1856-1857, en poder de las instituciones del Estado y de los particulares (...)”.

También se hallaron otros objetos, como este tintero de vidrio, color azul claro, marca E. B., elaborado en Inglaterra por Edgar Breffit. Se cree que esta pieza es anterior a la Campaña Nacional de 1856 y 1857, probablemente de unas tres décadas antes. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.
También se hallaron otros objetos, como este tintero de vidrio, color azul claro, marca E. B., elaborado en Inglaterra por Edgar Breffit. Se cree que esta pieza es anterior a la Campaña Nacional de 1856 y 1857, probablemente de unas tres décadas antes. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.

“En diciembre, el Museo Juan Santamaría cumple 45 años. Este será el hito más importante en la historia del museo porque será la primera colección que tendremos con contexto”, dijo, emocionada, María Elena Masís, directora de esa institución ubicada en Alajuela.

Cuando este conjunto ingrese en el museo será inventariado, restaurado, según sus posibilidades económicas, y estudiado con el fin de tener una exposición lista para noviembre del 2021, en el marco de las celebraciones del bicentenario de la Independencia de Costa Rica. Se exhibirá en Alajuela y también en Sarapiquí.

Vestigios tangibles

La mayoría de estas municiones fueron encontradas durante las excavaciones en una sola área: bajo tierra, a unos 50 cm o 70 cm de profundidad, detalló la arqueóloga, quien es profesora pensionada de la Universidad de Costa Rica y se unió de forma ad honorem al equipo de Ortiz. Este hallazgo hace suponer que ese pudo ser el lugar donde se dio el más cruento enfrentamiento entre el ejército costarricense y filibusteros aquella mañana del 22 de diciembre de 1856.

“La investigación arqueológica logró verificar la presencia de numerosos y diversos restos culturales, asociados directamente a los hechos descritos por Máximo Blanco y el historiador Antonio Rafael de la Cova, para citar dos de las fuentes más solventes que narran, de primera mano, los acontecimientos ocurridos a finales de 1856 y los primeros meses de 1857”, explicó Ortiz, actual embajador de Costa Rica en Canadá, en el discurso con que ingresó a la Academia Morista Costarricense. Esta es una organización dedicada al estudio, la investigación y la difusión de la vida, el pensamiento y la obra del gran Juan Rafael Mora.

Valentina Castro, estudiante de arqueología, trabajó en la restauración de una de las piezas de vidrio recuperada. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.
Valentina Castro, estudiante de arqueología, trabajó en la restauración de una de las piezas de vidrio recuperada. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.

Además de los proyectiles completos y fragmentados –sin duda porque impactaron contra algo o alguien–, se descubrieron cientos de objetos de hierro: fragmentos de cañones, probablemente asociados a rifles o pistolas; partes de los gatillos de las armas, trozos de cadenas, candados y una tachuela, entre otros. Al estudiar sus diferentes características y hasta oxidación, para la arqueóloga no cabe duda de que son de mediados del siglo XIX; sin embargo, es cuidadosa al decir que posiblemente estuvieron vinculados a la gesta heroica.

Por ejemplo, los tubos alargados, que pueden ser los cañones de las armas, fueron hallados en el mismo nivel de excavación de las balas. “Probablemente estuvieron vinculados a ese momento. Y no son de los años 70 o los años 80 (del siglo XX) porque se usaban otro tipo de armas. Además, no estarían en tan mal estado ni estarían tan profundo”, contó la especialista.

Otros hallazgos fueron botones y elementos de uniformes de mediados del siglo XIX, así como un lote grande de piezas de vidrio: desde tapones de vidrio de los frascos de medicina hasta una hermosa botella azul cobalto de aceite de castor. “Eran productos que pudieron ser de uno u otro bandos o de ambos”, agrega.

Unos tinteros de vidrio y una botella les revelaron que allí en la llamada Boca de La Trinidad había vestigios más antiguos al combate de La Trinidad, alrededor de 1830. Luego de nuestra Independencia, se buscaron diferentes rutas para conectarse con el resto del mundo, una de ellas se estableció en 1828 y era por Sarapiquí hasta el río San Juan para salir al Atlántico; esa se convirtió en una vía importante porque por allí entraba el correo luego de venir en barco de Estados Unidos y Europa. Los tinteros parecen estar ligados a esa historia.

Toda el área estudiada se dividió en cuadrículas para realizar el proceso de excavación y el registro de las diferentes evidencias culturales. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.
Toda el área estudiada se dividió en cuadrículas para realizar el proceso de excavación y el registro de las diferentes evidencias culturales. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.

Las excavaciones también permitieron ver –y documentar– trozos de cerámica indígena de los 900 d. C., objetos de la época colonial hasta llegar a las piezas del periodo republicano. Esto es de suma importancia ya que se aporta evidencia material de 1.000 años de historia: una prolongada ocupación humana en un pequeño espacio.

“Se registraron 1.315 objetos históricos hallados en contexto, confirmando que 1.000 años de historia subyacen en el espacio que hoy identificamos como la Boca de La Trinidad, lugar de paso de las sociedades indígenas, de los primeros contactos durante la Colonia, sitio de encuentro de viajeros que iban contagiados por la fiebre del oro hacia California y de los invasores con ideas esclavistas que siempre encontraron la resistencia de los que luchaban por la soberanía y la libertad”, aseveró Ortiz en su discurso.

Esta información no se quedará solo en el museo ni en las noticias, ya que Rubén Darío Arenas, otro de los colaboradores del proyecto, se encarga de contar los hechos de la batalla y el resultado de este trabajo en video para contribuir con la divulgación del tema.

La arqueóloga Virginia Novoa mientras utilizaba un equipo manual de detección de metales. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.
La arqueóloga Virginia Novoa mientras utilizaba un equipo manual de detección de metales. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.
El proceso

La idea de este ambicioso proyecto interdisciplinario nació en el 2016, cuando al empresario Mauricio Ortiz se le ocurrió investigar en el propio lugar de los hechos bélicos la Batalla de La Trinidad con el fin de ingresar y dar un aporte sustancial a la Academia Morista Costarricense. En ese mismo año, Ortiz y los especialistas que se embarcaron en la iniciativa realizaron el primer reconocimiento en la zona entre los ríos Sarapiquí y San Juan, una finca cubierta de vegetación.

Basados en los documentos históricos, establecieron un área de 8.169 metros cuadrados para investigar el combate y recuperar las evidencias materiales que quedaran, más de un siglo y medio después.

Luego de limpiar el terreno salieron a la luz evidencias de ocupaciones de La Trinidad en las últimas décadas: las bases de una escuela, que luego se usó como capilla y hasta como puesto de Policía. Aquella odisea apenas comenzaba.

En el lugar se realizó una prospección geofísica, por medio del uso del georradar, a cargo de especialistas del Centro de Investigaciones Geofísicas de la Universidad de Costa Rica. ¿Qué se quería? Ubicar metales en el subsuelo. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.
En el lugar se realizó una prospección geofísica, por medio del uso del georradar, a cargo de especialistas del Centro de Investigaciones Geofísicas de la Universidad de Costa Rica. ¿Qué se quería? Ubicar metales en el subsuelo. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.

¿Cómo saber dónde encontrar los objetos de un hecho histórico de hace más de 160 años? Solicitaron ayuda al Centro de Investigaciones Geofísicas de la Universidad de Costa Rica y al Instituto Costarricense de Electricidad que, en el 2017 y en el 2018, llevaron georradares y otros equipos para investigar el subsuelo sin excavar y detectar la presencia de metales bajo tierra. Con la guía de los mapas y estudios tridimensionales aportados por los profesionales de esas instituciones, se dio inicio a las excavaciones arqueológicas.

Los trabajos se extendieron a los largo de esos dos años y se involucraron unas 25 personas. El dinero para la investigación la aportó el empresario; sin embargo, ha contado con la donación del trabajo de muchos de los profesionales involucrados.

De esta forma, el 4 de diciembre, el Museo Juan Santamaría celebrará su 45 aniversario y se conmemorarán los 163 años de la Batalla de La Trinidad con la primera colección original de la guerra contra los filibusteros encontrada en uno de los sitios donde se peleó y con valiosa información científica recolectada en el proceso, lo cual ayudará a entender mejor las crónicas de la época y hacer nuevas interpretaciones.

Esta es una bala minié colapsada, producto del impacto contra objetos o personas. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.
Esta es una bala minié colapsada, producto del impacto contra objetos o personas. Fotografía: Cortesía de Maureen Sánchez.
Batalla de La Trinidad, un episodio poco conocido de la gesta heroica de 1856 y 1857

Sí, todos sabemos que, entre 1856 y 1857, Costa Rica defendió su soberanía del avance invasor del estadounidense William Walker y de la falange filibustera que quería someter y esclavizar Centroamérica. También sabemos qué pasó en las batallas de Santa Rosa (20 de marzo de 1856) y de Rivas (11 de abril de 1856), pero cuánto sabemos acerca de los que sucedió hasta la rendición del enemigo en mayo de 1857. Muy poco; sin embargo, hay mucha historia de por medio y un episodio importante y poco conocido es la Batalla de La Trinidad, ocurrido el 22 de diciembre de 1856.

Antes de entrar en los hechos bélicos de ese combate específico, hay que recordar que la Vía del Tránsito era una ruta que unía a los océanos Atlántico y Pacífico pasando por el río San Juan y el Lago de Nicaragua y se usó mucho a mediados del siglo XIX por los aventureros contagiados por la fiebre del oro en la costa oeste de Estados Unidos, quienes viajaban en barco hasta ese destino. Durante esta guerra de Centroamérica contra el invasor, esta vía fue crucial para que Walker recibiera hombres, provisiones y armas.

En la segunda etapa de la Campaña Nacional, luego de la aniquiladora peste de cólera que diezmó al ejército y a la población costarricense, Costa Rica decide controlar el río San Juan, principal arteria de comunicación de Walker. Y en pos de este objetivo, un grupo de 200 hombres del Ejército Expedicionario, bajo el nombre de División de Vanguardia, fueron enviados por el presidente Juan Rafael Mora a conquistar la Vía de Tránsito cruzando por San Carlos hasta Sarapiquí. La misión para el sitio conocido como La Trinidad, en la confluencia entre los ríos Sarapiquí y San Juan, se destacaba porque allí había un campamento armado de los filibusteros.

Máximo Blanco (1824-1886) fue uno de los héroe militares de la gesta heroica de 1856 y 1857. Este retrato pertenece a la colección del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría. Foto: Cortesía del Museo Juan Santamaría
Máximo Blanco (1824-1886) fue uno de los héroe militares de la gesta heroica de 1856 y 1857. Este retrato pertenece a la colección del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría. Foto: Cortesía del Museo Juan Santamaría

Luego de largas jornadas en embarcaciones artesanales, penurias y pérdidas, una tropa muy disminuida se embarcó en el estero de Colpachí, casi fue descubierta por uno de los vapores que bajaba por el río y permaneció oculta, bajo un enorme aguacero, hasta la 5 a. m. de 22 de diciembre de 1856.

Bajo el mando del mayor Máximo Blanco, cuyo diario nos cuenta la historia, y con la asesoría militar del capitán estadounidense Sylvanus H. Spencer y del coronel costarricense Joaquín Fernández, esta división amaneció entumecida, con hambre y con el armamento mojado, por lo cual tuvieron que internarse en la montaña para encender unos fogones y tratar de secar fusiles y municiones. Para el mediodía y a 500 metros del sitio, el grupo se dividió en tres escuadrones: 30 hombres atacarían por la derecha, bajo el mando de Blanco, y, cuando sonaran los balazos, otros 100 saltarían por la izquierda y al centro dirigidos por Fernández y Spencer.

Los 30 soldados se dividieron en cuatro guerrillas, explica Blanco, y atacaron a los filibusteros, que estaban sentados en una gran mesa y no habían oído ni visto nada. Aunque solo cinco fusiles dispararon, ya que aún estaban húmedos, la acción fue muy rápida: los invasores quisieron llegar a las trincheras, pero ya una había sido tomada por el ejército nacional y a bayonetazos murieron los enemigos o se tiraron al río San Juan, donde se ahogaron.

El centinela del cañón, en la trinchera, fue levantado por la bayoneta del sargento Nicolás Aguilar Murillo (1834-1898), según detalla el libro Costa Rica y la guerra contra los filibusteros, de Rafael Obregón Loría. Por esa acción y por el coraje mostrado en diferentes momentos de la llamada Campaña del Tránsito, Aguilar, agricultor de Barva de Heredia, fue declarado en 1892, en el gobierno de Rafael Yglesias Castro, como héroe nacional, lo cual fue ratificado en el 2013 por la Asamblea Legislativa; además se decidió que se le celebraría su efeméride cada 10 de setiembre.

Este retrato de Nicolás Aguilar Murillo lo hizo Carlos Aguilar Durán en el 2006. Foto: Cortesía de Museo Juan Santamaría.
Este retrato de Nicolás Aguilar Murillo lo hizo Carlos Aguilar Durán en el 2006. Foto: Cortesía de Museo Juan Santamaría.

En solo 40 minutos, Blanco y su equipo se adueñaron de La Trinidad. La mayoría de los filibusteros murieron en manos de los ticos o ahogados, solo sobrevivieron y escaparon seis, mientras que otros dos fueron capturados, incluido su comandante de apellido Thompson; hubo dos heridos en el bando de Costa Rica, escribe Blanco en su diario, el cual es citado en el Índice cronológico de la Campaña Nacional 1856-1857, escrito por Euclides Chacón Méndez.

Gracias a que los filibusteros tenían ollas de comida ya cocinada y unos cuantos barriles de carne, la tropa costarricense pudo comer luego de dos días de no haber probado bocado. Un banquete a costa del enemigo, afirman las crónica de entonces.

Así acaba la Batalla de La Trinidad, que allana el camino para que Costa Rica tome cuatro vapores filibusteros: Wheeler, Machuca, Ch. Morgan y Bulwer el 23 de diciembre para poder controlar el río San Juan.

Costa Rica controló La Trinidad hasta febrero de 1857. Todo esto tenía como objetivo impedir el paso de suministros y refuerzos a Walker, lo que a la postre le terminaría costando la guerra al estadounidense.