Áncora

¡Cumple años el abuelo cuentacuentos! 120 aniversario del natalicio de Carlos Luis Sáenz

Es una de las figuras fundamentales de la educación, la política y la literatura costarricense del siglo XX. Tres escritoras lo recuerdan en esta efeméride

Hace 120 años, el 9 de junio de 1899, nació Carlos Luis Sáenz. Cualquier intento de reseñar su obra queda trunco pues elaboró una inmensa contribución a la cultura como maestro, formador de formadores, ideólogo político de izquierda, creador de libros didácticos y revistas infantiles y escritor de obras destinadas a la niñez. Por sus méritos, recibió el Premio Magón en 1966.

Fue discípulo de intelectuales como Carlos Gagini, Luis Dobles Segreda y Omar Dengo en el Liceo de Heredia y la Escuela Normal de Costa Rica, institución en la que se graduó en 1919. Con Carmen Lyra y Luisa González conservó una fraterna amistad y Joaquín García Monge fue el editor de algunos de sus libros. Ofreció lecciones en el Colegio Superior de Señoritas, la Escuela Normal de Costa Rica, la Escuela Normal de México y la Escuela Normal Justo Arosemena de Panamá. Se jubiló como profesor de la Universidad de Costa Rica.

Evocar su nombre significa también rememorar el de Adela Ferreto, su esposa y compañera de vida. Ambos emprendieron incontables actividades pedagógicas, militantes y literarias. Quienes los conocieron no olvidan su casa ubicada en Barrio México, en la que exhibían, en diciembre, un inmenso portal en el que deslumbraban incontables imágenes de Jesús, María y José o “pasitos” provenientes de diversos lugares del mundo.

El matrimonio guardó relaciones con prominentes intelectuales de su tiempo. Hasta hace algunos años, en el Museo de los Niños, se exhibían obsequios dados por Gabriela Mistral, Diego Rivera y Frida Kahlo.

Poesía perenne

Entre la amplia bibliografía de Sáenz destaca la obra Mulita Mayor, publicada en 1949. Se describen sus alcances con el subtítulo Rondas, cuentos y canciones de mi fantasía niña y de mi ciudad vieja pues recuerda los juegos populares, los cantos y los relatos que conoció en Heredia y que reescribe transformándolos en límpidas páginas de prosa poética. Expresa entonces: “¡Qué alta era la Mulita Mayor! ¡Si por eso era la Mulita Mayor! Llegaba al campanario el aguacero azul de la crin de su cuello, arqueado como la proa de un barco antiguo”. Por ese motivo, María Eugenia Dengo lo llama, con justicia, “el poeta de los niños”.

La risa infantil

Sáenz supo también atrapó la atención de los menores con el humor. Uno de los cuentos que todavía hacen pensar a adultos es Cucarachita Mandinga y sus novios, incluido en el libro El abuelo cuentacuentos. Narra que la Cucarachita invita a comer, de manera simultánea, a sus tres novios “que eran todos ratoncitos de la vecindad”. Les prepara sopa de mondongo, barbudos de huevo con vainicas, arroz, empanadas y tacacos en miel. Sin embargo, tales delicias le quedan con mal sabor y los tres ratoncitos se van de la casa con disimulo. Lloró la Cucarachita y se quejó “¡Tantos trabajos para nada, tantos trabajos para quedar como una pata de banco” y “le dio un ataque y los vecinos tuvieron que traerle el médico”.

Leer para pensar

Asimismo, en sus textos se plantean grandes dilemas de la existencia humana. Es el caso del cuento Doña Culpamora y el Gato Tiempo, en el que se retrata a una señora que se resiste a morir y guarda los años en una jaula de ratones. Era un encierro que “no era de alambre, era de vidrio, para que los años pasados pudieran ver para afuera”. Un ángel la sentencia a fallecer, sin embargo la mujer lo desobedece y abre el pequeño calabozo de años. Los ratones huyen sin que ella pueda atraparlos y el Gato Tiempo los devora uno a uno. “La viejita entregó su alma y la jaula se quedó meciéndose y vacía para siempre”. Y ese cuento explora el tema, hasta entonces poco tratado en la literatura infantil costarricense, del carácter inexorable de la muerte.

Fenece Carlos Luis Sáenz en 1983 y aún debe estudiarse su legado. Por ese motivo, tres escritoras que lo conocieron, lo traen a la memoria.

Lara Ríos

Llegué, con la lengua afuera, al Teatro Nacional a ver una obra. Estábamos en un palco y les digo:

―¡Ay, don Carlos y doña Adela! Figúrese que iba manejando el carro y agarré a un ciclista que era carnicero y llevaba toda la carne en la maleta. Y yo tenía la direccional del carro mala, saqué la mano para cruzar a la derecha y el ciclista no me vio. Yo crucé y el ciclista siguió recto y lo agarré y se le cayó toda la carne que traía en el maletín. En la calle estaban los chorizos, los sesos, los hígados. Figúrense, yo creí que lo había matado. En eso llega el policía de tránsito y pregunta: “¿Señora, qué le pasa?”. Y le digo: “¡No ve, que maté a un ciclista!”. El policía expresó: “Usted no ha matado a nadie, usted solo ha agarrado a un carnicero”. Yo le decía: “Pero, mire, no encuentro la cabeza”. El oficial replicó: “Lo que está haciendo es una presa del gran carajo, tiene que irse de aquí. ¡Vea la fila de carros que tengo!”.

Entonces le conté todo eso a don Carlos Luis y doña Adela. Ellos me recomendaron: “Usted lo tiene que escribir, Marilyn. ¿Nos lo promete?”. Les contesté: “Sí, se los prometo”. Y debido a ellos, ese percance está metido en Pantalones cortos.

Floria Jiménez

Papá tenía un grupo de amigos entre los que había músicos, poetas y escritores de todo tipo. Ahí conocí a don Carlos Luis Sáenz. Si bien, no era vecino de puerta de por medio, vivía cerca de nosotros, en la calle sétima bis de Calle 20. Y todos los días se iba caminando a la farmacia de mi padre.

Un día, andaba por ahí. Mi papá viendo que a mí me gustaba escribir, me dijo: “Yo quiero que usted conozca al poeta Carlos Luis Sáenz”. Entonces, me lo presentó.

Y a veces yo estaba asomada a la puerta de mi casa y ahí pasaba don Carlos Luis y nos dábamos grandes conversaciones sobre literatura. Ya era adolescente, tenía como dieciséis años.

Poco tiempo después de eso, casualmente, lo encontré como profesor orientador en la Universidad de Costa Rica. Me preguntó que qué quería estudiar y yo le respondí “español, filología”. Con él aprendí mucho de apreciación literaria y ahí fue donde ya nos conocimos más porque nos tomamos mayor confianza y amistad.

Mabel Morvillo

Yo me hice muy amiga de doña Adela Ferreto y don Carlos Luis Sáenz. Yo discutía mucho con él sobre literatura, las razones por las que resultaba normal que hubiera cuentos crueles para niños como Sisimiqui. Nunca lo voy a olvidar porque me dio una explicación que me ha servido toda la vida, me dijo: “Pero, claro, Mabel, es el miedo de mentiritas y a los niños les gusta el miedo de mentiritas”. Y yo nunca había caído en la cuenta de eso y tenía razón. Don Carlos Luis era un personaje absolutamente fascinante.

*El autor del artículo es escritor y profesor de literatura infantil en la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional. Es miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.

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