Estos pensamientos surgen, como casi todos, de una conversación. Hace algunas semanas me encontraba en el auditorio Cora Ferro Calabrese, de la Universidad Nacional. En él se desarrollaba la Feria Internacional del Libro Universitario (FILU). En mi stand, pasando las horas de feria, nos encontrábamos Rebeca Stam y yo. De tanto hablar tocamos algún tema que desató el “apocalipsis”. Bueno, no tanto, porque justamente ella recordó lo que decía su padre, el reconocido teólogo Juan Stam.
El apocalipsis no se trata de una catástrofe universal, con grandes tragedias y sequías interminables. De hecho, Stam, quien también fue mi profesor decía que “el Apocalipsis es una denuncia profética contra los imperios que absolutizan su poder” o que “las bestias no deben buscarse en titulares de periódicos, sino en las estructuras de poder que deshumanizan”.
Hay una imprecisión que la literatura contemporánea ha normalizado hasta volverla invisible. Me refiero a hablar de las llamadas “distopías postapocalípticas” como si el apocalipsis fuese, por definición, el fin del mundo, la devastación total, el colapso sin retorno. Pero basta volver al origen de la palabra para advertir que algo no encaja.
“Apocalipsis” proviene del griego apokálypsis, que significa revelación, desvelamiento, quitar el velo o, sencillamente, descubrir algo que nos estaba oculto. No es destrucción, ni sufrimiento infinito o el fin del mundo. En su sentido más profundo —y también en el texto fundacional del Apocalipsis de Juan de Patmos—, lo apocalíptico no describe tanto un final como una manifestación de lo oculto, una puesta en evidencia de lo que estaba latente en la historia.
La confusión comienza cuando ese término se mezcla con otro campo semántico distinto, la escatología. Esta sí se ocupa de los fines últimos, del destino final de la humanidad, del juicio, de la consumación. En ese sentido ese subgénero literario podría, más bien, llamarrse “Distopia postescatológica”. Pero incluso allí, el énfasis no es necesariamente la destrucción, sino el sentido último de las cosas.
Recuerdo todas esas veces que el profesor Stam repetía que el Apocalipsis no fue escrito para asustar, sino para animar en medio de la persecución. Reducir todo esto a paisajes arrasados, ciudades en ruinas y supervivientes errantes es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una tergiversación.
La llamada “distopía postapocalíptica” incurre, entonces, en una doble imprecisión. Primero, porque asume que el apocalipsis es una catástrofe terminal; segundo, porque imagina un “después” de aquello que, etimológicamente, no implica un final sino una revelación ¿Qué sería, en rigor, un mundo “postrevelación”? Quizá uno en el que las verdades ocultas han sido expuestas, en el que las estructuras profundas del poder, del mal o de la fragilidad humana han quedado al descubierto. Pero eso no es lo que suele ofrecernos este subgénero.
En su lugar encontramos escenarios donde lo importante no es lo revelado, sino lo destruido. La narrativa se desplaza hacia la supervivencia material, la escasez o la violencia. Es decir, hacia una estética del colapso que poco tiene que ver con la idea original de apocalipsis y mucho más con una imaginación del desastre.

Frente a esta lectura empobrecida de la palabra apocalipsis, la tradición ofrece matices más ricos. El concepto de apocatástasis, por ejemplo, remite a una restauración final, a una suerte de reintegración de todas las cosas. No hay aquí aniquilación definitiva, sino un esperanzador retorno, recomposición, sentido último. Y en el ámbito literario, J. R. R. Tolkien propuso la noción de eucatástrofe, un giro inesperado que, en el punto de mayor oscuridad, abre la posibilidad de redención. No es la negación de la catástrofe, sino su transformación en revelación de esperanza.
Ambos conceptos —teológico uno, literario el otro— están mucho más cerca del sentido original de lo apocalíptico que las ruinas interminables de la ficción contemporánea. Porque en ellos hay revelación, sí, pero también resolución. Hay crisis, pero no mero vacío. Incluso en el cine encontramos ejemplos que ilustran esta confusión.
Apocalypto, de Mel Gibson, utiliza el término como sinónimo de destrucción inminente, de colapso civilizatorio. Sin embargo, lo que la película muestra —más allá de su potencia visual— es precisamente ese desplazamiento semántico, el “apocalipsis” entendido como final violento, no como revelación. Y, paradójicamente, lo más apocalíptico del filme no es la violencia, sino el instante en que irrumpe una verdad histórica mayor que los personajes apenas alcanzan a comprender.
Tal vez el problema no sea solo terminológico, sino también literario. Al insistir en esta etiqueta, la literatura contemporánea pierde la oportunidad de explorar el verdadero potencial de lo apocalíptico, su capacidad de iluminar lo oculto, de mostrar lo que ya estaba ahí antes de cualquier ruina. En ese sentido, lo verdaderamente apocalíptico no sería el mundo devastado, sino el momento en que comprendemos —demasiado tarde, quizá— la naturaleza de aquello que lo sostenía.
Quizá, entonces, habría que abandonar la comodidad del término “postapocalíptico” y recuperar el sentido original. Porque a veces lo más inquietante no es que el mundo termine, como parece hacerlo cada cierto tiempo, sino que, de pronto, se nos muestre tal como siempre fue.