Gonzalo Castellón. 18 mayo
El Café Chorale es una agrupación consolidada. Desde su fundación en mayo de 1994 ha sido reconocido por tres premios nacionales de Música, el Áncora y galardones internacionales. Foto: Cortesía del Instituto Costarricense Promúsica Coral.
El Café Chorale es una agrupación consolidada. Desde su fundación en mayo de 1994 ha sido reconocido por tres premios nacionales de Música, el Áncora y galardones internacionales. Foto: Cortesía del Instituto Costarricense Promúsica Coral.

¿Por qué –o mejor, para qué– elaboraba Johann Sebastian Bach sus colosales composiciones, muchas veces de perfección limítrofe con lo celestial o diseñadas sobre una idea de arquitectura monumental? Acaso cabría intentar cualquier lucubración al respecto, a partir de la concepción de que el grandioso compositor de Eisenach (Turingia) haya tenido de un creador supremo.

Se ha especulado –en la obra de J. S. Bach– acerca de la conciencia divina de un ente rector, árbitro supremo de la creación, de su desarrollo y evolución y, por qué no, de su colapso y extinción. No pareciera creíble, empero. Una segunda alternativa podría originarse en la integridad de la materia, de forma que la noción divina dependiese de la sustancia de la creación misma a la manera de la mónada de Leibniz; mientras que una tercera opción equivaldría a la clave utilizada en el proceso de desentrañamiento de todo lo que en esta existencia deviene en inexplicable.

Mejor no nos compliquemos para apreciar dicha concepción. Como bien refiere Ramón Andrés, “una fuga proporcionada y única en su desarrollo, una relación interválica audaz, los mil senderos entrelazados sin colisiones en un ricercare o en un canon per aumentationem para conformar, finalmente, un único fluido, y luego retornarlo a un espacio infinito monadológico, quizá sean la respuesta a un concepto que los hombres de los siglos XVII y XVIII, desde Pascal a Spinoza, desde el mencionado Gassendi a Wolff, llamaron Dios”.

Nuestra propia concepción acerca de Bach

Bach es un demiurgo, serio y académico. No es un creador espontáneo y talentoso, al estilo mozartiano. Su creatividad es consecuencia de una formación musical sin resquicios o imperfecciones. El caos mismo, enfrentado al proceso creativo de Bach, hubiese sufrido una aguda y decidida evolución, orientada hacia la sistematización. El todo –y no hay duda en ello– es la consecuencia de sus partes: si estas son de indubitable refinamiento y corrección, la suma de todas equivaldrá al epítome de lo perfecto.

Bach estaba convencido de la bondad de hacer las cosas bien. Su modelo creativo, agrega Andrés, equivale al splendor ordinis (esplendor del orden o de la armonía) de San Agustín, de quien hace eco en su famosa frase cantar es orar dos veces. El orden y la perfección lo harían alcanzar el absoluto, no como meta final, sino como cumplimiento del deber ético reclamado, años más tarde, por Schopenhauer.

La música de Bach es una auténtica epifanía, una construcción arquitectónica elaborada dialécticamente. Es a la vez intuitiva y matemática, de conformidad con una estructura estética que Albert Einstein llegaría a admirar más de dos siglos después. Pero –ante todo, y a pesar de todo–, en ella “coexisten la física y la metafísica”, como admite finalmente Ramón Andrés.

La razón de ser de un montaje

El Café Chorale, laureada institución costarricense que llega al cuarto de siglo de exitosa y fructífera actividad, presentará el Magnificat de Bach, en un concierto de celebración que incluye otras obras del barroco.

El Magníficat –expresión obtenida de una frase proveniente de la Vulgata Latina: magnifĭcat anĭma mea Domĭnum, alaba mi alma al Señor– es un cántico y una oración católica que proviene del evangelio de Lucas. Tras la Reforma Protestante –y luego de haber formado parte de la liturgia de las Vísperas desde tiempos remotos– fue igualmente adoptada ritualmente por la comunidad luterana. Reproduce las palabras que, según este evangelista sinóptico, dirige María a Dios con ocasión del episodio bíblico de la Visitación. En ella, María, ya visitada por el Espíritu Santo, acude a su prima Isabel, esposa del sacerdote Zacarías, cuando ésta llevaba en su seno a Juan el Bautista (Lucas 1:5-25).

Kimcherie Lloyd dirigirá los dos conciertos de gala que dará el coro costarricense. Foto: Cortesía del Instituto Costarricense Promúsica Coral.
Kimcherie Lloyd dirigirá los dos conciertos de gala que dará el coro costarricense. Foto: Cortesía del Instituto Costarricense Promúsica Coral.
Origen del Magnificat

En la iglesia de Santo Tomás de Leipzig (Thomaskirche), en cuyo emplazamiento ejercía Bach su cargo de Kantor, existía la obligación de componer para las iglesias de la ciudad. Para la primera Navidad que el compositor pasaba en la ciudad (1723), escribió entonces el Magnificat (BWV 243ª).

Según la tradición, el anunciado encuentro de María e Isabel habría tenido lugar en Ain Karim, pequeña población situada siete kilómetros al oeste de Jerusalén, en la montaña de Judea, cuyo nombre significa «fuente del viñedo». El episodio bíblico fue motivo de minuciosos análisis por parte de estudiosos de la Biblia de Jerusalén, así como también de los exégetas. Dentro de la Liturgia de las Horas, el Magnificat es el canto evangélico empleado para el rezo de las vísperas:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor,

y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador;

porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava,

y por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:

su nombre es Santo,

y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.»

Johann Sebastian Bach compuso en latín su Magnificat en mi bemol mayor (BWV243), para ser interpretado en Leipzig durante las vísperas de la Navidad de 1723.

La obra tenía inicialmente cuatro himnos relativos a la Navidad, aunque algún tiempo después, Bach procedió a transportarla a la tonalidad de re mayor, añadiendo trompetas a la orquestación original, y suprimiendo los himnos. La razón de tal transposición habría de encontrarse en Johann Mattheson, para quien la primera tonalidad (mi bemol) es idónea para obras serias y tristes, mientras que la segunda, (re mayor) es idónea para expresar felicidad y celebración. Es esta la versión que escucharemos en estos dos conciertos del Café Chorale, bajo la sabia preparación del costarricense David Ramírez.

El olvido más injusto

¿Será posible llegar a creer algún día que esa monumental creación, titulada La Pasión según San Mateo –integrante vitalicia del podio dedicado a la mejor música compuesta en el planeta– haya permanecido relegada al más injusto de los olvidos durante buena parte de los siglos XVII y XVIII? El hecho es estrictamente cierto, al igual que ocurriera con buena parte de la obra de Johann Sebastian Bach, incluido el propio Magnificat.

De conformidad con la secuencia establecida por Mark Evan Bonds (La música como pensamiento), la primera fórmula para rescatar la memoria del músico nacido en Eisenach de un injusto e insólito olvido se dio con la publicación de Johann Nikolaus Forkel de una biografía del compositor. La aparición pública, en 1802, de la obra biográfica fue simultánea con el incremento de una conciencia musical germana, parcialmente abatida por el dominio francés ejercido a través de los ejércitos napoleónicos.

Sostenía Forkel que una reveladora circunstancia de la trascendencia de la cultura germana se hacía evidente por medio del hecho incontrovertible de que “este músico, el mayor poeta musical y declamador de la melodía que haya existido, sea alemán”. Algunos años más tarde, Felix Mendelssohn-Bartholdy completaría dicha heroica misión de rescate, para un siglo XIX que culminaría rindiendo la más acendrada adoración al gran músico y compositor.

El corolario biográfico de Forkel sobre Johann Sebastian Bach tiene hoy total vigencia y se expresa a la manera de una exaltación: ¡Enorgullécete, oh Patria! ¡Enorgullécete… pero vuélvete con tus obras en digna depositaria de su memoria!

Celebración de gala

La celebración de los 25 años de la asociación Café Chorale tendrá su culminación con dos conciertos de gala con coro, orquesta y solistas en el Teatro Nacional, que se realizarán el sábado 25 de mayo, a las 7 p. m., y el domingo 26 de mayo, a las 5 p. m.

La Orquesta de la Universidad de Louisville Kentucky es la invitada de honor para este gran festejo, bajo la batuta de la maestra Kimcherie Lloyd, y acompañada por solistas de la Universidad de Louisville.

Las entradas costarán entre ¢5.000 (galería general) y ¢15.000 (butaca) y ya están a la venta en la boletería del Teatro Nacional. Habrá descuentos para Ciudadanos de Oro (15%) y para estudiantes con carné (50%).