Por: Carlos Rubio.   23 diciembre, 2017
'Blancanieves y los siete enanitos' se estrenó el 21 de diciembre de 1937 en el Carthay Circle Theater de Hollywood. Foto: Walt Disney.
'Blancanieves y los siete enanitos' se estrenó el 21 de diciembre de 1937 en el Carthay Circle Theater de Hollywood. Foto: Walt Disney.

Un lema, expresado por Walt Disney a inicios de su carrera, que hoy nos resulta poco creíble, fue: “No hago películas para hacer dinero, hago dinero para hacer películas”. Con una cámara de animación de tercera mano, pagada a plazos, se instaló en Hollywood en 1923. Junto a su hermano Roy fundó una pequeña empresa dedicada a realizar cortos de dibujos animados, principalmente conocidos como Sinfonías tontas. Sin embargo, uno de sus proyectos añorados fue el de crear un largometraje en el que no interviniera ningún actor vivo, totalmente concebido con trazos de lápices y pintado a mano.

Un cuento de hadas resultó ser el elegido, fue Blancanieves, texto que los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm habían recopilado, en Alemania, a inicios del siglo XIX. En 1934 comenzaron una película que logró incorporar grandes avances tecnológicos de la época como una cámara que lograba reproducir cinco planos y producía un efecto de ostensible realismo.

Entre la adaptación y la apropiación

El cuento original fue narrado por voces anónimas. Existen variaciones importantes entre el texto literario y el guion que la empresa estadounidense llevó a la pantalla. Por ejemplo, en la narración de los Grimm, la princesa tiene apenas siete años y, en la película, ha alcanzado los 14. En la literatura, los enanos habitan en una casa limpia y ordenada y, en el filme, los hombrecillos se destacan por su desaseo.

A pesar del distanciamiento entre el cuento escrito y el cinematográfico, Disney hizo un discurso cargado de referencias intertextuales. Umberto Eco detallaba que el arte kitsch “es algo así como derruir la abadía de Westminster para construir, con sus fragmentos, una nueva Disneylandia”.

Así se observa que la madrastra de Blancanieves lleva una vestimenta semejante a la de la escultura de la reina Uta. Es posible apreciar esa obra en el interior del coro de la catedral de San Pedro y San Pablo, situada en Naumburgo, Alemania. De la misma manera, el féretro de cristal de la protagonista, rodeada por los enanos dolientes, parece recrear la obra La lamentación, pintada por Giotto. Observemos que obras maestras de diferentes épocas se vierten en una película que, definitivamente, no estaba diseñada solamente a la niñez. Se sabía que también debía entretener y solazar al público adulto.

Como lo argumenta Henry Giroux, con fundamento en la pedagogía crítica, la intención de Disney nunca fue la de realizar textos para la infancia. Su aspiración se centró en entretener a la familia. Deseaba crear una metáfora de inocencia en la que personas de todas las edades se sintieran cómodas.

Y para dar pie a su imperio comercial, consideró que no solo debía producir filmes de altísima calidad técnica, también debía ofrecer en el mercado una variedad de productos como juguetes, adornos o prendas de vestir, que recordaran esa sensación de placidez infantil.

Debe tomarse en cuenta de que, en 1937, antes de que se estrenara Blancanieves, ya estaban en las tiendas las muñecas que recordaban a la princesa “de piel tan blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y cabellos negros como el ébano”.

Un afiche del filme de 1937. Foto: Walt Disney.
Un afiche del filme de 1937. Foto: Walt Disney.
Entre la crítica y el encantamiento

Ocho décadas después de su estreno se registran múltiples y dispares las observaciones. Tal es el caso de Bruno Bettelheim quien, en su obra Psicoanálisis de los cuentos de hadas, expresa que los enanos representan la existencia inmadura de la sexualidad. Son hombrecitos inacabados con los que convive la princesa, que tan solo tiene siete años, con los que no puede llevar una vida plena de mujer adulta.

Sin embargo Disney da a cada enanito un nombre y una característica distinta; con ello, obstaculiza esa comprensión; ya no los vemos como hombres asexuados. En uno de ellos, conocido como Gruñón, es evidente la misoginia y, por lo tanto, musita sarcásticos y ofensivos comentarios contra las mujeres.

La muchachita, imposibilitada para expresarse críticamente, se dedica continuamente a realizar el aseo en su castillo y en la casa del bosque. Es una mujer resignada a su suerte que busca la felicidad junto a un príncipe idílico, a quien espera, motivo por el cual canta “Algún día él vendrá…”.

Por otra parte, la reina es una mujer que no oculta sus sentimientos o rabia, y que se vale de diferentes estratagemas para lograr su cometido, el de hacer prevalecer su belleza. Como si fuera una transgresión se atreve a acudir a un laboratorio secreto, en el que guarda una biblioteca; alí consulta un libro de hechizos. De esa manera pensamos que una mujer que se hace del conocimiento es, por antonomasia, una bruja.

Las investigadoras Sandra M. Gilbert y Susan Gubar, en 1979, estudiaron el filme y expresaron que Disney debió titularlo Blancanieves y su malvada madrastra pues la acción real de la trama se sitúa en la relación entre estas dos mujeres, “una bella, joven pálida, la otra igual de bella, pero mayor, más cruel; una hija, la otra madre; una dulce, ignorante, pasiva, la otra artera y activa; una, una especie de ángel, la otra, una bruja innegable”.

Con fundamento en lo establecido en una sociedad patriarcal, la princesita representa el ideal de la “pureza contemplativa”. La soberana simboliza lo contrario, es adulta y demoniaca, un monstruo antinatural que se atreve a realizar lo que estaba prohibido a las mujeres de su época: tomar un libro y leer la pócima mágica.

Bien se sabe, en el medioevo se acostumbraba a castigar a las mujeres que transgredían la norma con el fuego. En el cuento, la hechicera recibe un castigo que parece venir de los hombres o de una advocación divina. En el texto de los hermanos Grimm se dice que invitan a la cruel reina al baile de bodas de Blancanieves. La soberana, sin saber quién era la novia, ingresa al salón; allí le ponen unas zapatillas de hierro caliente y la hacen bailar hasta morir. En la película de Disney, la bruja persigue a los enanos. Un rayo parte el peñasco que la sostiene, la malvada cae al vacío y muere. Recordemos que ese rayo proviene del cielo (¿acaso de Dios?) y que también es una mención del calor, del fuego.

A pesar de las múltiples críticas, 80 años después de su estreno, Blancanieves en un filme que ofrece posturas propias del pensamiento de la primera mitad del siglo XX y evidencia que los cuentos de hadas se reinventan continuamente.

*El autor es profesor de literatura infantil en la UCR y la UNA. Ha escrito varios libros dirigidos a la niñez. Es miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.