
Byron Ramírez nos presenta su más reciente poemario Libro de la tartamudez, publicado por la editorial española Ediciones RIALP y que tiene como antecedente el haber sido finalista del prestigioso Premio Adonáis (2025).
Ramírez plantea como pilar de este poemario diversas cavilaciones sobre el lenguaje, de ahí devienen los derroteros por donde discurre el pensamiento, se develan aconteceres como la palabra, la voz y de manera transversal, la genealogía.
El lenguaje nos antecede. Este fenómeno tan humano es fruto del aprendizaje; se requiere de los otros y de nuestra voluntad para adquirirlo. El lenguaje nos atraviesa muchas veces como una cadena, quizá sea la primera imposición, la primera violencia, transmitido de generación en generación, cuenta entre respiraciones los estertores de la historia, no es de extrañar el simbolismo del padre representado en el libro. En sus páginas la palabra “casa” es difícil de pronunciar y lleva consigo la relación filial. Martin Heidegger postula en Carta sobre el humanismoal lenguaje como la casa del ser, es esa la misma casa entre cadenas de Ramírez.
Podríamos trazar el desarrollo del Libro de la tartamudez como un poema épico. En sus páginas la gloria se persigue mediante la lucha por la apropiación de la palabra, una lucha que puede ser perdida pero necesaria, que se libra con valentía entre la rigidez y la pelea constante entre boca, garganta y cuello, entre el aire y las cuerdas vocales, con cambios de morfología y sintaxis para encontrar los sinónimos que faciliten la pronunciación y la palabra justa. Así, en la tartamudez habita silencioso el canto poético, consecuencia natural de los giros necesarios para la expresión del pensamiento.
En un mundo basado en el paradigma maquinal de la producción, con la rapidez y dispersión de la multitarea, parece que nadie se detiene a escuchar y comprender al otro, la productividad es competitiva y esa lógica es trasmitida a la vida personal. En este caso, la tartamudez se presenta como un medio de aislamiento social, a menos de que sea para apreciar de primera mano la derrota y eternizar la debacle de la palabra, a pesar de lo cual es posible que en ella radique una fortaleza; brinda un espacio al paso lento de la contemplación. En toda lucha hay heridas, cicatrices viejas y dolores que no acaban:
“Cansado estoy Padre /
de gritar con tu grito /
de respirar con tu pecho /
de enojarme con tu pose”

En cuanto a la forma, Ramírez prescinde de la puntuación: son los mismos espacios los que hablan y pausan el recorrido, gesto literario que se agradece como metáfora del silencio. A la vez, aparenta detener el tiempo cristalizado, carga consigo el peso de la ansiedad acumulada en la mirada del otro, con la espera y la palabra que lo nombra entrecortada.
En el Libro de la tartamudez se distingue el lenguaje escrito de la palabra hablada. Esta dicotomía es necesaria para entender la manera en que se exponen los conceptos de libertad y esclavitud contemporánea, temas universales que enriquecen el recorrido, para encontrarnos al fin con la tensión al borde de las cuerdas vocales, en ese arco perfecto para la “flechapalabra” que nos desborda y comunica. Su recorrido surca el espacio hacia la diana de la historia con rostro de padre, tras la emancipación, todos volveremos a ser como aquel niño tartamudo que se dispone a observar su propia sombra.
“En cada palabra llevo una guerra /
con sus arcos y cañones apuntándome /
y mil ojos vigilando cada una de mis pausas”.
