La escritora costarricense Larissa Rú, dos veces ganadora del Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, a mejor novela 2020 y mejor cuento 2022, presenta su nueva novela, ‘Canibalia’. Esta una reseña del libro escrita por Jurgen Ureña.
Durante siglos, el horror habitó castillos abandonados, monasterios en ruinas y bosques donde la realidad perdía sus límites. Allí acechaban vampiros, hombres lobo, fantasmas y criaturas innombrables. Era un territorio oscuro del que podíamos regresar al cerrar el libro o al abandonar la sala de cine.
Hoy el horror vive en otros lugares y practica otros rituales. Trabaja en un call center y pasea por los pasillos de un instituto musical. Viaja en autobús, hace fila en el supermercado y regresa cansado del trabajo al final del día.
Canibalia (2025), la nueva novela de Larissa Rú, forma parte de esa transformación del género fantástico. Cassandra, su protagonista, padece un hambre imposible de satisfacer. Lo que al principio parece un trastorno alimentario adquiere los rasgos de una compulsión y termina convirtiéndose en una condición.

Esa hambre no busca únicamente comida. Busca también afecto, reconocimiento, belleza, éxito, talento y descanso. Busca aquello que el capitalismo promete, pero nunca termina de conceder.
Vivimos rodeados de discursos que nos enseñan a desear siempre más: más productividad, más experiencias, más reconocimiento, más consumo. Competimos por puestos de trabajo. Consumimos el tiempo de los demás. Convertimos las relaciones, los cuerpos e incluso las emociones en mercancías.
Tal vez por eso el canibalismo funciona en esta novela como una metáfora de extraordinaria lucidez. Porque más que representar el acto de comerse a otro ser humano, hace visible aquello que hacemos todos los días de formas menos evidentes.
En Canibalia, el horror no depende de escenas sangrientas sino de algo mucho más difícil: que el lector reconozca lo monstruoso como una prolongación de su experiencia cotidiana. Así, el canibalismo deja de ser un exceso fantástico para convertirse en una lógica social.
La pregunta que atraviesa Canibaliadeja de ser entonces ¿quién se comerá a quién? para convertirse en ¿quién es el cazador y quién la presa en una sociedad que nos obliga a consumirnos para sobrevivir?

La novela introduce esa pregunta mediante una imagen recurrente: la cacería. El padre de Cassandra caza animales en los bosques de Pennsylvania y sostiene una ética aparentemente sencilla: un cazador respeta aquello que mata. Conforme avanza el relato, esa certeza comienza a resquebrajarse.
Desde la antigüedad, el acto de devorar al otro ha funcionado como una poderosa metáfora del impulso de apropiación. Saturno devorando a su hijo, inmortalizado por Goya, no representa solamente la violencia, sino también el miedo a ser reemplazado. Algo semejante ocurre en la célebre escena del túnel del metro en Possession, de Andrzej Zulawski, donde el cuerpo deja de obedecer a la razón y se convierte en el escenario del deseo, el amor y la destrucción.
No resulta casual que Larissa Rú sea también historiadora del arte. Su escritura dialoga con esa larga tradición visual y entiende el cuerpo como el lugar donde se inscriben las tensiones culturales de cada época.
En ese sentido, Canibalia dialoga también con una corriente importante del horror contemporáneo. Como ocurre en la obra de Mariana Enríquez, Samanta Schweblin o Anna Starobinets, basta ver con atención algunos rincones de la realidad para descubrir que siempre ha sido monstruosa.

Quizá la mayor virtud de Canibalia sea que nos obliga a preguntarnos qué clase de sociedad produce individuos que solo saben relacionarse con el mundo mediante el consumo, la competencia y la apropiación del otro.
Desde siempre, hemos imaginado el hambre como la consecuencia excepcional de una guerra, una sequía o una catástrofe. Larissa Rú imagina otra forma de hambre que no nace de la escasez, sino de la abundancia; no depende de la falta de objetos, sino de la imposibilidad de que esos objetos nos sacien.
Esa podría ser la verdadera definición de nuestra época. La era del hambre. Una en la que nada parece suficiente porque nunca logramos sentirnos satisfechos.

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