
El caso más inquietante de la relación entre literatura y crimen quizá deba comenzar, paradójicamente, con el creador del detective más famoso del mundo. Antes de hablar de escritores que mataron, conviene detenerse en un autor cuya vida quedó rodeada de teorías, enigmas y obsesiones criminales. Me refiero a Arthur Conan Doyle.
El escritor escocés que dio vida a Sherlock Holmes dedicó su obra a demostrar que todo misterio puede resolverse mediante la lógica. Sin embargo, fuera de la ficción, Doyle cultivó una fascinación persistente por los enigmas irresueltos, en especial por los asesinatos atribuidos a un tal Jack the Ripper (Jack el Destripador) que sacudieron Londres en 1888.
Lo más curioso es que Doyle no sólo fue contemporáneo de aquellos asesinatos, sino que también elaboró su propia teoría sobre ellos. En una hipótesis célebre, sostuvo que el asesino podía haber sido una mujer disfrazada de comadrona, capaz de moverse por las calles con ropa ensangrentada sin despertar sospechas.
En ciertos rincones de la historia literaria ha circulado la idea, tan inquietante como sugestiva, de que Arthur Conan Doyle pudo haber sido, él mismo, el asesino. No se trata de una acusación demostrada, pero tampoco de una sospecha que haya desaparecido del todo. Su presencia en el mismo tiempo y espacio, su conocimiento extraordinario de la mente criminal y esa capacidad casi íntima para anticipar los movimientos, encubrir rastros y habitar la lógica del asesino, han alimentado durante décadas la sospecha. Quizá nunca se resuelva.
Pero hay algo en la precisión con que algunos escritores comprenden la oscuridad que obliga, al menos por un instante, a considerar si esa comprensión proviene únicamente de la imaginación.
Por otra parte, la biografía de Doyle contiene un detalle todavía más inesperado que conecta su nombre con Costa Rica, un país muy lejano del Londres victoriano.

Un médium costarricense en el radar de Conan Doyle
En los últimos años de su vida, Doyle se convirtió en uno de los defensores más fervientes del espiritismo. Creía firmemente que los muertos podían comunicarse con los vivos y dedicó buena parte de su prestigio a investigar fenómenos paranormales.
En ese contexto llegó a conocer —al menos a través de informes y debates internacionales— el caso de la médium costarricense Ofelia Corrales. Algunos dicen que el creador de Holmes hasta quiso visitar Costa Rica.
Las sesiones espiritistas realizadas en la casa de Ofelia Corrales, en San José, llamaron la atención de investigadores y revistas especializadas de distintos países a comienzos del siglo XX. En ellas se afirmaba que se producían fenómenos de escritura automática, apariciones de objetos o manifestaciones que los asistentes atribuían a espíritus.
El historiador costarricense Iván Molina Jiménez ha señalado que estos episodios alcanzaron resonancia internacional dentro del movimiento espiritista de la época, atrayendo el interés de investigadores y curiosos más allá de Centroamérica.
Como explica Molina, Costa Rica llegó a figurar en debates internacionales sobre fenómenos psíquicos que involucraban a intelectuales europeos interesados en comprobar —o refutar— tales manifestaciones. Claro, vale recordar que en esa época el espiritismo se perfilaba como una forma de investigación, digamos, científica.
Entre quienes defendían seriamente la posibilidad de esos fenómenos estaba el propio Conan Doyle. La paradoja resulta irresistible. El creador del detective más racional de la literatura era, al mismo tiempo, uno de los más fervientes creyentes en fantasmas.

Cuando el escritor también es el criminal
Si el caso de Conan Doyle muestra la fascinación de un escritor por el crimen y el misterio, otros autores cruzaron una frontera más oscura, la de convertirse ellos mismos en protagonistas de los delitos que parecían imaginar.
La criminóloga española Paz Velasco de la Fuente ha reunido algunos de estos episodios en su ensayo sobre escritores asesinos. Allí recuerda que la literatura criminal no sólo describe la violencia, sino que en ocasiones se convierte en un espacio donde el autor proyecta impulsos, obsesiones o experiencias reales. Como señala Velasco, en algunos casos la escritura puede funcionar como “una forma de exhibición del propio crimen o incluso como una confesión velada”.
Uno de los ejemplos más inquietantes es el del escritor polaco Krystian Bala. Su novela describía con extraordinario detalle un asesinato real que llevaba años sin resolverse. Algunos elementos del relato (detalles del modus operandi o firma o la escena del crimen) sólo podían ser conocidos por quien hubiera participado en el asesinato. La investigación condujo finalmente a Bala, quien terminó condenado por el asesinato del empresario Dariusz Janiszewski.
Algo similar ocurrió con el escritor neerlandés Richard Klinkhamer. Tras la desaparición de su esposa, Klinkhamer envió a varias editoriales una novela titulada Woensdag Gehaktdag (Miércoles, día de la carne picada). El libro describía con minucioso detalle diferentes formas de deshacerse del cadáver de una mujer.
Ninguna editorial quiso publicarlo. Años después, cuando se descubrieron restos humanos enterrados en el jardín de su casa, el manuscrito adquirió una dimensión siniestramente literal: Klinkhamer había asesinado a su esposa y enterrado el cuerpo allí mismo.
Quizá el caso más paradójico sea el del austríaco Jack Unterweger. Condenado inicialmente por asesinato en 1974, durante su estancia en prisión escribió cuentos, poemas y una autobiografía que obtuvo reconocimiento intelectual. Su aparente rehabilitación fue celebrada por periodistas, políticos y escritores, hasta el punto de que se impulsó su liberación anticipada.
Una vez en libertad, Unterweger retomó los asesinatos: varias prostitutas fueron estranguladas siguiendo el mismo patrón que su primer crimen. Finalmente fue condenado nuevamente y se suicidó en prisión.

El crimen antes de la literatura
No todos los casos pertenecen al ámbito de la novela negra. La escritora británica Anne Perry, autora de decenas de novelas policíacas y millones de ejemplares vendidos, participó cuando tenía quince años en el asesinato de la madre de su amiga Pauline Parker en Nueva Zelanda.
El crimen, cometido con una brutalidad extrema, conmocionó al país en 1954. Décadas después, ya convertida en novelista de éxito, Perry reconoció su identidad juvenil, de nombre Juliet Hulme, y el episodio fue llevado al cine.
Un caso particularmente complejo en Costa Rica es el del escritor José León Sánchez, autor de la célebre novela La isla de los hombres solos y, probablemente, uno de los escritores ticos más internacionales y más leídos. A comienzos de la década de 1950 fue acusado de participar en el asalto a la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, en Cartago, donde murió un custodio del templo durante el robo de las joyas de la Virgen.
Por este hecho fue condenado a una larga pena de prisión y enviado al penal de la isla San Lucas, experiencia que marcaría profundamente su obra literaria. Durante décadas el escritor sostuvo su inocencia, denunciando que su confesión había sido obtenida bajo tortura, y finalmente en 1998 la justicia costarricense anuló la sentencia al considerar que el proceso había violado garantías fundamentales.
Así, la trayectoria de Sánchez introduce una variante singular en la historia de los escritores vinculados al crimen, no la del autor que mata, sino la del escritor cuya vida y obra quedaron definidas por una acusación de asesinato que durante casi medio siglo lo convirtió, para la opinión pública, en un criminal antes que en un narrador.
El recorrido por estas historias revela una paradoja inquietante. La literatura policial nació para explicar el crimen, para someterlo a la lógica de la investigación y el razonamiento. Sin embargo, en algunos casos el propio escritor se sitúa peligrosamente cerca del territorio que describe.
Tal vez por eso la figura de Conan Doyle resulta un punto de partida tan simbólico. El creador del detective que representa la razón absoluta fue también un hombre fascinado por los misterios más oscuros: asesinatos sin resolver, fantasmas, médiums y fenómenos inexplicables.
Desde el Londres del Destripador hasta las sesiones espiritistas de una casa costarricense, la historia literaria parece recordarnos que el crimen y el misterio no pertenecen sólo a la ficción.