Áncora

A 50 años de la muerte de Miguel Ángel Asturias: ¿Qué dice el Nobel guatemalteco para nuestra época?

Centroamérica Cuenta rendirá homenaje al autor de ‘Hombres de maíz’ y ‘El Señor Presidente’, un autor que marcó la literatura latinoamericana

Monumento a Miguel Ángel Asturias en la Ciudad de Guatemala.
Monumento a Miguel Ángel Asturias en la Ciudad de Guatemala. JOHAN ORDONEZ

Cuando el rey Gustavo VI de Suecia mencionó su nombre, que resonó en el vasto escenario de la Konserthusen de Estocolmo, Miguel Ángel Asturias habrá pensado en el largo camino recorrido hasta llegar a recibir el Premio Nobel de Literatura de 1967. ¿Habrá recordado su juventud, en la Guatemala del dictador Estrada Cabrera, cuando, joven poeta, firmaba álbumes de quinceañeras y escribía sonetos de beneficencia? ¿Habrá recordado sus años en París, cuando esa ciudad “era una fiesta”? ¿Habrá recordado los años del destierro, que lo hicieron escribir “andar de viaje, siempre de viaje / no tener casa, sino equipaje”? ¿O las agrias polémicas cuando fue nombrado Embajador en Francia? En los documentales de la época, en riguroso blanco y negro, Asturias aparece vestido de smoking, rodeado de los otros galardonados, un grupo de ancianos que parecen como pingüinos desorientados en una helada losa en el polo. El clima de diciembre, en Suecia, habrá sido semejante.

Asturias había nacido en el barrio de La Parroquia, una zona de la capital de Guatemala que, aun ahora, cuando ha sido devorada por el desconcertado crecimiento de la ciudad, tiene el polvoriento aroma de la periferia.

Tres son las consecuencias: la devoción católica, que Asturias cultivó hasta la herejía, dondequiera que estuvo (con el dinero del Nobel, mandó a tejer una túnica sevillana para el Señor Sepultado de su iglesia y también financió las empresas revolucionarias de su hijo Rodrigo); las leyendas de los arrieros, que pernoctaban en el patio de la tienda de sus padres, y que derrochaban historias en las noches frente al fuego de leños en descampado; y su contacto con los mayas, cuando el padre fue desterrado a Salamá, y el niño se encontró rodeado de amigos de la etnia kek’chí. Esa extraña y contradictoria mezcla alimentó la fantasía del escritor. A ella debemos obras maestras de nuestra literatura.

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