Donde una giganta baila y un diablito invita a seguir el pasacalle, la mascarada mantiene su lugar pese al auge de Halloween. Entre vecinos que se reúnen para celebrar y niños que esperan su turno para cargar una máscara, la tradición no es un simple adorno: se lleva sobre los hombros y se disfruta en comunidad.
Tony Aguilar, artesano de máscaras y gestor cultural de Mora, encuentra en ese arraigo la principal fortaleza de una fiesta que sigue haciendo pueblo. Desde su experiencia en Ciudad Colón, Halloween no ha logrado quitarles protagonismo a las gigantas, los diablos y los demás personajes que salen al encuentro de la gente.
“En los lugares donde hay tradición de mascarada, es más fuerte la celebración de la mascarada”, afirmó Aguilar.

Según explicó, esa preferencia se hace sentir cada 31 de octubre en diversas comunidades del país, especialmente donde los recorridos con “los payasos” todavía forman parte de las tradiciones. En esas zonas, la mascarada conserva su fuerza gracias al vínculo de los vecinos con sus personajes, sus bailes y la costumbre de reunirse para darles vida.
En su lectura de la fecha, Aguilar distinguió dos ambientes. Por un lado, ubicó Halloween en las actividades de comercios, bares, discotecas y condominios, así como entre sectores de mayores recursos económicos. Por otro, destacó la mascarada como una celebración que echa raíces en las comunidades donde hay tradición de organizarla y disfrutarla.
“El comercio siempre busca qué vender”, expresó.
Desde su perspectiva, la promoción de disfraces y artículos de Halloween responde a ese interés comercial. Eso sí, aclaró que no está en contra de que otras expresiones culturales lleguen al país.
Para él, la diferencia está en lo que cada comunidad hace suyo. Donde la mascarada forma parte de la vida del pueblo, los niños no solo se arriman a mirar: quieren bailar, meterse debajo de una máscara y sumarse a la fiesta.
La tradición también se aprende jugando
Aguilar lleva 21 años dedicado al oficio de hacer máscaras. En ese tiempo ha visto cómo los personajes encuentran su gente desde edades tempranas: a unos pequeños les llama la atención el Diablito por sus colores; otros se quedan mirando la altura de la Giganta. También están quienes prefieren al Policía, la Bruja o la Llorona.
Cada cual va escogiendo su personaje y, conforme crece, también crecen las ganas de cargar uno más grande.
“Los chiquillos, a medida que van creciendo, siempre les gusta poder alzar una máscara más grande y más pesada”, relató.
En ese entusiasmo, el artesano reconoce una manera de mantener viva la tradición. No se trata solamente de ver pasar las máscaras, sino de sentir su peso sobre los hombros, encontrarles el movimiento y ponerlas a bailar.
Así, el folclor se vuelve una experiencia cercana: algo que los niños pueden jugar, compartir y hacer suyo.
Las escuelas también ponen de su parte. Aguilar contó que, desde la pandemia, presta unas 15 máscaras a la Escuela de Ciudad Colón. La visita deja tanta expectativa que los estudiantes vuelven a preguntarle cuándo las llevará de nuevo.
“Eso es una semilla para rescatar esta linda tradición”, dijo.
El interés, según relató, alcanza a numerosos centros educativos. Para ayer viernes, previo a la celebración, recibió solicitudes de unos 20 establecimientos, más de los que podía atender por su cuenta.
Por eso propuso repartir las actividades desde principios de octubre. La idea es que haya espacio para más encuentros y que la fiesta no quede concentrada en una sola fecha.
Una misma fecha, dos formas de celebrar
Aunque defiende la fuerza de la mascarada, Aguilar manifestó que habría preferido que tuviera un día exclusivo.
“No hay necesidad de competir. Las actividades (Halloween y el Día Nacional de la Mascarada Tradicional Costarricense) son totalmente diferentes”, consideró.
Compartir el 31 de octubre también ha dado pie a encuentros entre ambas celebraciones. En las actividades de mascaradas, contó, aparecen de vez en cuando niños vestidos de vampiros o de otros personajes asociados con Halloween.
Incluso, durante algún pasacalle, los pequeños le han pedido tomar rumbo hacia los lugares donde están repartiendo confites. Entre máscaras, disfraces y antojos de algo dulce, las dos celebraciones terminan cruzándose en el camino.
Aguilar reconoce esas mezclas, pero no las entiende como una señal de que la tradición esté perdiendo terreno. “No lo veo como un riesgo, jamás”, aseguró.
Por el contrario, desde lo que observa en su trabajo, considera que la mascarada toma cada vez más fuerza. Su confianza está puesta en las comunidades que la organizan y en los pequeños que se entusiasman cuando llega la hora de bailar.
Cuentos y baile para que la costumbre siga
En Mora, el esfuerzo por mantener ese vínculo no termina cuando se guardan las máscaras. Aguilar explicó que, junto con la Unidad de Cultura municipal, organiza un concurso de cuentos y leyendas en el que los niños pueden escribir sobre los personajes de las mascaradas o las historias del cantón.
La propuesta abre otro espacio para acercarse a la tradición: además de bailar con sus personajes, los pequeños pueden imaginarlos, contar sus andanzas y poner por escrito las historias de su comunidad.
A eso se suman los concursos de baile que el artesano realiza el propio 31 de octubre. Al ritmo de jota, parrandera, cumbia y pasodoble, los participantes tienen oportunidad de mostrar sus pasos y recibir premios como estímulo.
Son formas de procurar que la costumbre no viva solamente un día al año. Que tenga lugar en la escuela, en los cuentos, en la música y en las ganas de los niños de volver a participar.
Desde la experiencia de Aguilar, ahí está la fuerza de esta fiesta tan de pueblo: en los vecinos que se organizan, en las escuelas que le abren espacio y en ese pequeño que mira una giganta pensando cuándo tendrá el tamaño y las fuerzas para echarla a bailar.
