
El primer largometraje de ficción del cineasta costarricense Federico Montero, Los hombres morimos antes, tendrá su estreno mundial el próximo 16 de octubre en el 42.° Festival Internacional de Cine de Varsovia, en Polonia.
La producción costarricense-uruguaya formará parte de la Competencia 1-2, sección dedicada a primeras y segundas películas de realizadores emergentes. Tras su recorrido por festivales internacionales, la cinta llegará a las salas de cine costarricenses en junio de 2027.
La ópera prima de Montero explora las heridas, los silencios y los mandatos que atraviesan la construcción de la masculinidad. El proyecto comenzó a tomar forma hace varios años, a partir de una inquietud personal que el cineasta convirtió en guion y, posteriormente, en una película filmada en distintas localidades del país.
El regreso a una finca marcada por el silencio
La historia sigue a Felipe, quien vuelve a la finca familiar con motivo del primer aniversario de la muerte de su padre. En esa casa deteriorada, atrapada entre los recuerdos y el presente, el protagonista se encuentra con dinámicas familiares que creía superadas.
Su sobrino Sebas se convierte en un punto de tensión para Felipe. En el niño reconoce señales de una educación basada en la vergüenza, la dureza emocional y el silencio. A la vez, Jorge —un peón sordo que cuida caballos— representa una presencia distinta dentro de ese universo familiar y despierta en el protagonista una inquietud que no logra procesar con facilidad.
El regreso a la finca coloca a Felipe frente a sus propias contradicciones y revela que su distanciamiento del lugar no había resuelto del todo las marcas de su crianza.
“Hay una arrogancia moral con la que vuelve el personaje, creyendo que él es otra persona, que ya aprendió y vio otras cosas. Era importante enfrentarlo a ese espejo doloroso, a su propia crianza viendo a su sobrino”, comentó Montero.
El conflicto del personaje se desarrolla, entonces, en un espacio que funciona más allá de una locación: la finca se transforma en una memoria material, un sitio donde vuelven a aparecer los códigos, vínculos y heridas de su infancia.
“Uno cree que ya salió de ahí, pero ese contexto es muy difícil de borrar del cuerpo y del sistema en el que uno aprendió”, afirmó.

La pregunta por ser hombre
La película parte de una interrogante que guía el recorrido de sus personajes: ¿qué significa ser hombre?
En lugar de ofrecer una respuesta cerrada, la historia se detiene en los modelos de masculinidad que se transmiten dentro de las familias y que pueden exigir la supresión de emociones, afectos y rasgos considerados incompatibles con una idea tradicional de lo masculino.
“Ser hombre significa buscar una autenticidad, independientemente de lo que eso signifique. No significa ninguna otra cosa”, señaló el cineasta. “Al final, ser hombre es volver a ser humano, en toda la integridad y todas las partes que eso significa”.
Montero comenzó a desarrollar el proyecto desde una emoción intensa, vinculada con sus propias experiencias y con el deseo de cuestionar las imposiciones que rodean la identidad masculina.
“Comencé a escribir con enojo, con ganas de desquitarme de esa forma tan violenta en que me estaban obligando a cortar y mutilar partes mías para convertirme en ese estándar de masculinidad”, relató.
Conforme avanzó en el desarrollo del guion, esa perspectiva inicial adquirió nuevos matices. El director amplió la mirada sobre los personajes, sus contextos y la manera en que determinadas conductas se transmiten de una generación a otra.
“Después se fue desarrollando una empatía. Entendí que no se trataba solamente de cómo me obligaron, sino de la forma en que estamos educados. Hay algo muy sigiloso que se va infiltrando en uno desde niño y que nos hace sacrificar partes de nosotros, como en un rito de iniciación”, explicó.
Abuso, vergüenza y herencias familiares
El abuso, el silencio, la humillación y la vergüenza atraviesan el relato como expresiones de una educación emocional que se aprende y reproduce en el ámbito familiar.
La película se ocupa de esas dinámicas cotidianas que, aunque puedan parecer menores o incluso normalizadas, dejan marcas en quienes las viven: burlas, afectos condicionados, dolores que no se conversan y reglas que premian la dureza.
“Lo que intentaba era sacar a la superficie los mecanismos por los cuales aprendemos a ser hombres. Cuando sentimos vergüenza, cuando no hay nada que podamos expresar o estamos en un entorno donde no se habla del dolor, esas son lecciones; esas cosas te enseñan algo”, sostuvo.
“Por eso el abuso se convierte en una forma de educar. Está materializado en vergüenzas públicas o dentro de la familia, en cosas que duelen y no se dicen”, agregó.
Para Montero, la película busca abrir una conversación sobre la persistencia de esas conductas, incluso entre personas que reconocen sus consecuencias y desean romper con ellas.
“Me gustaría que se cuestionara qué significa ser hombre, cómo aprendimos a hacerlo y qué de esa educación seguimos replicando aunque no queramos. La tragedia está en que heredamos esos mecanismos y podemos repetirlos incluso cuando queremos hacer exactamente lo contrario”, afirmó.
El director plantea que ese cuestionamiento puede abrir la puerta a otras formas de vincularse con los demás. “Si queremos acercarnos y conectar con el otro, hagámoslo desde querer amar al otro, no desde la violencia”, dijo.

Una historia atravesada por Montero
Aunque Los hombres morimos antes es una obra de ficción, la historia contiene elementos autobiográficos. Felipe y Sebas, los dos personajes en los que se articula buena parte del relato, reúnen experiencias, inquietudes y rasgos personales del propio director.
“Felipe está inspirado en mí, por supuesto. Pero Sebas también. Hay una dupla entre esos personajes que conforman a Federico”, aseguró.
Montero, de 44 años y oriundo de Cartago, también vinculó el proceso creativo con la aceptación de su orientación sexual. Esa vivencia le permitió identificar tensiones entre su identidad y las expectativas de masculinidad presentes en el entorno en el que creció.
“Había una parte mía que no cabía por ningún lado. Desde ahí comencé a pensar que había algo que tenía que esconder, aniquilar o dejar en algún lugar, y no sabía dónde ponerlo”, recordó.
La ternura aparece como una de las dimensiones que la película examina, particularmente por la forma en que ciertos modelos masculinos la presentan como una debilidad.
“Esta educación nos acostumbra a creer que la ternura siempre tiene un precio o está condicionada”, indicó.
La carga personal del proyecto también está presente en el diseño de producción. Varias de las fotografías, muebles y objetos utilizados en la finca proceden de la historia familiar del director.
Además, la vivienda elegida para representar la finca apareció después de una larga búsqueda. Una amiga le había hablado años antes de una casa antigua que asociaba con la película; cuando el equipo comenzó a buscar locaciones, esa propiedad volvió a surgir por casualidad.
“Cuando llegamos a verla fue como decir: ‘Sí, es aquí’. Hubo algo de intuición, de esas confirmaciones que uno siente”, relató.

Del consultorio al cine
Antes de dedicarse de lleno al cine, Federico Montero ejerció como odontólogo. Estudió Odontología en la Universidad Latinoamericana de Ciencia y Tecnología (Ulacit), trabajó durante varios años en consultorios y, en paralelo, inició sus estudios de cine en la Universidad Veritas.
La decisión de cambiar de rumbo profesional llegó luego de una crisis personal. Montero contó que, tras considerar estudios de especialización en estética y rehabilitación oral, comprendió que esa ruta no respondía a lo que quería hacer.
Su transición hacia el cine no fue inmediata: durante años combinó el trabajo como odontólogo con la formación audiovisual. Se graduó de cine en 2015 y atendió en consultorios hasta 2019, antes de dedicarse plenamente a la producción cinematográfica.
Aunque dejó la práctica odontológica para enfocarse en sus proyectos audiovisuales, no descarta regresar en algún momento. El director reconoce que extraña la dimensión humana de la profesión, el contacto cercano con las personas y la parte manual del trabajo clínico.
Ese cambio de camino también dialoga con el núcleo de Los hombres morimos antes: la búsqueda de una vida más cercana a la identidad propia, incluso cuando esa decisión implica apartarse de las expectativas familiares, económicas o sociales.

De una idea en 2018 a Varsovia
La idea de Los hombres morimos antes comenzó a gestarse en 2018, cuando Montero la presentó en un taller de desarrollo, justo cuando estrenaba su cortometraje de graduación.
Luego, el proyecto pasó por residencias, talleres de guion, espacios de mercado audiovisual y procesos de coproducción y financiamiento antes de llegar al rodaje.
“Uno nunca está listo. Uno se arriesga y da el salto”, resumió el director sobre el paso de los cortometrajes al largometraje. “Al inicio tenía esta idea y este impulso de hacerla. Me tiré a ver hasta dónde llegaba. Después se fue desarrollando hasta que ya no tuve duda de que esta era mi película”.
En cuanto al desarrollo de la producción, hasta llegar al cine, Montero añadió: “Yo siento que en cada etapa de una película ocurre como un milagro. Que sea escrita como proyecto es un milagro, que avance, que encuentre financiamiento, que se produzca, se termine y, por último, que se estrene en un festival, pues todo eso es como un milagro”, añadió.
Además, Montero definió el proceso creativo como un recorrido exigente, atravesado por el miedo y la exposición de zonas personales difíciles.
“Es como meterse a un charral espinado y el único machete que tenés es la voluntad y la disciplina. Vas abriendo poco a poco, encontrando herramientas en el camino, pero no hay forma de que las ramas no te rasguen la piel”, expresó.
El estreno mundial de la película representa un punto importante dentro de ese proceso. “Hay algo ahí que cicatriza”, señaló.
La película fue filmada entre noviembre y diciembre de 2024 en Tarbaca, Belén, Cartago, La Florencia de San Carlos y Ciudad Quesada.
Es una coproducción entre Linterna Films, de Costa Rica, y Tarkiofilm, de Uruguay. La alianza surgió a partir de un encuentro entre Alexandra Latishev, productora de la película y socia de Montero en Linterna Films, y la coproductora uruguaya Virginia Bogliolo, durante un mercado audiovisual en Colombia.
Parte del equipo técnico viajó desde Uruguay y la posproducción —incluidas la edición y la corrección de color— se realizó en ese país.
El proyecto recibió apoyo del Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica, mediante el Fondo El Fauno. Además, recibió fondos del Programa Ibermedia, de la Agencia del Cine y Audiovisual del Uruguay (ACAU) y del Programa Uruguay Audiovisual (PUA).
Aunque Varsovia será la primera parada oficial de la película ante el público, Montero espera con especial interés su estreno en Costa Rica.
“Es una película muy tica. Tiene códigos muy ticos y cosas que siento que el público costarricense va a entender en muchas de sus capas. Yo también habría estado feliz estrenándola en San José, y siento que ese estreno, en junio de 2027, será todavía más importante”, concluyó.

