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No solo se matan entre ellos:
La historia de dos menores asesinados en vivo en TikTok

Un ataque en vivo que mató a dos adolescentes expone cómo la violencia del narcotráfico dejó de tener fronteras y blancos claros.

Por: Natalia Vargas | 04.05.2026

Letra por letra, como lo escribía en sus cuadernos del colegio, el nombre de su hija toma forma sobre el antebrazo de una vecina de Barrio Cuba. Pasó ya un año y dos meses desde que las carcajadas de Sofía dejaron de escucharse en casa, y llevarla plasmada en la piel es solo una de las formas que María encontró para sentirla cerca.

La madrugada del 2 de febrero del 2025, un violento ataque armado apagó los sueños de esta joven, a tan solo unos metros de su casa.

Entre suspiros y algunas pausas, María afirma que ese día perdió “la mitad de su vida” y está convencida de que el dolor que la embarga nunca la va a abandonar. Así lo cuenta sentada en el sillón de su casa, durante una soleada tarde de setiembre.

Sofía celebró sus quince años con un enorme festejo. Su madre le compró una corona y la ayudó a elegir su vestido. Cortesía

Con esfuerzo, María avanza en algunas remodelaciones en su pequeña y acogedora vivienda, la misma en la que Sofía aprendió a hablar y caminar.

Algunas paredes están a la espera de pintura, pero una —visible incluso desde la acera— destaca sobre el resto. En la sala se levanta un altar, casi cubierto en su totalidad por el rostro de Sofía, que se ilumina cuando el sol se cuela por las cortinas al final de la tarde, justo antes de ceder paso a la noche.

Un mural de fotos decora la pequeña vivienda en la que creció Sofía junto a su hermana. Todas las mañanas, su madre se detiene frente a este homenaje para darle los buenos días. Rafael Pacheco

“Siempre me quedo aquí, yo me levanto, ‘buenos días, mi amor’, beso. Aunque sea en esa forma, yo la tengo ahí”, dice su madre.

María colocó al menos cinco fotografías más rodeando la imagen principal; tres de ellas conmemoran la vida de Andrés, también de 17 años; la segunda víctima mortal del ataque armado que cobró la vida de su hija.

A más de un año de su partida, la ausencia de este joven, noble y tímido, pesa como el primer día. A su madre, Ana, le cuesta pronunciar su nombre, y su voz se corta fácilmente cuando repasa la pasión de su hijo por la robótica, los videojuegos, las motocicletas y el fútbol.

Andrés creció en el barrio Los Ángeles, a pocos kilómetros de Barrio Cuba, donde resultó víctima mortal de una balacera. Cortesía

Desde el 1.° de enero del 2022 y el 27 de abril del 2026, el país sumó 3.545 homicidios, el equivalente a un crimen de este tipo cada 10 horas. De ese enorme total, siete de cada 100 asesinados eran víctimas inocentes de disputas por narcotráfico, robos o asaltos.

Sofía y Andrés son solo dos de las 259 personas inocentes asesinadas en ese periodo en Costa Rica por bandas criminales que, en medio de sus pugnas, arrebatan la vida de ciudadanos completamente ajenos a la delincuencia.

Son 259 familias que en poco más de cuatro años lloran vidas truncadas y sueños inconclusos.

Evolución de víctimas colaterales

2022 — 2026 · Datos OIJ

2022
0 víctimas
2023
0 víctimas
2024
0 víctimas
2025
0 víctimas
2026
0 víctimas
2022 2023 2024 2025 2026

Incremento del 377.7% entre 2022 y 2025 (Datos OIJ al 27 de abril 2026)

Son ellos los que no están reflejados en aquella frase que pronunció el presidente de la República, Rodrigo Chaves Robles, el 31 de agosto del 2023, durante una sesión del Consejo de Gobierno ampliado en la provincia de Limón.

Aquel día, Chaves aseguró que un limonense le dijo que no se preocupara tanto por los asesinatos, porque “mientras uno no se meta en malos pasos, no hay por qué preocuparse, porque es entre ellos que se matan”.

El presidente añadió: “¿Saben qué? Sí, es cierto, pero nosotros nos preocupamos, no solo por los que matan, sino porque los que dejan detrás, no solo por los que se metieron en malos pasos, para asegurarnos que haya opciones reales”.

El presidente Rodrigo Chaves restó importancia a la crisis de homicidios en 2023. Casa Presidencial. Johanfred Bonilla

Sofía y Andrés son parte de esos que nunca estuvieron en “malos pasos”, como aseguró el mandatario. A continuación, un relato de sus vidas y sus sueños truncados. Sus nombres fueron alterados para respetar su identidad.

Sus vidas y sus sueños truncados

Seleccione una historia para leerla en detalle

Caso Sofía
Fecha de fallecimiento: 2 de febrero de 2025 | Lugar: Barrio Cuba, San José | Edad: 17 años

Durante 17 años, Sofía recorrió los pasillos de la misma casa en Barrio Cuba. Primero en los brazos de su madre y su abuela; más tarde, cantando, jugando o descansando, luego de exhaustivas jornadas en el colegio.

En esa vivienda creció una amante de los animales, una joven coqueta, cuidadora, de risa contagiosa, dedicada y siempre dispuesta a ayudar. Apasionada por la lectura, solía compartir las historias de sus libros favoritos, a veces entre risas y a veces entre lágrimas.

María recuerda a su hija como una joven vanidosa, y una de las memorias que más atesora es plancharle el pelo todas las mañanas, pues a ella no le gustaba hacerlo sola. Cortesía

Su esencia, recuerda su madre, era simplemente bondadosa.

María tuvo a Sofía, la mayor de sus dos hijas, cuando apenas cumplió 15 años. La corta edad permitió que ambas crecieran juntas, con un lazo muy estrecho que con los años se volvió inquebrantable.

"Recuerdo mucho todos los días cuando venía del colegio y apenas llegaba se sentaba en la silla y me decía: 'Mamá vieras...' Y ya me contaba todo lo que había pasado en el colegio. Sofía fue mi amiga. Ella fue mi amiga”, explicó.

Entre ellas no había llamada en la que faltara un “te amo” de ida o un “te amo” de vuelta sin respuesta. Hoy, sumida en un dolor que no cesa y atravesando lo que describe como “los peores meses de su vida”, María encuentra consuelo en saber que su hija creció rodeada de un amor tan grande que solo puede describir con memorias.

“Me decía que no le gustaba cumplir años en diciembre porque solo le tocaba un regalo, de Navidad y de cumpleaños, que eso no se valía. Pero yo siempre trataba de hacerle algo bonito para los cumpleaños, que ella no resintiera tanto que cumplía el 21 de diciembre”.

"

“Yo como mamá siempre traté de estar ahí, de cuidarlas, de darles todo lo que pude y de que fueran felices. Creo que lo logré.”

María dedicó su vida a criar a sus dos hijas. Fue una madre presente y cercana, hasta que la muerte de una de ellas, cuenta, le arrebató parte de sí misma. Cortesía

Sofía, de oído atento y siempre con una respuesta atinada, aspiraba a muchas cosas. Quería aprender a hablar inglés y estudiar medicina veterinaria. Una vez consolidada, anhelaba comprar una casa con un patio enorme y allí criar a todos los perros que de niña, por diversos motivos, no pudo tener.

En 2025 habría cursado el último año del colegio y su madre la recuerda muy ilusionada. Una ilusión que se apagó tres días antes de ese primer día de clases, y a 11 meses de ser bachiller. Desde diciembre del 2024 buscaba fotos del vestido de graduación que quería comprar y comentaba habitualmente sobre la pena que sentiría cuando llamaran su nombre y tuviera que caminar frente a todos sus compañeros para recoger su título.

También la inundaba la inquietud de no poder pasar alguna materia y perderse la graduación. A veces, cuando se preocupaba demasiado, acudía a su madre por consuelo. “¿Si me cuesta física mate, mamá?”, le preguntaba de vez en cuando.

“Se merecía esa graduación como nadie”, dice María.

En septiembre del 2025, cuando este medio visitó la casa de Sofía, su madre había comprado una corona para que ella asistiera, en espíritu, a los quince años de su hermana. Abajo se observa a Tito, su oso de peluche. Rafael Pacheco

Aun a sus 17 años no se dormía sin su “Tito”, un oso de peluche que, con cariño, le regaló uno de sus abuelos cuando era niña y que hoy su madre conserva. Con ese mismo cariño la bautizaron en la familia como “Coco”. Cuando era apenas una bebé, tenía su cabeza tan pequeña que, según cuenta su mamá, la hizo merecedora del apodo.

“¡Coco, salga! Se va a poner amarilla!”, le gritaba uno de sus tíos en broma cuando llegaba a su casa y la encontraba encerrada en su cuarto. A Sofía le gustaba salir, pero no muy a menudo. A veces, con algunos de sus amigos, iba por un helado o a ver una película; en otras ocasiones cuando llegaban a buscarla a la puerta, le pedía a su madre por mensaje que inventara alguna excusa para quedarse en casa.

Su hija, dice María, nunca estuvo sola. Si iba a alguna fiesta, mandaba a alguien de confianza para que la dejara y también la recogiera. Así garantizaba que llegara bien a casa. "Aquí está mamá y aquí siempre va a estar mamá”, dice que le repetía con habitualidad.

María se tatuó una imagen en alusión a su hija. Su brazo está colmado de objetos que, según dice, le recuerdan a Sofía. Eran sus cosas favoritas. Rafael Pacheco

Sofía era un poco vanidosa. Se levantaba a las 4 a. m. para ir al colegio. Destinaba varios minutos a sus cejas, mientras su madre le planchaba el pelo. Solo iniciando el día a esas horas de la madrugada le alcanzaba el tiempo para alistarse y comenzar, a eso de las 6 a. m., su caminata hacia el Liceo del Sur, situado también en Barrio Cuba.

En el colegio conoció a Andrés, aunque era un año mayor que ella.

Caso Andrés
Fecha de fallecimiento: 2 de febrero de 2025 | Lugar: Barrio Los Ángeles, San José | Edad: 17 años

Ana, la madre de Andrés, lo siente en todas partes. A veces lo recuerda en la letra de una canción, en una camiseta de fútbol o en una fotografía. En ocasiones lo evoca con humor y entre risas, pero, en muchas otras, el simple acto de pensarlo la sumerge en una tristeza sin remedio.

Ana atesora muchísimas fotos de su hijo, desde que era niño hasta su partida. De esta forma, lo siente muy cerca pese a su ausencia. Cortesía

Andrés creció en el barrio Los Ángeles, justo al lado de Barrio Cuba. En esa calles, colmadas de viviendas de gente trabajadora, corrió y aprendió a andar en bicicleta.

No era un muchacho de “cienes” en el colegio, pero sacaba buenas calificaciones, dice su madre. Recuerda que alguna que otra noche la hacía correr, “como todos”, para comprar pinturas o conseguir algún material, para cumplir con alguna asignación que dejó para el último momento.

“Siempre lo lográbamos”, celebra Ana.

Andrés cuidaba mucho su apariencia y era vanidoso, según recuerda su madre. Cortesía

Pese a algún apuro, era un joven responsable. En primer grado obtuvo el mejor promedio y desfiló el 15 de setiembre entre los estudiantes más destacados de su escuela. En diciembre del 2024 se graduó de quinto año en el Liceo del Sur, a tan solo 400 metros de su casa, y aprobó incluso aquellas materias que más lo retaban.

“Física, mate, química y biología no le llamaban mucho la atención y decía: ‘Ay, no, yo me voy a quedar en esto porque yo no soy un bueno para eso’, pero no, gracias a Dios pasó", dice su madre.

Fuera de las aulas, Andrés encontraba refugio en casa. Llegaba del colegio vistiendo su uniforme morado y azul, y pasaba varias horas jugando videojuegos en línea junto a sus amigos y a su hermano, cuatro años menor que él.

Los compañeros del equipo de Andrés firmaron su camiseta tras su partida. Su madre la guarda con cariño. Rafael Pacheco

“Fortnite y Fifa 24 eran sus juegos preferidos”, comentó su hermanito con voz muy tenue, sentado justo detrás de su madre.

A los 14 años, Andrés se enamoró del fútbol e ingresó al equipo de la Asociación Deportiva de Barrio Cuba (Asodeba). Desde entonces, con el número ocho en el dorsal, dedicó gran parte de sus días a entrenamientos y partidos en la Liga Nacional de Fútbol Aficionado. “Le ayudó bastante, porque entonces socializaba más”, recordó su mamá.

Aunque en esta imagen aparece con el número siete, el dorsal ocho era el que portaba en sus partidos y entrenamientos. Andrés dedicaba la mayor parte de su tiempo al fútbol. Cortesía

Su último verano disfrutó de las fiestas de Zapote, jugó fútbol en La Sabana con sus amigos más cercanos y, de vez en cuando, salió a comer a algún restaurante de comida rápida. Era la única opción, dice su madre, que se ajustaba al presupuesto de la mayoría, que apenas, con suerte, comenzaba a recibir un pequeño salario.

Poco antes de que llegara noviembre, en 2024, Ana acompañó a Andrés al centro de San José a alquilar su traje para el baile de graduación. “Me veo guapo”, le dijo cuando se probó el saco azul que eligió para la fiesta. “Sí, claro que sí. Te vas a ver guapísimo”, recuerda que le respondió ella, con una sonrisa cargada de orgullo.

Cuenta su madre que el traje le quedó perfecto, justo como a él le gustaba verse. Andrés era meticuloso con su imagen y casi nunca salía sin su colonia. Alisaba las arrugas en la ropa y no dejaba ningún detalle al azar. Era exigente con su corte de pelo, le pedía a su madre jabón para combatir el acné y vigilaba de cerca el estado, incluso, de las medias del uniforme de fútbol.

Andrés se graduó apenas dos meses antes de su muerte. Tenía decenas de sueños por delante; el más anhelado era comprar una motocicleta para trabajar en envíos. Cortesía

Disfrutó “como nunca” su baile de graduación. Entre largas pausas y esforzándose por contener las lágrimas, su madre apenas logró evocar el momento en que lo vio entre sus compañeros vistiendo el traje y luego, las fotos que se tomó a su lado.“A pesar de que él era a veces muy tímido, muy callado y no era muy expresivo, ese día sí sentí que era como el día de él, de fijo”.

Un mes después, recibió su título de bachillerato rodeado de sus familiares más cercanos. Andrés apenas iniciaba su camino por la vida y no tenía claridad sobre su futuro o la carrera que quería estudiar en la universidad, aunque mucho le llamaba la atención.

Ana enmarcó una foto que Andrés se tomó durante su paseo de graduación. Fue uno de los últimos momentos que el joven compartió con sus compañeros del colegio antes de fallecer. Rafael Pacheco

Un viaje a Panamá despertó su curiosidad por trabajar en el aeropuerto y también, en alguna oportunidad, le comentó a su madre que podría inclinarse por las Relaciones Internacionales.

La incertidumbre, sin embargo, no parecía inquietarlo. Al contrario, en enero del 2025 comenzó a trabajar en una zapatería en el centro de San José y probó, por primera vez, un poco de independencia. Con su salario se compró unos tenis, un reloj, una cadena y una pulsera esclava que siempre le rodeaba la muñeca.

Andrés destacó por su dedicación. Obtuvo el mejor promedio de su clase en primer grado y con los años desarrolló su pasión por los videojuegos. Cortesía

Además, comenzaba a ahorrar para comprarse una motocicleta Nano, con la idea de ganar un poco más de dinero por su cuenta trabajando para alguna plataforma de envíos. Su madre, por otro lado, tenía ya en la mira la academia donde aprendería a conducir.

“No dio tiempo”, lamentó.

El 17 de febrero del 2025, Andrés habría celebrado su cumpleaños 18 en barrio La California. “¿Usted cree que sus papás lo dejen ir a la Cali?”, le decían sus amigos. Su madre cuenta que a Andrés, sin duda, le daba “cosilla” la idea de salir de fiesta, pero finalmente accedió a que esa fuera su celebración.

Su cumpleaños; sin embargo, no llegó con luces, brindis ni música. En el cementerio, alrededor de su nicho, Ana reunió a sus amigos más cercanos y colocó globos de colores sobre el sepulcro de azulejos blancos. El “1” y el “8” rodearon una fotografía suya vistiendo el uniforme de su equipo, y una guirnalda de cohetes, acompañada por dos coronas doradas, cruzó de lado a lado la tumba.

Desde su fallecimiento, la madre de Andrés decora su nicho cada 17 de febrero, para conmemorar su cumpleaños. Cortesía

A Ana se le hace difícil poner su dolor en palabras y se limita a decir que simplemente “no se le puede desear a nadie”. Andrés era apenas “un chiquillo” que nunca consumió drogas o tuvo problemas con el alcohol. Se mantenía alejado del conflicto y su madre asegura que nunca recibió ni tan siquiera una llamada desde el colegio.

“Es muy duro, porque yo lo llevé 9 meses. Yo lo fui a parir. Yo sé que él es mi hijo, a mí me costó mucho tenerlo como para que alguien viniera y me lo arrebatara. Eso no se vale. Eso no era justo, que él tuviera un final así”, lamentó.

Atacados mientras bailaban

La mañana del sábado 1.° de febrero del 2025, el sol comenzó a colarse por las verjas.

Sofía despertó en su habitación como cualquier otro día del fin de semana. Nada fue atípico, dice su madre, quien justo ese sábado se levantó temprano para ir a trabajar.

Esa noche, María iría a visitar a su cuñada, a menos de 300 metros de su casa. Cuenta que se trataba de una fiesta familiar que reuniría a varios de sus allegados y a algunos amigos de sus hijas, entre ellos Andrés, a quien invitaron para que pasara parte de la noche con ellos.

Una madrugada en la calle donde mataron a Sofía y Andrés. Alonso Tenorio

Sofía y su hermana nunca estaban solas y ese día no fue distinto. Su abuela les hizo compañía.

La rutina transcurrió similar en casa de Andrés. El joven despertó en su cuarto y desayunó junto a su madre y su hermano. Por la tarde, Ana le dio el dinero a Andrés para que fuera a comprar una pizza y, junto a su hermano, caminó al menos 200 metros hasta la pizzería. Recogieron el almuerzo y regresaron a casa.

El resto del día, Andrés jugó sus videojuegos preferidos.

Las manecillas del reloj marcaron las 6 p. m. y, aproximadamente a esa hora, Sofía empezó a alistarse para la actividad. Se maquilló con su característica dedicación y estaba justo terminando de plancharse el pelo cuando su madre llegó del trabajo y terminó de arreglarse junto a ella.

“Sofía nunca se planchaba el pelo sola, nunca. Ella siempre esperaba que yo la peinara. Ese día vine y se estaba planchando el pelo, ya estaba terminando. Y yo le dije, ‘¡Oh, se planchó el pelo sola!’ Y me dice, ‘Sí, mamá, porque usted imagínese a qué horas hubiera terminado’”, narró María sobre uno de sus últimos intercambios en casa.

Las balas dejaron marcas en la fachada de una vivienda en Barrio Cuba tras el ataque armado que cobró la vida de Sofía y Andrés. Rafael Pacheco

Caída la noche, María caminó con sus hijas hacia la fiesta y Andrés cenó para luego irse al cuarto de su madre, donde compartió por algunos minutos.

“Estuvo vacilando. Había cogido mi camisa de la Sele y a como pudo se metió. Entonces, me dice: ‘Mami, vea qué pochotón me estoy poniendo’. Siempre hacía los brasillos así y decía, ‘vea qué músculos se me están haciendo’”, rememoró Ana.

A eso de las 9:30 p. m., Andrés le dijo que se iría a dormir porque al día siguiente, temprano, una buseta pasaba por él para jugar un partido en Atenas. El último intercambio de Ana con su hijo fueron las buenas noches y, como de costumbre, ella le deseó éxitos y le recordó que si necesitaba algo no dudara en llamarla. El joven también se despidió de su abuela antes de irse a su cuarto.

Ana se acostó como cualquier otro día, convencida de que sus hijos habían hecho lo mismo. Esa noche no escuchó los pasos de Andrés en el pasillo, ni el sonido de la puerta cuando, ya tarde, el joven decidió ir a verse con sus amigos, sin avisar.

En Barrio Cuba, mientras tanto, familiares de María compartían, cantaban y se dedicaban las letras de algunas canciones. “Todo era alegría”, resume esta madre sobre lo que ocurrió antes de que sus dos hijas salieran a la calle a grabar un TikTok a eso de la 1 a. m.

Sofía, su hermana menor —entonces de 14 años—, una de sus primas, Andrés y otro joven, de 18 años, colocaron un celular en el borde de una ventana y grabaron algunos bailes.

“Todas las noches era lo mismo. Hasta que ese día pasa lo impensable. Nosotros creíamos que si uno no le hace daño a nadie, nadie tiene por qué hacerle daño a uno. Estábamos equivocados”, lamenta María.

El celular transimitía en vivo cuando un carro negro se aproximó a los muchachos. De él descendieron tres gatilleros con armas de alto calibre y, sin mediar palabra, dispararon en ráfaga. En cuestión de segundos, la misma cámara captó los gritos de los familiares cuando hallaron la escena y la voz desesperada de algunos vecinos pidiendo auxilio.

“¡Le dieron a Sofía y a Andrés!”, alertó un hombre poco antes de que, entre gritos de angustia, se oyera la voz desgarrada de una mujer implorando que no dejaran que Sofía se durmiera.

“Mi hija estaba acostada en una acera, pero hablaba, hablaba. Yo me la llevé en un carro a ella y me sacaron del hospital (San Juan de Dios). Ahí minutos después fue donde me dan la noticia. Horrible. Y la vida cambia, total”, recuerda su madre.

“Cuando íbamos en el carro, yo le decía, ‘Mi amor, todo va a estar bien’. Ella tenía un teléfono que amaba y me decía, ‘Mamá, mi teléfono’”. María cuenta que en ese momento no comprendía la insistencia de Sofía, pero ahora piensa que quizás intentaba comunicarle que ahí encontraría alguna respuesta a lo que ocurrió.

“En una fiesta donde todo era alegría, personas sin sangre, digo yo, vienen y me arrebatan todos esos momentos. Todos los que nos faltaban por vivir”, lamentó.

Al tiempo que vecinos intentaban ayudar a los muchachos, a Ana la despertó una llamada en la que le alertaban de que el joven resultó herido en una balacera.

A la izquierda se observa la vivienda donde los jóvenes apoyaron el teléfono para grabar un video en vivo durante la madrugada del 2 de febrero de 2025 en la que se reportó el ataque armado. Alonso Tenorio

Desde el momento en que se levantó de la cama y no lo encontró en su cuarto, Ana asegura que los recuerdos son borrosos. Con el paso del tiempo, junto a su hijo menor, reconstruyeron la historia como un rompecabezas, intentando encajar las piezas conforme fueron emergiendo las memorias.

Recuerda los gritos de un amigo de Andrés en el portón de su casa. Relata que llamó a su hijo al celular, pero al otro lado de la línea un amigo suyo le rogó que llegara lo antes posible a la escena y se negó a revelar detalles por teléfono.

Tan rápido como pudo, Ana tomó un Uber junto a su hijo menor y fue a Barrio Cuba. Al llegar, la calle estaba acordonada y oficiales de Fuerza Pública prohibían ya el paso. “Lo único que tenemos es la imagen de verlo ahí en la acera, en la calle, cerca del caño, pero en la calle, con una sábana puesta”.

Andrés quedó tendido sobre la vía, y así lo encontró su madre. Cortesía

“Nos quedó esa duda cuando llegamos, de que si era él o no era él. Como nosotros lo vimos que había comido, que se había despedido, que se fue a dormir, necesitábamos saber si era él, porque es que no puede ser que esté aquí”, relató.

Minutos más tarde, mediante una fotografía, corroboraron que el joven tendido en la vía era Andrés. Su madre, con pesar, presume que él, totalmente ajeno a la violencia, quizá sintió miedo al escuchar el estruendo de las balas, pero encuentra alivio en pensar que protegió a una de sus amigas.

Testigos le relataron que, en medio de las ráfagas, Andrés cubrió a la prima de Sofía, la única que resultó ilesa en el ataque. Él, sin embargo, estaba muy cerca de los gatilleros y recibió un impacto en el brazo, otro en la pierna y una herida mortal en el pecho, muy cerca de su corazón.

En cuestión de segundos, su mirada se apagó. “Déjenme aquí, no me lleven”, fue la frase que, de acuerdo con su madre, pronunció a quienes intentaban ayudarlo.

"

“Una señora se acercó, una vecina, le hizo una oración. Se acercó hacia mi hijo, ya le vio que los ojitos ya no eran... ya estaban casi que fijos y ahí falleció”, lamentó.

Ni siquiera en ese momento, tendido sobre la vía, Andrés estuvo lejos de su madre. Vecinos de Barrio Cuba le prestaron a Ana y a su hijo un banquito y una cobija, y les ofrecieron una taza de café para aliviar el frío de la madrugada, a la espera de que llegaran agentes del Organismo de Investigación Judicial.

Un pequeño altar se levanta en la sala de la casa de Andrés. "Te amamos por siempre", se lee en una frase que acompaña su imagen y una cruz, rodeadas por el color de varias flores. Cortesía

Cerca de las 6 a. m., cuenta la madre, realizaron el levantamiento del cuerpo y le devolvieron ¢2.000 que su hijo llevaba en el bolsillo, así como su cadena y su reloj, que siete meses después del ataque dejó de palpitar. Al día de hoy se pregunta por su pulsera esclava, que nunca más apareció.

Durante la balacera, dos jóvenes más resultaron heridos, entre ellos la hermana de Sofía, quien recibió un disparo en la pierna y otro en uno de sus brazos. Le tomó meses recuperarse físicamente y aún lucha con las secuelas psicológicas del ataque.

“Ha costado, claro que ha costado mucho, yo le digo a ella y se lo dije desde el principio. Aquí quedaron dos corazones rotos. Hay que juntarlos para hacer por lo menos uno y seguir. Yo creo que eso es algo también que es insuperable, es un dolor que uno lleva todos los días. Aquí en los hombros”, contó María.

“Mucha gente a veces juzga, que quizá a mí me faltó malicia. Yo les contesto que no. Hay personas que más bien les falta bondad y a mi hija le sobraba. Lastimosamente, ese día me la arrebataron. Así, en cuestión de segundos”, agregó.

Sus vidas ahora

Entre fotografías de Sofía, María conserva una corona dentro de una bolsa de plástico transparente. “No tiene historia”, dice sobre este pequeño objeto dorado. “Pronto la va a tener”, agregó de inmediato.

En setiembre del 2025, ocho meses después del ataque, la hermana menor de Sofía estaba a pocos días de cumplir 15 años y su madre, tal como lo hizo para Sofía, preparaba la fiesta de cumpleaños.

“Vamos a llevar a Sofía (a la celebración), yo a ella la tengo en la cajita. Esta es la corona de ella. La compré hoy. Yo le compré a ella el perfume, porque no podía andar sin perfume, para ponérselo en la cajita”, explicó María.

Sofía era una joven llena de sueños. A su madre la consume la impotencia de saber que su vida terminó demasiado rápido. No llegó a vivir su último año de colegio, ni a ponerse un vestido de graduación. Tampoco alcanzó a recibir su título, aunque en diciembre del 2025 llamaron su nombre y su madre lo recogió por ella.

María recogió el título de bachillerato de su hija en diciembre del 2025. Ella asegura que su hija merecía esa graduación como nadie. Cortesía

“¿De qué manera, digamos, yo como madre que he perdido la mitad de mi vida, puedo explicarle al gobierno que tienen que cambiar las leyes? Cuando no son ellos los que han perdido seres de esa forma”, dice.

“Seres que quizás tenían para darle más a este país que otros. No creo que yo sea quién para explicarles a ellos qué es lo que tienen que hacer o cómo tienen que hacer el trabajo. Creo que es hora de que ellos se pongan esas barbas en remojo y digan: ‘Bueno, no, está pasando esto, no se están matando entre ellos’. Nos están matando a nosotros. A las personas que trabajamos, a las personas que criamos personas buenas. Nos están matando a las personas buenas”, acotó.

A pocos kilómetros, Ana se esfuerza por seguir su vida de la mano de su hijo pequeño, quien, pese a su corta edad, escogió con cuidado la camisa, el pantalón y las medias que, empacados en una bolsita, Ana entregó a la funeraria.

Este febrero su madre nuevamente llevó globos y guirnaldas y decoró el nicho de su hijo, para darle la bienvenida a sus 19 años.

“Yo nunca me imaginé que a mi hijo le fuera a pasar eso. Porque a uno no le pasa por la mente jamás, más de la forma en que él murió tampoco. ¿Quién nos lo va a devolver? Ya no. No hay cómo”, manifestó la mamá de Andrés.

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“Yo sé que eso es un dolor que yo voy a llevar hasta el día en que yo lo vaya a ver”, concluyó.

Otros rostros inocentes de la violencia homicida.
El sufrimiento en contexto

Estas son fotografías de 28 víctimas colaterales de la guerra homicida en Costa Rica. No fue posible identificar a los 259 fallecidos inocentes, pues el Organismo de Investigación Judicial, amparado en la Ley de Protección de la Persona frente al tratamiento de sus datos personales, se negó a divulgar sus identidades.

Víctima 1
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La madrugada del 27 de febrero del 2023, desde un fusil AK-47 se disparó la bala que recorrió al menos un kilómetro hasta caer en una vivienda en La Gloria de Zapote, donde dormía un niño de tan solo 8 años.

El proyectil lo alcanzó y, en poco tiempo, le provocó un daño irreversible que derivó en muerte neurológica. Este pequeño, descrito por sus seres queridos como hiperactivo y amante del fútbol, falleció en el Hospital Nacional de Niños dos días después del impacto, tras varios procedimientos quirúrgicos.

Entre globos blancos, vecinos y allegados dieron un último adiós al niño. John Durán

Una bala perdida también le arrebató la vida a José Sebastián Esquivel Herrera, un joven de 23 años que regresaba de una larga jornada de trabajo en un call center. Vestido con pantalón oscuro, un suéter, audífonos y un bulto en la espalda, bajó de un autobús en Desamparados la noche del 21 de enero del 2025.

Caminaba hacia su casa, donde también vivía con su abuela, cuando el estruendo de varios disparos en las cercanías lo hizo correr. Solo avanzó algunos metros antes de caer abatido.

“Él no tenía nada que ver. Solo quería llegar a casa después del trabajo, y esto pasó. Mi hijo era un excelente muchacho, bachiller y técnico medio en electrónica industrial”, dijo entonces Xinia Herrera González, su madre.

José Sebastián falleció en vía pública. Cortesía


Como el niño de 8 años y José Sebastián, 259 víctimas inocentes murieron entre enero del 2022 y el 27 de abril del 2026 durante sus labores cotidianas; caminando a comprar comida para sus mascotas o compartiendo con amigos en un bar. En este artículo se divulgan las imágenes de 28 de ellos, pues el Organismo de Investigación Judicial declinó revelar la totalidad de las identidades.

Porcentaje de víctimas colaterales del total de homicidios por año

Evolución 2022-2025 (Datos OIJ)

En los últimos cuatro años no solo se mataron entre criminales. Atrapados entre ataques armados y disputas, algunas víctimas fallecieron a plena luz del día en manos de gatilleros “inexpertos”, “torpes” y “descuidados”; en el parqueo de un centro educativo o en su propia casa abrazando a sus hijos para resguardarlos de una ráfaga de balas.

Otros murieron en la puerta del negocio que tardaron años en levantar.

El 2025 cerró con un total de 873 homicidios dolosos y, de ellos, 86 víctimas fueron colaterales (9,8%).

Este mal es cada vez más común en Costa Rica. En 2022, el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) reportó el asesinato de 18 colaterales y, en 2024, la cifra se elevó a 93. En tan solo tres años, el número incrementó en un 416%.

“Ponga usted 80 personas en una habitación: es un gentío”, dijo a La Nación Michael Soto, director a.i. del OIJ, en diciembre, poco después de presentar algunos de los logros que alcanzó la Policía Judicial en la lucha contra las organizaciones criminales en 2025.

En contraste con los múltiples logros que destaca, aceptó que la violencia continúa acechando en las calles y que la creciente cifra de víctimas colaterales es un desafío para las autoridades.

“No hemos logrado controlar (los fallecidos colaterales) y los delincuentes siguen actuando indeterminadamente, sin importar quién está detrás, a qué hora del día, si hay personas o no, si la persona que es objetivo va con un familiar o con un niño”, agregó.

Michael Soto, director interino del OIJ, ha sido crítico con las cifras de víctimas colaterales que ha registrado Costa Rica en los últimos años. José Cordero

Para Mauricio Boraschi, fiscal adjunto, el saldo constituye “una tragedia” y, al mismo tiempo, un reflejo de “los niveles de inseguridad” que se viven en todos los rincones del país. Si las autoridades no toman medidas más serias para fortalecer a los cuerpos policiales, dice, “esto difícilmente va a cambiar”.

Una guerra con daños colaterales

El aumento de homicidios dolosos en todo el país vino acompañado también de un incremento en las víctimas colaterales en los últimos años. La violencia en los barrios, estrechamente vinculada al tráfico ilícito de drogas, derivó en conflictos cada vez más habituales entre grupos criminales que buscan asegurarse territorios para la venta de estupefacientes, ajustar sus jerarquías internas y cobrar deudas.

Boraschi, fiscal adjunto, explica que se trata de una dinámica propia del narcotráfico y que, por su naturaleza, genera muerte. En estos grupos es habitual que los miembros tengan su propia noción de justicia y recurran a la violencia para resolver disputas, lo que termina en la orden de ejecutar a una o varias personas.

Boraschi, hoy fiscal adjunto, fue también jefe de la Dirección de Inteligencia y Seguridad (DIS). José Cordero

Aunque el sicariato lleva años operando en el país, el fiscal señaló que la violencia de los gatilleros se intensificó en medio del “tsunami de cocaína” que ingresa a Costa Rica desde el sur del continente y de un mercado externo “poderoso”, como el estadounidense o el europeo. Ese flujo de droga, asegura, modificó las condiciones del crimen e impulsó la expansión de grupos delictivos en el territorio.

“La cantidad de droga que pasa por el país y la cantidad colateral de droga que se queda en el país, que es la que promueve todo este tipo de violencia, ha aumentado. Aumentaron también la masa de consumidores y los puntos de venta. (...) La víctima colateral precisamente refleja ese furor que hay en el mercado de drogas y los problemas graves que derivan del mismo”, explicó el fiscal.

La imágen ilustra una incursión policial en una propiedad colindante con el manglar de Cieneguita, en barrio Los Cocos. El operativo, denominado "Caso Transbordo", buscó desarticular una red de narcotráfico que operaba en Limón. Alonso Tenorio

El punto de inflexión en el número de víctimas colaterales llegó cuando las cifras de homicidios dolosos comenzaron a encender las alarmas. Durante más de una década, entre el 2010 y el 2022, Costa Rica sostuvo una tasa de homicidios que osciló entre 8,7 y 12,5 por cada 100.000 habitantes. Pero en 2023 el país atravesó el período más violento desde que la Policía Judicial lleva registros. Por primera vez se contabilizaron 905 homicidios, lo que se tradujo en un tasa de 17,2 asesinatos por cada 100.000 habitantes.

Ese año, 52 personas (el 5,7% del total) murieron sin ser el objetivo del crimen. En 2024, la tendencia se acentuó para las víctimas inocentes, pues de los 876 homicidios, 93 personas (10,6%) fueron consideradas inocentes.

Este crecimiento obligó a replantear el conteo dentro del OIJ. Si bien el registro de víctimas colaterales no es nuevo, hasta hace dos años su alcance era limitado. Orlando Corrales, jefe de la Unidad de Análisis Criminal, explicó a La Nación que en 2022 ya existía un seguimiento a este tipo de casos, pero admite que el análisis no era “tan profundo” como el que se lleva a cabo actualmente.

Orlando Corrales es jefe de la Unidad de Análisis Criminal del Organismo de Investigación Judicial. Kenneth Barrantes

A partir del 2024, el cambio en la forma en que se registran estos hechos se hizo para “poder demostrar a nivel de sociedad lo que está pasando”, según dijo Corrales.

Hoy, cuando ocurre un asesinato, los métodos policiales establecen con mayor precisión si una persona asesinada era el objetivo del ataque o si murió de manera colateral. Además, la clasificación distingue si se trató de una víctima directa por su cercanía con el blanco, como hijos, madres o incluso guardaespaldas, o indirecta; es decir, sin ningún tipo de vínculo con el objetivo.

La mayoría de las víctimas colaterales no tenían ninguna relación con el objetivo del ataque. En los últimos dos años, aproximadamente seis de cada diez casos se ubicaron en esa categoría.

Así se calificó el incidente en el que murieron Yerlania Molina Bolaños, de 23 años, y Heilin Fabiola Madriz Acuña, de 30 años, quienes en febrero del 2025 quedaron atrapadas en un ajuste de cuentas en un bar en Cartago. Las mujeres estaban en la acera, frente al establecimiento, cuando dos gatilleros comenzaron a disparar.


Corrieron hacia el interior del bar en busca de refugio, sin éxito. Yerlania, madre de un niño de tres años, murió por un impacto en la cabeza. Heilin Fabiola, madre de una niña de dos años y un bebé de siete meses, falleció por un proyectil que se alojó en su pecho.

El panorama en lo que va del 2026 ha variado, pues hasta inicios de abril el país registró un promedio diario de entre 1,5 y 1,9 homicidios. Detrás de esa baja, según explicó La Nación, está el Plan Estratégico de Contención y Control de la Violencia (PECOV), una metodología de cuatro pilares que diseñó el OIJ y que ataca principalmente el narcomenudeo.

Los resultados no solo se comienzan a ver reflejados en el número de asesinatos, sino también en la cifra de víctimas colaterales. Al 21 de abril, la Policía Judicial registró 216 homicidios, 64 crímenes menos que a la misma fecha del año anterior. Así también se redujo el número de víctimas inocentes, pues a esta misma fecha figuran ocho personas, cuando el año pasado ya se contabilizaban 35.

Menores de edad fallecidos como víctimas colaterales por año

Incremento del 300% entre 2022 y 2025 (Datos OIJ)

Grupos criminales sin límites

Pese a esta reciente baja, en Costa Rica, el horario, el tráfico o una celebración familiar dejaron de ser garantía de seguridad o calma. Desde 2022, la tendencia apunta a que un ataque armado puede irrumpir en cualquier lugar y en cualquier momento del día.

Juan Ortiz Rivera, de 67 años, murió una mañana de mayo del 2022 luego de recibir un disparo en el estacionamiento de un colegio en Limón, cuando ayudaba a una estudiante a bajar del vehículo para ingresar a clases. Juan era el querido conserje del centro educativo.

“Fuerza, siempre con fuerza” eran las palabras que siempre decía con euforia Juan José Ortiz Rivera para animar a los estudiantes del Colegio María Inmaculada de Limón. Raúl Cascante

El ataque con fusiles se produjo cuando Ronny Dobrosky Rojas, a quien las autoridades policiales señalaban como el presunto cabecilla de una organización criminal afincada en Siquirres, llegó con su esposa a dejar a su hija. Dobrosky también falleció en la balacera.

“No les importa si el objetivo va acompañado. Lo que les interesa es eliminar el objetivo que fue encomendado”, afirmó Corrales, jefe de la Unidad de Análisis Criminal del OIJ.

Corrales sostiene que la “falta de profesionalismo”, un deficiente dominio de las armas y la edad de los gatilleros serían algunos factores que explican el incremento de homicidios en perjuicio de inocentes. Según explicó, muchos gatilleros suelen ser personas muy jóvenes, algunos inician ahora desde los 14 años, y buscan alcanzar un poderío rápido en sus barrios, ser “el que dispara, el que mata”, sin importar el costo.

Para el fiscal adjunto, Mauricio Boraschi, los ataques indiscriminados que cobran cada vez más vidas inocentes se deben también a falta de control territorial por parte de las autoridades policiales, sobre todo en las cabeceras de ciudad, donde hay mayor concentración de personas y alto tránsito.

Los datos del OIJ reflejan que la mayor cantidad de víctimas colaterales se concentra en las provincias que reportan la mayoría de los asesinatos. Entre 2022 y el 28 de enero del 2026 los datos de la Policía Judicial revelan que 100 víctimas inocentes fallecieron en San José, seguido por Limón (45), Cartago (32), Puntarenas (30), Alajuela (20), Guanacaste (16) y Heredia (6).

Necesidad de recurso

Boraschi dice que la Fuerza Pública hace un gran esfuerzo en la calle, pero el recurso “no es suficiente”. Los gatilleros actúan con la sensación de poder operar en cualquier momento o lugar y, además de ejecutar los ataques con relativa facilidad, en la mayoría de ocasiones logran huir sin ser interceptados.

“No son intervenidos en el momento por carencia o mala ubicación, eventualmente, del recurso”, afirmó el fiscal.

A esto, dice, se suma que muchos sicarios actúan bajo los efectos de drogas, lo que vuelve los ataques imprecisos y más violentos. Recordó el caso de un joven gatillero que operaba para una organización criminal en el norte de San José, quien relató que consumía licor combinado con marihuana e, incluso, clonazepam antes de ejecutar los encargos del grupo.

Fuerzas policiales durante un operativo simultáneo en siete puntos de Los Cuadros. La intervención, ejecutada en abril de este año, buscó desarticular grupos delictivos locales. Alonso Tenorio

Juan Albino Marín León, de 45 años, organizó una cena de Navidad en su casa, en Parrita, el pasado 24 de diciembre. Invitó a su amigo Danilo Rojas Bolívar, de 52, y a otro amigo suyo identificado como José María Navarro López.

La esposa de Juan Albino, Najhilaj Castro, relató en entrevista con La Nación el terror que vivió esa noche cuando dos hombres encapuchados irrumpieron en la comida buscando un cargamento de droga y cómo, minutos después, dispararon en ráfaga en la sala de su casa y le arrebataron la vida a su esposo, a Danilo y a José María. También hirieron a una de sus hijas, de tan solo 12 años.

“(Juan Albino) toda la vida trabajó en lo correcto. Fue pescador muchos años y se había retirado de la pesca cuando empezamos a tener hijos. Él se enamoró de sus hijos y dejó de pescar. Era un hombre que amaba la vida, la amaba como un loco”, lamentó.

“En esta casa no se vende droga (...) Están rompiendo familias, hay corazones rotos, ya no les interesa a quién matan, lo hacen sin piedad”, dijo cuatro días después del ataque, cuando se dirigía en bus al Hospital Nacional de Niños para ver a su hija.

La Policía Judicial confirmó que, en apariencia, los gatilleros iban tras José María.

Hazel Villalobos, gerente técnica de la Fundación para la Paz y la Democracia (Funpadem), coincide en que el uso de sustancias está muy presente en estos escenarios. Funpadem, una organización con más de tres décadas de trabajo en seguridad y desarrollo humano en Costa Rica, ha documentado patrones similares en investigaciones realizadas junto con autoridades policiales en Puntarenas.

En esos operativos, según Villalobos, identificaron que los gatilleros consumen drogas sintéticas combinadas con licor. A ese cóctel se agrega en ocasiones clonazepam y, en algunos casos, menciona el fentanilo. “Eso potencia la sensación de valentía o adrenalina”, señaló.

Hazel Villalobos es especialista en seguridad ciudadana, prevención del delito y gestión policial. Kenneth Barrantes

Para ella, el aumento de víctimas colaterales en los últimos años también se vincula con la tendencia del crimen organizado de reclutar personas cada vez más jóvenes, oriundas de comunidades muy vulnerables y dispuestas a aceptar remuneraciones muy bajas para cometer delitos.

“Hemos visto casos bastante crueles de jóvenes, donde simplemente es un intercambio de unas tenis de marca nuevas. Entonces, eso es el valor de una vida actualmente en Costa Rica, a veces es el valor de simplemente unos tenis nuevos”, afirmó.

El espacio público, donde ocurre la mayoría de las muertes de personas inocentes, se ha convertido, afirma, en un escenario accesible para que personas con poca experiencia cometan un crimen rápido y reciban, por ende, una remuneración proporcionalmente rápida.

Víctimas jóvenes

El Organismo de Investigación Judicial contabiliza las víctimas colaterales según rangos de edad. Entre los 18 y los 39 años se concentra el 66% (165) de las víctimas en los últimos cuatro años. Personas con sueños, algunos con hijos y en edad altamente productiva.

El rango de edad coincide con la mayoría de muertes por homicidio en el país.

“Señor Presidente y señor ministro de Seguridad, Mario Zamora, Poder Judicial y Poder Ejecutivo, NO SE ESTÁN MATANDO ENTRE ELLOS, están matando a personas inocentes”, manifestó en setiembre del 2024 Andrea Castro, luego de que su hermana María José, de 33 años, fue asesinada en el bar Cahuita Town, en Barrio Luján en San José.

María José, vecina de San Rafael Arriba de Desamparados y madre de dos niñas, una de 3 años y otra de 12, falleció como víctima colateral de un violento ataque armado en el que se contabilizaron al menos 100 disparos.

Las cámaras del establecimiento captaron a tres sujetos con cascos asomándose por la puerta y disparando en varias direcciones de manera indiscriminada hasta acabar con la vida de Jerson Brown Blackwood, de 48 años, el DJ del bar e identificado como el objetivo directo de los sicarios.


“Lo que nos demuestran es que nuestro país se nos salió de las manos. Todos los indicadores de violencia en el país están salidos de control, aunque algunas figuras políticas no lo acepten”, acotó a este diario en diciembre del 2025 Óscar Valverde Cerros, director ejecutivo de la Fundación Paniamor, una organización que vela por los derechos de la niñez y la adolescencia en Costa Rica, otro de los grupos más vulnerados por la violencia.

Además de los niños que quedaron sin su madre o su padre por ataques violentos (no se cuantifica), la cifra de menores de edad fallecidos como víctimas colaterales creció en un 300% entre enero del 2022 y diciembre del 2025. En ese primer año, la Policía Judicial contabilizó tres víctimas y el año pasado cerró con 12, la cifra más alta de menores inocentes fallecidos.

Cinco de los menores asesinados tenían menos de 12 años, y siete estaban entre los 12 y los 17 años.

“No son números. Son vidas humanas que se pierden. Nuestro país se ha ido transformando en un país que casi desconocemos”, lamentó Valverde.

Óscar Valverde es máster en Psicología Grupal y ha sido consultor y asesor en derechos humanos desde 1996 para instituciones gubernamentales. Kenneth Barrantes

Entre estas vidas perdidas está la de dos jóvenes asesinados a balazos en Barrio Cuba la madrugada del 2 de febrero del 2025, cuando grababan un TikTok entre amigos. Andrés (nombre ficticio), amante de los videojuegos, se había graduado del colegio dos meses antes de fallecer y Sofia (nombre ficticio) apenas iba a cursar el último año del colegio.

Abatido por las balas murió también un pequeño de 11 años cuando, sentado en una mecedora, frente a su casa, recibió un impacto de bala en la cabeza en enero del 2025 cuando jugaba con su celular. Murió al día siguiente en un centro médico en Guanacaste.

El Ministerio Público informó el 17 de abril de este año que un hombre de apellidos Lobo Fonseca recibió una sentencia de 40 años de prisión por este homicidio y otro delito de tentativa de homicidio.

Las historias, una a una, continúan.

Valverde explica que en Paniamor estos casos ni siquiera se valoran como “colaterales”, porque sostiene que se trata de víctimas directas de la violencia, cuyos derechos a la vida, a vivir en entornos libres de violencia y a disfrutar del espacio público fueron y están siendo vulnerados.

“¿Cuántos niños y niñas en algunos barrios de este país ya ni siquiera se sentirán tranquilos o las familias se sentirán tranquilas de dejarlos ir al play, al parque, sitio infantil, porque da miedo que de repente aparezca por ahí una balacera y mueran a causa de una balacera?”, fustigó.

La niñez está cada vez más expuesta, no solo en la calle sino también en las escuelas, donde incluso se han llevado a cabo simulacros ante la posibilidad de que una balacera en las cercanías irrumpa el periodo de clases.

Nadie está exento a una bala perdida.

Según el fiscal adjunto Mauricio Boraschi, el tipo de armamento y la forma en la que se utiliza también incrementa el riesgo de morir sin ser el objetivo de un gatillero. Los grupos criminales suelen utilizar fusiles de repetición como AK-47 o AR-15 y disparar en ráfagas para asegurar que el objetivo no sobreviva.

“Generan el tema de balas perdidas que termina impactando una vivienda que desgraciadamente tal vez no tenía una pared de cemento para soportar un proyectil de esos, sino una lata de zinc, penetra y mata a un niño que está acostado”, agregó.“Generan el tema de balas perdidas que termina impactando una vivienda que desgraciadamente tal vez no tenía una pared de cemento para soportar un proyectil de esos, sino una lata de zinc, penetra y mata a un niño que está acostado”, agregó.

En marzo del 2023 se llevó a cabo la ceremonia despedida al niño de 8 años, quien murió por una bala perdida mientras dormía. John Durán

Un largo camino de inversión

Encuentre un muro, láncese al suelo, busque mesas o sillas y trate de minimizar el impacto de las balas en caso de quedar atrapado en un ataque en su casa, o bien, fuera de ella.

Estas son algunas recomendaciones que brindó Orlando Corrales, jefe de la Unidad de Análisis Criminal del OIJ, ante la situación que atraviesa el país y la imposibilidad de anticipar un ataque armado.

Reducir el número de muertes inocentes no es tarea sencilla, pues depende también de que disminuyan los homicidios que registra el país y, en los últimos años, desde que las cifras alcanzaron números históricos, las variaciones han sido muy leves.

Aunque no depende en su totalidad de los cuerpos policiales, estos deben estar fortalecidos para enfrentar la criminalidad en las calles, tener buen medio de transporte y contar con tecnología. Sin embargo, no hay trabajo policial que alcance si las políticas sociales, educativas y culturales están debilitadas.

“Hay una gran debilidad en las cinco políticas donde existen responsables desde los diputados en la Asamblea Legislativa, Ministerio Público, el Poder Ejecutivo, no solamente con el Ministerio de Seguridad Pública, sino también el Ministerio de Justicia y Paz, porque no hemos logrado presentar una estrategia, una política de Estado que aborde la problemática (de violencia)”, explicó Hazel Villalobos, de la Fundación para la Paz y la Democracia.

Ante las crisis de inseguridad, explica, urge una estrategia conjunta entre todos los poderes que permita generar política criminal basada en evidencia, dotar de recursos a las autoridades, invertir más en educación y trabajar en el desarrollo social y económico en las comunidades vulnerables, donde se consolidan los focos de violencia. Aunado a ello, es necesario retomar el abordaje del consumo de drogas, que afirma, se disparó desde el año de Pandemia y alimenta el mercado ilícito de sustancias.

Detrás de cada cifra hay una silla vacía en la mesa, una infancia interrumpida o una familia que nunca volvió a sentirse segura. Las víctimas colaterales no son un daño secundario ni una estadística inevitable de la guerra entre bandas: son la prueba más dolorosa de que la violencia del narcotráfico desbordó los límites del crimen organizado y se instaló en la vida cotidiana de cualquier costarricense.

Mientras una bala pueda atravesar una pared, irrumpir en una cena de Navidad o alcanzar a un niño dormido en su cama, la inseguridad seguirá recordando que, en esta guerra, nadie está realmente a salvo.

Periodista: Natalia Vargas · Fotografías: Alonso Tenorio y Rafael Pacheco · Videos: René Valenzuela y Kenneth Barrantes · Diseño y desarrollo web: Alicia Bonilla y José Murillo · Edición: Vanessa Loaiza y Eugenia Soto · Dirección: Fabrice Le Lous


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