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Las apariencias engañan

Basta con oír <em>Malas compañías</em> una sola vez para quedar ya enganchado al programa

La difícil ubicación de la virtud
La difícil ubicación de la virtud

Inusual y escandaloso. En un país –o sea, en este– donde, de boca para fuera, por encima y superficialmente, todo es tan delicado, puro, pulcro y correctísimo, casi como en un convento, aunque, por debajo, ocultamente, la gente se pase leyes, reglas y muchísimas cosas más por donde la espalda pierde su honroso nombre, eso es una gran locura y hasta un riesgo.

“Eso”… Pero qué es “eso”... No es normal: a un programa de radio, que bien podría haber sido de televisión o de la NASA –para el caso, me da lo mismo y me importa un pepino–, resulta que a dos individuos les dio por llamarlo Malas compañías.

Encantadora irreverencia. La verdad es que me encanta esa irreverencia, sobre todo al saber que la fuente de inspiración ha sido una canción homónima de Joan Manuel Serrat, y, bueno, también parte de la letra de un tema de Joaquín Sabina, aunque prefiero mil veces al primero que al segundo, pues me parece mucho más profundo y coherente, al margen de mis discrepancias con los catalanes, que no son pocas, agudizadas por esa soberana idiotez de querer independizarse de España. ¡Están locos!... Locos de remate.

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