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El día en que el mar habló

Decenas de mujeres de la comunidad inundaban los pasillos del tren ofreciendo sus productos: gallos de gallina achiotada, huevo duro con tortilla, repollo y tomate; cajitas de pino con caimitos y marañones, cajetas, alboroto, café y refrescos

Castillos de arena en el mar, playa, arena
Castillos de arena en el mar, playa, arena Shutterstock

No podíamos conciliar el sueño. Imposible sustraernos del cosquilleo hasta que nos levantaran de madrugada para emprender el viaje a San Isidro de Puntarenas. Los tíos Rafael y Rosario llevarían en carro a la abuela Manuela, a las tías Canda, Mela y, además, a Blanca, cocinera de cuchara exquisita y cuidadora de la anciana de falda larga y chal infaltables.

Nosotros viajaríamos en tren. De la casa, en taxi a la terminal del Ferrocarril Eléctrico al Pacífico, edificio histórico que conserva su majestuosidad y los mosaicos brillantes en los que, al corretear, mi hermano y yo poníamos a chillar las “Bilsas” que hacían nuestras las delicias de patear bolas, tarros y afines, o escalar palos de nísperos, guayabas, cases y jocotes. El tequio en “la pista de mosaico” cesó de inmediato al regaño de mi madre sentada con mi hermanita en su regazo y la serena espera de mi papá con un cigarrillo encendido y los boletos en la mano, hasta que el vigilante abrió la portezuela que da al andén y los pasajeros abordamos los vagones del convoy legendario.

Silbato corto y silbato fuerte. La musicalidad in crescendo del tren sobre los rieles aumentaba la expectativa del viaje. Lento y cadencioso en los primeros kilómetros, el ferrocarril aceleraba en La Sabana con rumbo oeste y aparecían las estaciones de llamativos nombres: Electriona, Belén, Nuestro Amo, Ciruelas, Siquiares… Más allá, las paralelas en las tierras cálidas nos hacían apreciar casitas y ranchos de campesinos y jornaleros de Turrúcares y Cebadilla. Seguía la sensación del vértigo sobre el puente del río Grande en la continuación hacia Balsa, Mangos, Pan de Azúcar, Escobal… Y Orotina era una fiesta.

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