Miguel Ángel Sobrado. 14 enero

La Academia Morista Costarricense, al rescatar la experiencia de Juan Rafael Mora, a quien se le debe consolidarnos como nación y posicionarnos en el mundo, ha sembrado un sendero de lecciones para nuestra política internacional.

A la mayoría de quienes llevamos los cursos de Historiografía en la escuela y el colegio, se nos presentó la guerra contra los filibusteros como una gesta heroica de un ejército de campesinos descalzos y mal armados, pero valientes, cuyo símbolo es Juan Santamaría quemando el mesón.

Esa versión simplista, divulgada por los enemigos de Mora para restarle brillo a su capacidad de estadista, de gran estratega y militar, fue corregida por el trabajo de historiadores recientes cuyos aportes se han sintetizado en los libros El lado oculto del presidente Mora, Juan Rafael Mora y la guerra patria, Costa Rica versus el expansionismo de los Estados Unidos 1850-1860, Palabra viva del libertador y Polifonía del padre de la patria, de Armando Vargas, así como libros y artículos de otros autores, y en las series publicadas por la editorial de la UNED y la Editorial Costa Rica.

Estos aportes, sostenidos, profundizados y difundidos sistemáticamente en la última década por la Academia Morista y la Tertulia del 56 dan una nueva imagen de los factores que realmente nos permitieron ganar esa guerra y, al mismo tiempo, nos dejan un legado de conocimiento sobre nuestra fortaleza estratégica.

Panorama completo. En primer lugar, nos presentan el contexto internacional, continental y regional donde se va a desarrollar el conflicto. Por una parte, la Doctrina Monroe, de 1823, da origen al destino manifiesto que legitima la expansión de los Estados Unidos, inicialmente, hasta México, país al cual le arrebata la mitad del territorio.

Dicha situación alertó al presidente de la República, Juan Rafael Mora Porras, quien, por sus relaciones con el Reino Unido, para entonces la potencia dominante, discute sobre un posible protectorado para Costa Rica. Esto deriva en la firma del Tratado Clayton Bulwer, mediante el cual Estados Unidos y el Reino Unido se comprometen a no tomar colonias en Centroamérica y a proteger el canal interoceánico que se planeaba construir en el río San Juan.

No obstante, la brigada de filibusteros, comandada por William Walker y patrocinada por amplios sectores, especialmente del sur estadounidense, no se siente obligada a cumplir los términos del tratado e invade Nicaragua, aprovechando la guerra civil interna que vive este país del Istmo.

El presidente Mora, muy bien informado por su embajador en Washington Felipe Molina, negocia con el Reino Unido la compra de armamento muy moderno para la época, como lo eran los fusiles Minié, utilizados por primera vez en la guerra de Crimea de 1853, con capacidad de alcanzar al enemigo a 400 metros de distancia, el doble de los tradicionales.

Con este armamento, equipa un ejército de 2.000 soldados con oficiales alemanes y polacos. Con esta base, prepara el entrenamiento de toda la población para la guerra.

Mora aprovecha a su vez que Walker le había arrebatado a Cornelius Vanderbilt, estadounidense dueño de los buques de la Compañía del Tránsito que trasladaban a los colonos que se dirigían hacia California por la fiebre del oro, los contratos firmados con Nicaragua.

Si bien Walker logra, con la toma de los barcos, controlar la traída de refuerzos y armamentos para sus tropas, se echa encima un enemigo poderoso que ayudará a las tropas costarricenses con personal técnico para cerrar la vía de abastecimiento de armas y soldados de Walker.

Unidad centroamericana. El trabajo diplomático del gobierno costarricense consigue integrar a los ejércitos de Centroamérica bajo un solo mando en contra de Walker y obtener el apoyo moral y financiero de otros países del continente, como Perú, que aporta 10.000 pesos de la época.

Como se puede apreciar, lo pequeño del país, que tenía entonces apenas 100.000 habitantes, no fue obstáculo para tener la fuerza necesaria, gracias a la visión de su valor comercial y militar como puente entre las masas continentales y de zona de tránsito, para conseguir alianzas que le ayudaron a derrotar un enemigo más fuerte, mejor armado, con respaldo activo en el capital aventurero estadounidense y la simpatía de una parte de su población.

Una situación similar, que por su complejidad amerita un artículo propio, es la que se presentó en la década de los ochenta del siglo pasado sobre el conflicto militar que confrontó a las potencias dominantes de entonces, Estados Unidos y la Unión Soviética, en Centroamérica, y dentro del cual se le había asignado un papel de provocación a Costa Rica estimulado por Estados Unidos. Se trataba de provocar una agresión real o ficticia de Nicaragua a Costa Rica con el fin de que los estadounidenses ocuparan nuestro país e intervinieran en nuestra defensa para resolver así la guerra centroamericana. Por suerte, se pudo aprovechar la experiencia e impedir la catástrofe.

El autor es sociólogo.