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Ómicron y nuestra miope aldea global

Se presumía desde el principio, pero poco se hizo, y ahora aparecen nuevas facturas

Eduardo Ulibarri, opinión
Eduardo Ulibarri, opinión

El viernes pasado, cuando se hizo pública la alerta emitida por científicos de Botswana y Sudáfrica sobre una nueva variante de coronavirus —la ómicron— los mercados accionarios globales cayeron con violencia: entre un 3% y un 5% los europeos y un 2,3% el S&P, principal índice estadounidense. El precio del petróleo se desplomó un 11%. Se activó una cadena creciente de restricciones a los viajes internacionales, que ha puesto nuevamente en vilo la industria de la aviación.

Las advertencias sobre un freno o, al menos, reducción, en la recuperación económica global comenzaron a proliferar. El miércoles, la OCDE advirtió sobre posibles nuevas disrupciones en las cadenas globales de suministros y subió sus estimaciones de inflación. Al final de ese día, tras revelarse el primer caso en Estados Unidos, el S&P cerró con un 1,2% a la baja. Hasta el jueves, 25 países habían confirmado la presencia de la variante en su territorio. Brasil fue el primero de América Latina.

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