Ataviada con orejitas de gato, la dirigencia sindical alivianó la zozobra de los últimos días. Seríamos mezquinos si no le reconociéramos otras gracejadas. No todas son tan obvias, pero sí comprometen nuestra gratitud por su valor terapéutico. La risa es un bálsamo en medio de tantos desencantos.
Uno de los ridículos más notables fue la denuncia contra el “gobierno represor” por limitar la libertad de tránsito el día del maullido. Para entonces, miles de personas, de toda edad y condición, se habían visto atrapadas en vehículos expuestos a los rigores del clima en las carreteras cerradas por manifestantes, sin servicios sanitarios y sin acceso a alimentos. En ocasiones, habían sufrido la humillación de ver a sus agresores disfrutar de bailes, cantos, bingos y carne asada. Eso no impidió a la dirigencia sindical quitarse las orejitas para parecer más seria y denunciar a la Policía por hacer uso de sus facultades al exigir documentos a los choferes contratados para traer gatos a la capital.
Es imposible encontrar la gracia en el cierre de quirófanos del Hospital San Juan de Dios, pero las explicaciones fuerzan una sonrisa. No hubo toma de la zona de quirófanos, sino una asamblea para analizar la huelga, dicen los dirigentes. Al parecer, no hay un lugar más apto. Tampoco es razonable esperar que una cirugía, o docenas de ellas, tomen prioridad sobre asuntos tan urgentes.
