La empresa gestora del monumento confirmó que la falta de personal impide garantizar las condiciones de seguridad necesarias para la apertura, dejando a miles de turistas a las puertas del ícono parisino.
La movilización, convocada por los principales sindicatos franceses, exige mejoras salariales inmediatas y medidas contundentes para mitigar la pérdida del poder adquisitivo frente a la inflación.
El impacto de las protestas laborales se extiende con fuerza por todo el circuito cultural y turístico de la capital.
El Museo del Louvre mantiene sus puertas abiertas pero opera de forma parcial, con varias de sus salas de exposición clausuradas por falta de trabajadores.
Por su parte, el Museo de Orsay y el Palacio de Versalles registran paros intermitentes y alteraciones en sus horarios; de hecho, la pinacoteca de Orsay anunció que adelantará su cierre a las 6 p.m. locales, cancelando y reembolsando de forma automática las reservas de última hora de la tarde.
Ante la magnitud de la convocatoria y la previsión de grandes manifestaciones en las principales ciudades francesas, el Ministerio del Interior ha blindado el país con un despliegue de unos 70.000 policías y gendarmes para prevenir disturbios urbanos.
Los estudiantes de secundaria iniciaron la jornada bloqueando de nuevo sus centros de estudio en reclamo de más recursos, al inicio de una jornada de huelga y manifestaciones que se anuncian multitudinarias a llamado de los sindicatos para pedir mejores salarios.
Los estudiantes iniciaron sus protestas a mediados de setiembre y, pese a algunas respuestas del gobierno a sus reclamos, como modificar el sistema de admisión a la universidad, mantienen la movilización al considerarlas insuficientes.
La extensión de su empeño ahora incluso atrae a trabajadores de la industria del arte y el turismo.
Concebida por el ingeniero Gustave Eiffel y construida para la Exposición Universal de 1889, que conmemoraba el centenario de la Revolución Francesa, la Torre Eiffel nació inicialmente como una estructura temporal programada para ser demolida tras 20 años.
Su vanguardista diseño de hierro, que alcanza los 330 metros de altura, desató una intensa polémica y el rechazo inicial de la élite artística e intelectual parisina, que la tachaba de “monstruo de hierro”.
Sin embargo, el monumento logró salvarse de la demolición gracias a su utilidad científica como colosal antena para las primeras transmisiones radiotelevisivas y militares, consolidándose con el paso de las décadas en el símbolo universal indiscutible de París y de toda Francia.