Conversar con el escritor Sergio Ramírez sobre La maldición de Ramfis, su más reciente novela, es un pretexto inmejorable para hablar del exilio y el autoritarismo, de la novela policiaca y su pertinencia en Centroamérica.
Este es el extracto de una conversación que sostuvimos hace algunas tardes en Madrid, en medio de anécdotas y tazas de café, en el apartamento que habitan Sergio y su esposa Tulita.
—La literatura policiaca ha cobrado fuerza en Centroamérica. En Costa Rica, por ejemplo, en las últimas décadas del siglo XX aparecieron dos o tres novelas policiacas, mientras en el primer cuarto del siglo XXI podemos contar más de una docena de títulos.
—Me parece una buena noticia que se extienda el cultivo de la novela policiaca en Centroamérica. Para un escritor joven no hay mejor entrenamiento, porque obliga a una vigilancia sobre la congruencia del total de la narración mientras dura el proceso de la escritura, para que no haya fallas que decepcionen al lector. Se trata de un mecanismo complejo, que tiene que funcionar como esos viejos relojes de ruedas dentadas y bielas para que pueda marcar de manera exacta no sólo las horas, sino los minutos y segundos. No hay margen para las equivocaciones.
“He leído recientemente Vientos alisios de Daniel Quirós, que es la última de una saga, y me ha parecido que es un estupendo cultivador del género, con un personaje reiterado y un escenario bien apropiado, como es Guanacaste”.
—Con la publicación de ‘La maldición de Ramfis’, el viaje junto al inspector Morales cumple 18 años.¿Cómo comenzó esa aventura?
—No sabía adónde iría a dar el ciclo del inspector Morales cuando a comienzos de los años noventa vi en la televisión de Nicaragua una procesión religiosa en los patios del cuartel central de la policía en Managua: los policías uniformados, que habían sido guerrilleros, llevaban en andas a la Virgen de Fátima.
“De una imagen, digamos incongruente, se puede partir hacia una narración. Había habido un cambio político profundo, la revolución había dado paso a un gobierno de la oposición electo a través del voto popular, y además de que esa imagen reflejaba ese cambio, había que narrarlo.
“Y entonces imaginé al inspector Dolores Morales asomándose a la ventana de su oficina del departamento antidrogas, para ver la procesión. Y se me ocurrió que aquello que estaba pasando debía ser narrado desde el margen. Y el margen era para mí un caso criminal. La novela policiaca”.

—Después de esa primera novela protagonizada por el inspector Morales, ‘El cielo llora por mí’ (2008), llegaron ‘Ya nadie llora por mí’ (2017), ‘Tongolele no sabía bailar’ (2021) y ‘La maldición de Ramfis’ (2026). ¿Qué balance podés hacer de ese viaje creativo?
—Antes de nada, me he divertido mucho. Morales es un personaje con el que congenio, capaz de exasperarme, como exaspera a doña Sofía, pero también de hacerme reír. Y como decía al principio, me sirve para mantenerme alerta en la escritura, ver todos los hilos de la trama, no dejar cabos sueltos. E investigar.
“Pasé dos semanas estudiando la manera en que un barco, con todos los sistemas digitales de comunicación hoy día, puede quedarse incomunicado frente a las costas de un país, incapaz de moverse. Esto era clave, porque se trataba de crear un escenario aislado, tipo Agatha Christie. En el barco están todos los sospechosos del crimen que se ha cometido, y tienen que permanecer allí.
“Y las cuatro novelas me han permitido, en orden cronológico, hacer un viaje por la historia moderna de Nicaragua, desde la caída del sandinismo en 1990, hasta la dictadura bicéfala actual, y la corrupción imperante. Desde el margen, lo que me libra de los peligros de la novela política”.

—¿Puede leerse la inmovilidad del barco del crimen, anclado en la playa de Puerto Soley, como una metáfora de Nicaragua?
—Puede ser una metáfora. Pero el barco de Nicaragua está inmovilizado en aguas oscuras, lejos de cualquier costa, y es, además, un barco olvidado del que nadie se ocupa. El olvido es una forma de impunidad.
“Y la mano de las dictaduras siempre es larga para alcanzar a quienes la adversan. Acabamos de ver como alcanzó a Roberto Samcam, asesinado a tiros en Costa Rica en su propia casa. Agarraron a los sicarios, pero los autores intelectuales allende la frontera se libraron al cerrarse judicialmente el caso.
“El inspector Morales es uno de esos exiliados vigilados desde Managua. Tiene que cuidarse”.
—¿Cuánto de la Centroamérica de hoy funcionó como detonante para la escritura de la novela?
—Vivo dentro de la realidad centroamericana por muy lejos que me haya llevado el exilio. Un novelista termina siendo un cronista de su propia realidad a través de la ficción, y la mía es la realidad centroamericana. Me duele mucho ver que Centroamérica, en vez de librarse de los gobernantes de opereta, sigue reincidiendo en el sainete.
“El general Ubico se disfrazaba de Napoleón Bonaparte, e imitaba hasta su mechón en la frente; el general Maximiliano Hernández Martínez, era un teósofo vegetariano, cruel como pocos. Esos modelos siguen siendo imitados”.
—Siguiendo con las metáforas, los nombres de algunos personajes parecen pensados para ser leídos de esa forma, como ocurre con la guerrillera panameña Eterna Viciosa o con el protagonista Dolores Morales.
—Las metáforas son una consecuencia de la lectura, no su origen. Eterno, Eterna, es un nombre propio en Panamá, y Vicioso, un apellido en República Dominicana. En Nicaragua son comunes los nombres femeninos en los hombres. Mercedes, Luz, Nieves, Guadalupe, Dolores, porque las madres encomiendan sus hijos a las Vírgenes, la Virgen de Dolores, la Virgen del Carmen. Y no menos común es el apellido Morales. ¿Pero quién se resiste a la tentación de Eterna Viciosa y Dolores Morales?
—Conversemos sobre Lord Dixon. A pesar de que muere en un tiroteo en el primer libro de la tetralogía, reaparece en las siguientes novelas como una voz que acompaña al inspector Morales. ¿Es Lord Dixon la voz de la conciencia? ¿Es una especie de Pepe Grillo?
—El grillo parlante que atribuimos a Disney está en la novela de Carlo Collodi. Pero Pinocho, enojado por la lección de conducta que quiere darle, lo mata desde el principio de un martillazo. Sí, Lord Dixon es la voz de la conciencia del inspector Morales, pero no solo eso: lo llama a veces a la cordura, otras lo empuja a la acción, lo regaña, se burla de él, lo exacerba, lo calma.
“Cuando se publicó la primera de las novelas de la saga, mi amigo Élmer Mendoza, gran novelista policiaco, me dijo: ‘¿qué has hecho? ¡Mataste a un gran personaje!’. “Vamos a buscar como corregirlo”, le respondí. Y fue entonces que reviví a Lord Dixon, dentro de la cabeza del inspector Morales".

—De otro de los personajes de ‘La maldición de Ramfis’, conocido como Tribilín, se dice que “tenía las orejas de perro de Walt Disney más caídas, y el hocico menos prominente, y en lugar de sus zapatones cosiclavos de antes, usaba ahora unos tenis Adidas tricolores que parecían nadarle en los pies.” ¿Qué papel juegan en la novela recursos como la comedia y la caricatura?
—Para mí es como un juego de espejos. Caricatura, esperpento, monserga, mojiganga, comedia, ópera bufa. La maldad tiene muchas veces un rostro cómico. Valle-Inclán solía colocar delante de sus personajes un espejo deformante, para revelarlos mejor.
“Vivimos en Centroamérica entre esperpentos, y los personajes de las historietas cómicas son un excelente referente. Bosques enteros de árboles de la vida, presidentes vestidos de mariscales que desentierran a los próceres para volverlos a enterrar, filmados desde lo alto por drones”.
—¿Es el autoritarismo una tara histórica cíclica?
—Un ciclo que sin duda se romperá cuando logremos tener instituciones más fuertes que los individuos, tentados a quedarse para siempre con todo el poder en un puño, con jueces, magistrados, fiscales, policías, legisladores, contralores, medios de comunicación, obedientes a su mandato.
“Por eso hay que defender las instituciones, para que no sean secuestradas. Pero hoy vivimos una ola autoritaria como nunca, que tiene su estímulo central en la administración Trump, y en la que se amparan en América Latina los “gallitos de tiesto”, como llamamos en Nicaragua a los gallitos de barro. Cacarean duro porque se sienten protegidos, pero son solo figuras de barro. Los hay de izquierda, la izquierda autoritaria, y los hay de derecha, la derecha autoritaria; pero aquí la ideología pasa a segundo plano, porque se trata de una conspiración contra la democracia. Y los demócratas deberían estar todos unidos para detener esa ola".
