Las puertas de Parque Viva se abrieron a las 4 p. m. a la espera de Alejandro Sanz y, desde ese instante, el recinto comenzó a impregnarse de una atmósfera cargada de expectativas, ritmos compartidos y un desfile de emociones que oscilaba entre la nostalgia de viejos desamores y la complicidad de parejas enamoradas.
Aunque la velada no contemplaba un artista telonero, el público se encargó de llenar cualquier silencio: en los pasillos exteriores, entre las activaciones de marca y bajo la brisa de la Guácima, los asistentes afinaron las voces a coro con los temas más representativos del cantautor español, transformando la antesala en un prólogo festivo.
Alrededor de las 7:40 p. m., las luces del anfiteatro se apagaron para dar paso a la introducción instrumental. Uno a uno, los músicos tomaron sus puestos sobre la tarima hasta que la silueta de Alejandro Sanz emergió en el escenario, desatando la euforia colectiva con los acordes de Desde cuándo.
De inmediato, la energía se elevó al enlazar la introducción de Capitán Tapón con Por bandera, marcando un arranque dinámico donde la complicidad con la banda sentó las bases de la noche.
Uno de los instantes más significativos de la cita ocurrió entre canciones, cuando el cantautor y una de sus acompañantes aparecieron en escena portando la bandera de Costa Rica junto a otra blanca llena de palabras, pero en grande destacó “PAZ”. El gesto resonó hondo en la identidad costarricense, provocando una ovación cerrada y prolongada en todo el anfiteatro.

Posteriormente, Sanz besó la bandera tica, para demostrar su aprecio por el país y junto a su compañera, lanzaron las banderas al público, donde dos fans se convirtieron en los afortunados de la noche con un recuerdo, más allá de la memoria, que llevarán a casa.
El repertorio continuó fluyendo con Bésame, que invitó a los primeros coros masivos, seguido por la desgarradora A la primera persona, interpretada con esa crudeza vocal tan característica que llevó a miles a cantar al unísono.
Con Mi soledad y yo, el recinto retrocedió a los años noventa en un instante de intimidad colectiva, para luego dar paso a la calidez de El vino de tu boca. Sanz mantuvo el equilibrio entre la balada introspectiva y el pulso pop anglo-latino al interpretar Try to Save Your Song, que conectó con la cadencia de Quisiera ser, donde el ritmo funk y los vientos pusieron a bailar a las graderías.
La sensibilidad volvió a tomar protagonismo con Hoy no me siento bien, antes de que el recital alcanzara uno de sus puntos más celebrados: un medley cuidadosamente hilvanado que integró Regálame la silla, la infaltable y celebrada Amiga mía, coreada de principio a fin sin dejar un solo verso libre.
El remate bailable llegó con Deja que te bese, que desde el instante en el que sonaron sus primeras notas las parejas se convirtieron en protagonistas, los novios se cantaban mutuamente con una complicidad que solo el que está enamorado puede transmitir.
Tras ese bloque enérgico sonó Las guapas y la producción no se quedó atrás, pues en las pantallas se enfocaron a distintas mujeres del público, fans que realmente representan el concepto de la canción de Sanz.
En un instante, el terreno sintió una alta carga poética y con el acompañamiento del piano, Sanz entregó Cuando nadie me ve, dejando una de las interpretaciones más aplaudidas de la jornada por su cercanía y desnudez melódica. La comunión se afianzó con El alma al aire y la lírica etérea de Mi marciana.

Antes de encender nuevamente el escenario con la fuerza contestataria y el groove de No es lo mismo, Sanz dedicó la canción al país, conocido por su vibra del “Pura Vida”: “Cuando nos vayamos de aquí, ustedes se vienen con nosotros el resto de la gira. Gracias por recibirnos así, porque además, uno llega aquí a Costa Rica y dice: ¿Saben qué? No es lo mismo” y cerró ese tramo con la vibrante Aquello que me diste.
El tramo definitivo no dio tregua al sentimentalismo, pues el bloque de despedida arrancó con la desgarradora ¿Y si fuera ella?, seguida por la melancolía de Lo ves, cantada en un murmullo reverente por el público y un fuerte solo de Sanz en el piano.
Antes de irse, Alejandro Sanz tomó unos minutos de su cierre para que la luz de los reflectores no lo apuntara a él, sino que destacara a cada uno de los artistas de la banda que hace posible su show: “Esta es mi banda, esta es mi familia. Les pido un aplauso”.
Y el broche de oro llegó con el himno continental Corazón partío, que puso de pie a cada rincón de Parque Viva entre palmas y coros compartidos, antes de que los acordes finales despidieran a un artista que refrendó, una vez más, su pacto emocional con Costa Rica.
