Lussania Víquez, locutora y presentadora costarricense conocida por su paso por Informe 11: Las historias, recibió un diagnóstico de cáncer de mama a los 26 años. Hoy, esposa y madre de mellizos, vuelve la mirada a esa etapa para hablar de los temores que enfrentó, de la familia que tanto deseó y de cómo aprendió a encontrar motivos de gratitud en lo cotidiano.
En octubre, mes de sensibilización sobre el cáncer de mama, Víquez conversó con La Nación sobre lo que significó enfermar siendo tan joven. Sus recuerdos incluyen aspectos menos visibles de esa experiencia: la incomodidad de las miradas ajenas, el dolor de despedir a personas que atravesaban el mismo proceso y la necesidad de recordar que una enfermedad no determina el valor de quien la enfrenta.
Pero al recordar aquellos años, Víquez también habla de sus ganas de vivir y de lo que fue uno de sus mayores anhelos: convertirse en mamá.
Durante unos instantes, ese deseo, hoy hecho realidad, interrumpe la conversación. Su hija acaba de despertar de la siesta y se acerca a ella.
“Hola, mi princesa, ¿me vas a acompañar un momentito?”, le dice la comunicadora, antes de invitarla a saludar.
El encuentro da paso a otro de los temas de la entrevista: el esfuerzo que hizo junto a su esposo Jorge Sáenz para tener hijos y la emoción con la que ahora observa a sus mellizos, Antonella y Alessandro.
“Yo quise tanto ser mamá que yo no me conformé con el primer no de un médico. Que hubo muchos no, por cierto”, afirma.
Ahora, al mirar la vida que ha construido, piensa en lo que le diría a aquella joven que recibió el diagnóstico: “Le diría que sí se pudo y que hoy es una mujer más fuerte, más valiente, más resiliente y que Dios nunca la soltó”.

Una pequeña masa y la respuesta que tardó
El diagnóstico llegó a inicios de 2012. Sin embargo, Lussania había notado una pequeña masa en una mama desde los 24 años. En consultas anteriores le habían indicado que no debía preocuparse.
“Me habían hecho ultrasonidos, me habían hecho incluso una biopsia y me habían dicho que no, que todo estaba bien, que yo no tenía que preocuparme, que era una paciente joven, que tenía un estilo de vida saludable, que no había herencia. Y en serio así fue, yo me quedé muy relajada”, recuerda.
Pero la masa seguía creciendo.
Fue alguien cercano, a quien describe como uno de esos “ángeles” que Dios puso en su camino, quien insistió en que se revisara nuevamente. Incluso le consiguió una cita.
Su primera reacción fue de molestia: ya había acudido a consultas, ya se había hecho exámenes y le habían asegurado que todo estaba bien. Aun así, fue a otro centro médico.
Esta vez, después del ultrasonido, la radióloga le pidió buscar un oncólogo cuanto antes.

Hasta entonces, Lussania no había considerado seriamente que pudiera tener cáncer. Su edad y las respuestas que había recibido le hacían pensar que no sería algo grave.
“Uno siente que eso le pasa a la tía, a la abuelita, a la mamá incluso, pero a uno joven jamás”, comenta.
Tenía 26 años, proyectos laborales y la sensación de que apenas estaba comenzando a descubrir la vida. El tratamiento incluyó cirugía, quimioterapia, radioterapia y terapia antihormonal.

‘Nunca relacioné el cáncer con muerte’
Al principio, no dimensionó cuánto tiempo tomaría el proceso. Estaba por comenzar un trabajo y pensó que una operación y unas semanas de recuperación serían suficientes para retomarlo. “Yo nunca relacioné el cáncer con muerte”, explica.
Esa manera de mirar lo que ocurría la ayudó a imaginar un futuro más allá del tratamiento.
“Hoy tengo cáncer, hoy no tengo cabello, hoy no tengo pestañas, hoy no tengo uñas, pero mañana sí las tendré”, se decía.
En ese mañana también estaban el trabajo que deseaba, una pareja y la vida que quería construir. Pensar en esos objetivos le permitía ver la enfermedad como una etapa, no como todo su porvenir.
Eso no significó que los días fueran fáciles.
Los cambios físicos hicieron visible una experiencia que, por momentos, habría preferido atravesar sin comentarios ajenos. Recuerda los codazos entre personas que la miraban y las expresiones de lástima por verla enferma y tan joven.
Lidiar con esas reacciones resultaba especialmente doloroso en los días en que se sentía emocionalmente vulnerable.
También hubo un momento en que su confianza se encontró con una realidad para la que no estaba preparada: algunas de las personas con quienes compartía actividades en organizaciones y fundaciones murieron.
“Tampoco soy la Mujer Maravilla”, advierte al recordar cuánto la afectaron esas pérdidas.
“Cuando yo empecé a ver que la gente que estaba caminando conmigo en este proceso se iba quedando (...), ahí sí me asusté”, agrega.
Comprender que no todas las personas sobrevivían fue un golpe duro. También cambió su relación con la muerte, un tema que antes le provocaba un miedo profundo.
Desde su fe, comenzó a pensar en el tiempo que tenía por delante y en cómo quería vivirlo. “El tiempo que Dios me quiera dejar aquí, sea mucho o poco, voy a procurar dejar huellas bonitas”, se propuso en ese momento.
El dolor de las despedidas fue tan intenso que, tiempo después, decidió apartarse de algunos de aquellos espacios de acompañamiento. Entendió que debía encontrar otra manera de ayudar, una que también le permitiera cuidar su salud emocional.
El largo camino para convertirse en madre
Después del cáncer llegaron otros capítulos. En las primeras semanas de 2015 comenzó su relación con Sáenz y se casaron en diciembre de 2016.
Formar una familia era un deseo compartido, pero concretarlo implicó nuevas dificultades. En 2022, Lussania contó públicamente que tenía dificultades para concebir.
Sin embargo, tras un proceso y con ayuda profesional, 29 de julio de 2023 nacieron Antonella y Alessandro.
Hoy, cuando habla de ellos, vuelve una y otra vez a la misma idea: quiere que sepan cuánto los desearon. “No hay día que yo no les diga a Antonella y Alessandro cuánto los amo y lo deseados que son”.
Les cuenta que papá y mamá lucharon mucho para que estuvieran allí. Se los repite tanto que, cuando ella pregunta por qué los ama tanto, ya conoce la respuesta que escuchará: “Porque Diosito nos envió”.
A veces los observa y le cuesta creer que sea su mamá. “Hay un tema de gratitud infinita, que yo los veo a ellos y yo no me la creo, todavía no me la creo”.

Esa felicidad convive con las exigencias de la crianza. Después de haber esperado tanto por sus hijos, reconoce el impulso de querer hacerlo todo bien: darles seguridad, acompañar sus emociones y tomar las mejores decisiones posibles.
También está aprendiendo a aceptar que no siempre podrá hacerlo como quisiera. La maternidad trajo nuevos retos y frustraciones que procura trabajar sin perder de vista que ella también está aprendiendo.
“Lo estamos haciendo lo mejor que podemos con lo que tenemos”, dice.
En medio de ese aprendizaje hay pequeños rituales que no faltan. Antes de la entrevista, entró al cuarto mientras sus hijos dormían la siesta. Cuando se despertaron, se acostó junto a ellos, les dio besos y volvió a bendecirlos.
“Es lo más bello que me ha pasado en la vida. Me siento muy privilegiada de tenerlos”, enfatiza.
Un café, un atardecer, el latido del corazón
Cuando habla de cómo la transformó el cáncer, Lussania no describe una vida sin dificultades ni una versión perfecta de sí misma.
Reconoce errores y aspectos en los que continúa trabajando. Lo que cambió, explica, fue la importancia que les concede a ciertas cosas y la sensibilidad con la que observa lo que ocurre a su alrededor.
“No veo la salud como un derecho adquirido, lo veo como un regalo del cielo”, expresó.
Su fe atraviesa esa manera de entender lo vivido. Un atardecer, la posibilidad de respirar por sí misma o el cansancio después de hacer ejercicio son momentos en los que se detiene a agradecer.
En una ocasión, tras terminar una rutina, se llevó la mano al pecho. Su entrenador se acercó a preguntarle si estaba bien.
Sí, le respondió. Estaba sintiendo su corazón.
Para ella, reconocer ese latido era una forma de apreciar que estaba viva.

Algo parecido le ocurre cuando sale a tomar café sola. Disfruta el sabor, el momento y la posibilidad de estar ahí. Piensa en el trabajo que le permitió pagarlo y en todo lo que tuvo que suceder para que pudiera sentarse a disfrutarlo.
“Uno se vuelve como muy agradecido de toda esa cadena de milagros que hizo posible que yo pudiera estar sentada un día a las cinco de la tarde tomándome un café”, dijo.
No necesita una ocasión extraordinaria para sentirse afortunada. A veces le basta con eso: una taza, un rato a solas y la oportunidad de saborear lo que tiene enfrente.
‘No se queden con tener cáncer’
Al hablarles a otras mujeres, Víquez insiste en que no se queden únicamente con el autoexamen y en que acudan a sus chequeos médicos.
“El autoexamen es la punta del iceberg”, expresa, al recordar que en su caso palpar una masa fue apenas el comienzo de un recorrido que necesitó nuevas consultas y estudios.
Su historia también explica por qué le concede tanta importancia a volver a consultar cuando algo continúa inquietando, aun después de una primera respuesta tranquilizadora.
Para quienes ya atraviesan la enfermedad, su mensaje se concentra en algo que ella ha procurado sostener durante todos estos años: el diagnóstico no debe convertirse en la única forma de mirarse.
“Nada, absolutamente nada de lo que vivamos define nuestra valía como personas, como mujeres”, asevera.
No niega las etapas dolorosas. Conoció la incertidumbre, los cambios del tratamiento y la tristeza de perder a personas con quienes compartía el camino. Tampoco se presenta como alguien que pudo con todo sin necesitar ayuda o sin detenerse.
Hoy habla desde esa experiencia y desde una vida en la que hay espacio para la crianza, los aprendizajes pendientes y, sobre todo, la gratitud infinita.
“Ustedes no son un cáncer, son mujeres valiosas (...), con mucho que dar, con mucho que aprender. Entonces, no se queden con tener cáncer, no se queden con eso”, concluye.

