La Giganta y el Gigante se burlan de las élites, el Policía representa la autoridad y el Diablo y la Muerte convierten el miedo en juego. En las víperas del Día Nacional de la Mascarada Tradicional Costarricense, que se celebra este 31 de octubre, el artesano y gestor cultural Tony Aguilar explicó qué hay detrás de estas figuras de la tradición.
Entre la música y el movimiento del vestido de la Giganta, alguien se acerca para provocarla mientras avanza por la calle. A pocos pasos, el Diablo persigue a quienes se atreven a molestarlo y el Policía vigila una fiesta en la que su autoridad también está puesta a prueba.
En las mascaradas costarricenses, los personajes no solo salen a bailar: llevan consigo historias, temores y una oportunidad para burlarse de aquello que, fuera del festejo, inspira respeto.
Para Tony Aguilar, gestor cultural, músico académico y de cimarrona, y artesano de máscaras con 21 años de experiencia, una clave para comprender estas figuras es la sátira.
Según explicó, bajo sus rostros exagerados aparecen las personas adineradas, las autoridades del pueblo y los protagonistas de las leyendas que han acompañado a distintas generaciones.
“Parte de la mascarada tradicional es eso: nuestros personajes de historias y leyendas antiguas y personajes de pueblo”, comentó el vecino de Ciudad Colón.
Por eso, junto al Diablo, la Giganta y la Muerte, también tienen espacio el Policía, la Bruja, la Llorona, la Cegua y el Padre sin Cabeza.
Aguilar añadió que a ellos se suman figuras inspiradas en personas reconocibles de cada comunidad: un panadero, un cartero o un carnicero podían convertirse en personajes de la fiesta.
La Giganta y el Gigante: una burla a quienes tienen poder

La altura y la presencia de la Giganta la convierten en una de las figuras centrales del recorrido. Según explicó Aguilar, tanto ella como el Gigante representan a las personas acaudaladas y de posición social elevada: el gobernador, su esposa o quienes tenían más bienes en el pueblo.
El artesano señaló que estos personajes permitían llevar a la calle una caricatura de las élites y convertirlas en motivo de diversión colectiva. Así, quienes acostumbraban ocupar un lugar de poder, podían aparecer transformados en personajes a los que el público se acercaba para molestar y desafiar durante el festejo.
“Podemos decir que son los memes de hace más de 100 años”, afirmó.
Aguilar vinculó esta tradición con la influencia española, que se mezcló con expresiones indígenas en el territorio costarricense. Desde esa perspectiva, la mascarada no es una copia inmóvil de una celebración extranjera, sino una práctica que adquirió personajes, relatos y estilos propios en las comunidades.
El Diablo: una figura para provocar, no para venerar

Entre los personajes que Aguilar consideró indispensables está el Diablo. Su presencia, aclaró, no debe entenderse como una forma de veneración.
El gestor cultural relacionó esta figura con tradiciones religiosas españolas en las que los diablos participan en celebraciones del Corpus Christi. En la interpretación que compartió, estos personajes representan al mal que finalmente queda sometido ante el bien.
En la mascarada, ese Diablo se vuelve también un personaje travieso: molesta, persigue y responde a las provocaciones del público. El temor que podría despertar se transforma en una interacción festiva.
La posibilidad de acercarse, retarlo y salir corriendo es parte del juego. Por un momento, aquello que asusta se puede desafiar entre música, baile y risas.
La Muerte: nadie queda fuera de su alcance

La Muerte introduce otra forma de autoridad. No tiene un cargo público ni pertenece a una familia poderosa, pero su presencia recuerda una condición que alcanza a todas las personas.
“La muerte es una autoridad, nadie se escapa de la muerte”, señaló Aguilar.
Desde la lectura que ofreció, incluirla en el festejo permite jugar con ese temor compartido. Acercarse a ella, provocarla o jalarle el vestido convierte lo inevitable en un personaje con el cual es posible interactuar.
La mascarada ofrece así una sensación muy singular: la Muerte, que normalmente inspira solemnidad o miedo, también puede ser objeto de burla.
El Policía: la autoridad entra en el juego

Si la Giganta y el Gigante caricaturizan a las élites, el Policía encarna una autoridad más cercana a la vida cotidiana.
Aguilar lo describió como un personaje infaltable precisamente por esa condición. Dentro de la fiesta, su papel de vigilante se combina con la posibilidad de que el público lo provoque.
“Es esa representación de la rebeldía que tenemos hacia la autoridad”, explicó.
Además, el personaje forma parte de esa galería de figuras del pueblo que nutre a la mascarada. Como relató el artesano, no todo proviene de historias sobrenaturales: la observación de la comunidad también ofrece rostros y oficios que se transforman en máscaras.
La Llorona, la Cegua y otros personajes de leyenda

Las leyendas aportan otra parte del repertorio tradicional. Aguilar mencionó a la Llorona, la Cegua, el Padre sin Cabeza, los duendes, la Bruja, el Cadejos y el Viejo del Monte entre los personajes que pueden integrar una mascarada.
Sus historias no tienen una única versión. El propio artesano relató variantes en las que cambian las circunstancias, los lugares y las motivaciones de sus protagonistas.
En los relatos que compartió, la Llorona está asociada con la pérdida de un hijo y su búsqueda entre lamentos cerca del agua. La Cegua aparece como una mujer de gran belleza cuyo rostro se transforma en una calavera de caballo ante el hombre que se le acerca.
Aguilar interpretó a varias de estas figuras como personajes “justicieros”: sus apariciones reprenden conductas o advierten sobre las consecuencias de ciertos actos. Según explicó, los relatos no solo buscan asustar; también transmiten normas y advertencias.
Al pasar de la narración oral a la mascarada, esas figuras adquieren un cuerpo y un rostro con los cuales el público puede encontrarse en la calle.

Una tradición que también necesita contar sus historias
Para Aguilar, conservar la mascarada no consiste únicamente en fabricar máscaras y llevarlas a una fiesta. Durante la entrevista, destacó que también supone explicar quiénes son sus personajes y por qué están ahí.
El artesano contó que, con su proyecto, desarrolla presentaciones didácticas que combinan música, baile y pequeñas charlas sobre la cimarrona y las figuras tradicionales. Explicó que su intención es que el público conozca las historias detrás de lo que ve.
Aguilar distinguió también ese repertorio de las mascaradas que incorporan personajes de televisión y otras figuras del entretenimiento. Aclaró que no se opone a estas incorporaciones, pero consideró importante mantener el espacio de las leyendas y los personajes de las comunidades.

Aguilar reconoció, además, un desafío en la transmisión del oficio. Según relató, algunas personas jóvenes se interesan en elaborar máscaras, pero desisten cuando descubren el tiempo y la perseverancia que requiere el proceso.
Aun así, consideró que la tradición mantiene fuerza y que existen nuevos artesanos interesados en continuarla.
Su apuesta, según explicó, es que la música, el juego y la explicación de las historias ayuden a sostener ese vínculo entre generaciones.
“Si perdemos nuestras costumbres, nuestras tradiciones, perdemos nuestra identidad como país”, expresó.

