
Costa Rica ha visto a Natalia Lafourcade en múltiples formatos: con banda de rock-pop, delante de la Orquesta Filarmónica o con una propuesta festiva de ritmos latinoamericanos. Esta vez, su oferta fue otra, íntima, minimalista, solemne y también teatral.
Cancionera Tour trajo a la artista mexicana a Parque Viva con su más reciente álbum, Cancionera, y la disposición de transportar a la multitud a un recorrido introspectivo donde la canción, y su musa, se robaban la atención merecida.
La gira comenzó en abril. En algunos escenarios tuvo a Lafourcade en solitario, tocando la guitarra, con una propuesta narrativa clara e inspirada en personajes de la llamada “época de oro” del cine mexicano, de mediados del siglo pasado. A Costa Rica nos llegó la evolución de aquello, con Natalia desprovista de cualquier instrumento que no fuera su voz, pero sí acompañada por el refinado pianista Emiliano Dorantes.
Al inicio de la presentación, el pianista se apropió de su banqueta, mientras que Lafourcade comenzó a cantar tras bambalinas. En las pantallas del Anfiteatro Imperial se vio a la artista danzando libremente, con un efecto de barrido que le daba un tono surrealista.
Vine solita funcionó como un preámbulo casi premonitorio de lo que sucedería durante la siguiente hora y media. Pasaron varias canciones con transiciones naturales entre una y otra que dejaban ver lo orgánico del setlist, a pesar de que también había un guion claro.

La naturalidad estaba cuidadosamente construida. Había una dramaturgia detrás de los movimientos, las pausas, las intervenciones y hasta de los aparentes arrebatos del personaje. Todo se sintió auténtico.
Lafourcade movió una silla de un plástico brillante para marcar sus posiciones, que iban cambiando entre Pajarito Colibrí, Cancionera o De todas las flores.
“Aprovechen para llorar, reírse”, dijo en algún momento, algo que no hacía falta recalcar para que la audiencia le tomara la palabra. El repertorio, reflexivo y conmovedor, era apto para la liberación de emociones. Algunas introducciones narradas, por ejemplo, antes de Cómo quisiera quererte, ayudaron a que el público acompañara las melodías con las historias detrás de ella.
El control vocal de Lafourcade le permitió pasar de la delicadeza al dramatismo sin romper el carácter íntimo del recital. Reforzó con histrionismo un alter ego que la misma Lafourcade ha descrito que surgió como parte del proceso de creación de Cancionera.
En ese personaje sobre la tarima, Lafourcade parecía salida de otro tiempo: una cancionera absorbida por la tragedia de algunos temas y la pasión desbordante de otros. Lo aderezó con un poco de humor, simulando embriagarse brevemente por tomar cor-cor de una botella de líquido transparente que, según dijo, contenía mezcal.
Volvió a tomar la compostura un par de canciones después, caminando por una puesta en escena sobria, donde pocos elementos bastaban para acompañar a los músicos. Lafourcade y Dorantes hacían yunta perfecta, con una sincronía que por momentos parecía telepática.

El pianista entendió que acompañar aquella voz implicaba también saber retirarse. Sus intervenciones pudieron sostener el dramatismo o desaparecer lo suficiente para dejar a Lafourcade completamente expuesta. La iluminación, cuidada en cada detalle, contribuyó con la película, que la audiencia disfrutó en tiempo real.
Temas como Soledad y el mar o la icónica Lo que construimos, se hicieron espacio entre temas más nuevos como El palomo y la negra y Mascaritas de cristal. También hubo espacio para los covers, como Amor de mis amores, y el homenaje de La llorona, que tuvo una conclusión brillante.
Los temas interpretados claramente no fueron seleccionados como un repaso de éxitos, sino más bien como una colección de momentos para reflexionar, sentir y conmoverse. El setlist alternaba entre momentos construidos para los coros del público y otras oportunidades para detenerse a apreciar lo interpretado.
Este no fue un show que pretendiera la euforia ni la fiesta. Fueron escasas las canciones donde se escuchó una pista con percusiones y coros adicionales. No hizo falta más. El espectáculo, digno de un teatro, buscaba la celebración desde otro lugar: interno, cálido y contenido. El público celebró cantando Amor de mis amores o Hasta la raíz, pero también hizo un silencio apabullante cuando el entorno lo exigió. Natalia Lafourcade y el piano construyeron una guarida emocional en la profundidad de sus canciones.
El concierto
Artista: Natalia Lafourcade.
Lugar: Parque Viva.
Fecha: 24 de setiembre.
Organización: Niumark y LM Producciones.