Todo empezó en Sarapiquí cuando apenas despuntaban los años 60. Para llegar a la casa de madera, abierta abía que andar dos horas, montados a caballo con el barro hasta la panza. De noche se escuchaban innumerables insectos. Llovía un poco, quizá era justo después del verano, pero algunas cosas no se recuerdan con tanta claridad ahora. Era la casa de los suegros de Julia van Wilpe, quien pensó allí, en Heredia, en cómo habría que entender la arquitectura en el trópico.
Había nacido en Bremen en 1942, hija de un reconocido escultor. Bremen estaba en reconstrucción, “puro asfalto, todo reglamentado, todo nuevo, todo ciudad”.
En 1962 conoció a Derk van Wilpe, de familia afincada en Costa Rica, y su primer viaje al país les tomó tres días. En 1964, interrumpió sus estudios en Hannover para casarse aquí. Eventualmente, se convirtió en la sétima mujer colegiada como arquitecta en el país. Este año, fue la primera en recibir el Premio Nacional de Arquitectura José María Barrantes.

“Cuando llegamos a Costa Rica me enamoré inmediatamente de este país y de su gente amable y alegre. Encontré un país rebosante de naturaleza, lleno de bosques y selvas, con un clima para mí desconocido”, recuerda Van Wilpe en su libro monográfico de publicación reciente.
Hace unas semanas, poco antes de que saliera de viaje hacia Alemania, subimos por una serpenteante calle privada de Montaña del Sol, en Santa Ana.
Es uno de sus 16 desarrollos urbanísticos, todo pensado como una exploración de la naturaleza. ¿Por dónde circula el aire? ¿Por dónde entra la luz? ¿Cómo se regula la temperatura? Tantas preguntas...
Doña Julia empieza a hablar antes de que elaboremos las primeras preguntas. Empieza a recorrer su trabajo y el de sus colegas, nos muestra fotos y planos, sus libros.

Arquitecta en el trópico
Santa Ana no se parece a Alemania. Es obvio, pero, ¿cuánto puede cambiar la forma de pensar de una persona? “Mi infancia y juventud transcurrieron en un ambiente estimulante y creativo”, recuerda doña Julia en su libro. “Fueron mis padres, quienes me inspiraron a la creatividad, el aprecio por la arquitectura y el arte. La imagen de mi padre (el escultor Kurt Lettow) con su bata blanca trabajando en su taller-atelier era parte de la vida cotidiana”, recuerda.
La aventura de cruzar el Atlántico cambió la dinámica, pero ella traía esa mente atenta. En 1970, para llegar a Nosara, había que atravesar 22 ríos en el verano. “A veces, los caminos se cerraban y los materiales llegaban en lancha de cabotaje desde Puntarenas. Las embarcaciones anclaban mar adentro y los materiales se descargaban en la playa, donde había una bodega”, recuerda doña Julia.
“Luego hicimos Montaña del Sol, donde hemos reforestado unas 30 hectáreas con el concepto de la inflorescencia. La idea fue crear áreas que florecieran en distintas épocas del año: unas de blanco, otras de amarillo, rojo o anaranjado. Ese fue el concepto que guio la reforestación”, explica.
Saltamos entre proyectos y épocas porque su trabajo se ha extendido por varias provincias y en distintas escalas. No ha para porque siempre está observando la naturaleza.
“Es de las cosas más bonitas, porque me gusta mucho estar en contacto con el ambiente, estar afuera, recorrer la topografía, explorar, observar y sentir la luz, el sol, el agua, la lluvia. Todos esos elementos lo conectan a uno con algo más grande, con el cosmos, ¿verdad? Con lo natural y también con lo espiritual, que debería tener siempre un espacio, aunque sea pequeño, en todos los proyectos", dice.
También ha visto cambiar el país. Mucho. Ella también. “Siempre estaba en búsqueda de algo que es un estilo arquitectónico del lugar que pertenece aquí, en este momento, en este contexto cultural, social que nunca debe faltar. Eso sí ha sido la búsqueda de mi vida”, dice.

- ¿Qué significa eso, qué incluye?
- También hay que tomar en cuenta el clima tropical y las costumbres de las personas. Aquí, el contacto con el exterior es sumamente importante. Las áreas exteriores desempeñan un papel fundamental, pues ahí transcurre buena parte de la vida social.
“Antes, las casas de amigos que yo conocía tenían enormes terrazas donde se reunía toda la familia, alrededor de una barbacoa. Esa costumbre casi ha desaparecido. La sociedad cambió, las necesidades cambiaron y la gente empezó a vivir de otra manera.
“Sin embargo, creo que siempre hay que considerar ese vínculo con el exterior, esa extensión de los espacios interiores hacia afuera”.

Cambios en el espacio
Pese a los descubrimientos que han hecho los arquitectos que exploran el contexto tropical, uno se puede inquietar cuando ve nuevos desarrollos que parecen alérgicos al verde. Nuestras ciudades, por otra parte, no son exactamente jardines. ¿Por qué?
“Hay una pregunta en la que casi no me atrevo a profundizar, porque creo que tiene que ver con las decisiones políticas”, reflexiona doña Julia. “En Costa Rica existe conciencia ambiental. Hay una extensión enorme del territorio dedicada a bosques, parques nacionales y otras áreas protegidas. Es un país consciente de la necesidad de proteger estos espacios. Entonces, ¿por qué esa misma conciencia no se traduce al centro de las ciudades?“, dice.
“No puedo dar una respuesta, pero sí puedo decir que, si usted siembra un árbol en su patio, puede reducir hasta en un 50 % el impacto del calor. Las hojas de los árboles liberan vapor de agua mediante un proceso de evaporación que consume energía del aire y, por lo tanto, contribuye a bajar su temperatura”.
Se puede empezar a hablar de esas soluciones prácticas, pero no son decisiones superficiales. “También hablamos mucho de la ventilación cruzada, que refresca los ambientes. No es que reduzca la temperatura del aire, sino que genera un efecto de evaporación sobre nuestra piel. Por eso nos sentimos más frescos y cómodos cuando hay ventilación cruzada, cuando corre la brisa”, dice la arquitecta.

Esto también ha cambiado con el paso de los años y con frecuencia olvidamos cuán rápido sucedió todo esto. Doña Julia recuerda lo distinto que se pensaba en los años 60, cuando consolidó su práctica. “Durante mucho tiempo, la naturaleza fue considerada enemiga de los agricultores. El monte era un obstáculo. Sembraban y, al cabo de un mes, ya tenían que limpiar el terreno para mantener los cultivos. En ese contexto, la vegetación silvestre representaba una amenaza para la supervivencia, para la cosecha y para la producción de alimentos”, recuerda.

“Después recuerdo otra época, en los 70, cuando la ganadería ganó terreno en Guanacaste. Mi esposo tenía una compañía desarrolladora y contaba con tractores. Recuerdo que, entre finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, compró su primera caterpillar con un préstamo bancario para el destronque, para despejar la montaña. Esa era la lógica de entonces: los bancos otorgaban préstamos para eliminar aquella selva que se consideraba tan inhóspita”, señala.
“Después se produjo ese gran cambio que hoy sentimos y que ha hecho que Costa Rica sea reconocida mundialmente por su conciencia ambiental. Sin embargo, creo que todavía nos falta dar el último paso: llevar esa visión a las ciudades”.
Cambios sociales por la arquitectura
Repasamos los libros de doña Julia, sus colegas históricos, las disputas que ocurrieron en otros tiempos, los problemas de hoy. Al lado de la mesa del comedor, se abre la puerta al patio. Se ven los montes inundados de verde.
“La naturaleza me da alegría, tranquilidad e inspiración. Me conecta con una dimensión espiritual, con el cosmos, con el aire y con todo lo que nos rodea. Es un privilegio y tendríamos que buscar la manera de hacerlo accesible a mucha más gente”, dice doña Julia.
“Creo que la agresividad que hoy existe en nuestras sociedades, no solo en Costa Rica —donde quizá es menor que en otros lugares—, está relacionada con el descontento que se siente en muchos ámbitos. Esa agresividad, que a veces llega casi a la brutalidad, podría atenuarse si tuviéramos una relación más cercana con la naturaleza. Podríamos construir una sociedad más cohesionada, satisfecha y democrática”, considera la diseñadora.

- Una mejora social es algo que forma parte muy importante de la arquitectura del siglo XX...
- Sí, exactamente. Si usted vive en una casa con techo de zinc, completamente cerrada y calurosa, que se recalienta durante el día, y no puede abrir las ventanas ni las puertas, no logra rendir ni descansar adecuadamente.
“Lo mismo ocurre con los niños en las escuelas: si no cuentan con un ambiente adecuado, no pueden aprender bien. Necesitamos condiciones confortables para funcionar de manera efectiva. Por eso, diseñar tomando en cuenta el clima representa un verdadero reto socioeconómico”.
- Muchas veces, la crítica a este enfoque climático de la arquitectura es que resulta más caro.
- ¿Por qué va a ser más caro? Me parece que lo más caro es instalar un sistema de aire acondicionado y pagar una factura de electricidad elevada.
“En cambio, si usted abre los espacios para favorecer la ventilación, construye techos altos y deja una abertura en la parte superior para que salga el aire caliente, puede vivir bajo un techo, como en un rancho, sostenido por cuatro postes. Si uno imagina ese concepto aplicado a una casa, ¿por qué tendría que ser más caro?
“Esa es una pregunta importante, porque a veces tomamos decisiones que no tienen mucho sentido. Hay edificios públicos recientes en Costa Rica que uno ve y piensa: ‘Pero esto es un desperdicio de energía’. Por ejemplo, tienen fachadas de vidrio orientadas hacia el sur. Claro, se ven muy modernos, son lindísimos, pero es fatal”.

Desafíos en el campo
Por supuesto que por mucha reflexión que se pueda hacer, hay obstáculos que se atraviesan reiteradamente. En el caso de la arquitectura, era y es un campo dominado por hombres. Hace 60 años, mucho más.
“Llegué a Costa Rica en 1964 y empecé a trabajar como la sétima arquitecta incorporada al gremio. Era un bicho raro, pero sentí un apoyo y una aceptación increíbles. Aun así, mis colegas siempre señalaban que estábamos viviendo en un mundo de hombres”, dice. Con un ingeniero por esposo, el apoyo empezaba en casa.
“Recientemente fundamos la Asociación de Mujeres Arquitectas, de la cual soy miembro fundadora. Esto representa un hito sumamente importante para nosotras”, celebra. “Cuando las integrantes de la asociación me apoyaron para que me nominaran al premio, también me ayudaron a ganar visibilidad. Yo no era muy conocida; hay otros arquitectos que hacen mucho ruido y siempre están presentes en los medios, pero ese no ha sido mi caso. Ellas me hicieron visible y me brindaron su apoyo”, explica.

“Por eso dediqué el premio a las mujeres arquitectas. Creo que ese es el logro más importante que he alcanzado con este reconocimiento. El premio representa la culminación de una carrera, pero también puede ser muy útil para otras mujeres arquitectas, porque este sigue siendo un campo dominado por hombres. Sigue siendo un mundo de hombres”, lamenta.
Es inevitable preguntarle a doña Julia qué quisiera decirles a las jóvenes que están estudiando o pensando en dedicarse a la arquitectura. Lo piensa un momento pero responde con firmeza: “Hay que ser fuertes, estudiosas y mejores que los hombres. Para ganarse su respeto, muchas veces una tiene que demostrar que es mejor que ellos en este campo”, dice.
“Hay que ser muy disciplinada, estudiosa y trabajadora. Y, en realidad, no es tan difícil ser mejor que los hombres en arquitectura. La disciplina es fundamental, siempre”.
- ¿Cuál es el mayor orgullo de su carrera de arquitecto?
- Son muchos los proyectos, pero el que más me llena es Montaña del Sol.
- ¿Porque lo ve funcionando a diario?
- Lo veo funcionar a diario. Y, sí, eso es lo que más me satisface.
—¿Qué siente que logró confirmar o descubrir con este proceso?
—Que realmente se puede crear una comunidad dentro de un entorno natural que la protege, que convive con él y lo aprecia. Un entorno que incluso modifica la forma de pensar y actuar de las personas que viven aquí. Eso es lo más bonito, ¿verdad? Y, por supuesto, ver cómo regresaron todos los animales.
Vemos el paisaje del valle desde el patio. Flores, pasto, montañas, nubes. Algunos mapaches pasean por aquí, también pizotes. Nos quedamos callados. Pienso en cuánto más habrá imaginado Julia van Wilpe contemplando este entorno, cuánto la nutrirá cada día.







